¡ GRACIAS TROLE, QUÉ BONITO ERES!

 

 

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FOTO: JAVALINQUIN

Este trolebús iba a Carballo. Cuando la estación que estaba en la esquina de las calles Betanzos y Rosalía de Castro estaba llena lo aparcaban en la calle Francisco Mariño en un lateral del colegio de los hermanos Maristas.

Las lecheras y cestas de mimbre que habían traído por la mañana al mercado: cebollas, grelos, repollos a la espera de ser depositadas en la trasera del trolebús quedaban esparcidas en medio de la calle.

Yo iba sorteando educadamente “disculpe”, “por favor” de camino a la librería Ervelo. “¡Pasa neno!” me gritaban con cariño las mujeres que esperaban la salida del trole.

A Ervelo iba en busca de la libreta del número cuarenta para la clase de latín. El plumín de corona, ¡cuantos esgallados!, hacía tiempo que no lo usaba. En Ervelo era algo más barato que en el Colegio, con lo ahorrado siempre se podían hacer pequeñas inversiones.

La dueña de Ervelo era una amable señora que me atendía muy bien. Tenía una hija casada con Piloto, jefe de estudios del Instituto Masculino del que contaban abundantes sucedidos, auténticas leyendas urbanas.

Cierto día un alumno tuvo que ir a secretaría a hablar con don José María, este era su nombre. En el nerviosismo y despiste al preguntarle el administrativo qué quería, solo acertó a decir muy educadamente que iba a hablar con: don Piloto.

En otra ocasión habiéndose puesto de moda entre los de sexto y preuniversitario tirar de la corbata a los finos que la llevaran, un día mientras se subía por las escaleras en gran pelotón, un alumno vio un trozo de corbata muy llamativa entre salir de la masa que subía.

Agarró el trapito, tiró de él, tiró con más fuerza porque se le resistía y apareció entre aquella muchedumbre la cabeza con la cara desencajada, colorada y gafas a medio caer del ¡Piloto!

Regresando al trolebús que se aparcaba debajo mismo de las aulas, un día en que a un compañero no le salía la demostración de la fórmula de la ecuación de segundo grado, el profesor: el gran ¡Paquete! descompuesto por tanta ignorancia cogió el libro  del pobre muchacho y después de dejarlo caer sobre su cabeza varias veces lo tiró por la ventana a la media vuelta como hacían los toreros con la montera.

El alumno asustado corrió a la ventana viendo aterrorizado que su libro estaba en el techo del trolebús.

Salió poseído del aula con el permiso del profesor (hasta ahora lo real, empieza la leyenda) y cuándo llegó abajo, el trolebús salía hacia Carballo. ¡Pare! ¡Pare! Nada que no paraba. Corriendo, corriendo le siguió por Juan Flórez, menos mal que el trole se salió del tendido y al bajarse el conductor para meter la pértiga en el tendido pudo recuperar el libro después de subir por la escalerilla al techo del trolebús.

Hay versiones que lo complican más, cuentan que cuando el pobre alumno estaba en el techo del trolebús el chofer no percatándose que el niño estaba arriba arrancó y así fue sentado en el techo hasta Carballo.

Decir que al día siguiente nada más entrar en clase se le acercó el profesor y pidiéndole el libro le preguntó la demostración de la fórmula de la ecuación de segundo no sería faltar a la verdad.

Lo primero que hizo mi compañero fue mirar hacia la ventana, ese día llovía y la ventana estaba cerrada.

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2 comentarios en “¡ GRACIAS TROLE, QUÉ BONITO ERES!”

  1. Como recuerdo esa vieja foto, pero la recuerdo, porque nada mas llegar a Coruña, año 81, fue la primera calle donde vivimos y esa esquina estaba igual que en la foto.

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