10 COMERCIOS EN EL RECUERDO 10

Hoy toca recordar viejos comercios coruñeses que han ido cerrando a lo largo de los últimos años. Las fotos las he ido recogiendo en internet, en la gran mayoría de los casos me ha sido imposible conseguir quien ha sido el autor. Si alguien al visitar esta entrada sabe quién es el autor me gustaría que me mandase la información para añadirlo en el pie de foto.

 

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La imprenta Garcybarra estaba en la calle Real donde con el tiempo se puso Porvén. Cuenta Iglesias Martelo en su libro “La Calle Real Coruñesa” que en el número 66 de esa calle había un establecimiento en el año 1868 al frente del cual estaba Fortunato García Ybarra, dedicándose el establecimiento a la venta de objetos de fantasía y artículos de escritorio.

Ya el en 1902 se convierte en imprenta y cambia el nombre a Garcybarra. Editó revistas y diversos folletos alcanzando durante la primera mitad del pasado siglo fama en la ciudad.

Tengo un vago recuerdo que a la entrada había una descomunal báscula donde a veces mis padres me ponían para ver mi evolución. La compra de aleluyas y la reproducción de un cartel de cantar de ciego también creo recordar.

 

La Guerra de la Independencia fue el comienzo de este ultramarinos. Un antepasado francés del último dueño se quedó al finalizar la guerra  por estas tierras abriendo un establecimiento con el nombre de Dans. Ya en 1930 cambia la denominación al que tuvo hasta su cierre, “Aniceto Rodríguez”, en 2012.

Aniceto fue un referente de innovación. El servicio a domicilio, las espectaculares cestas navideñas con que sorprendía todos los años en su escaparate; cachuchas, lacones, chorizos al llegar el carnaval. Era el cuidado y la atención. La calidad de sus productos estaba garantizada. Fiambres selectos, arroces, garbanzos, alubias, todo tipo de conservas. Si no se encontraba algo en un ultramarinos o en los nuevos delicatesen abiertos, Aniceto siempre lo tenía.

En cierta ocasión un familiar me encargó que le comprase angostura, que necesitaba para deleitarnos con una nueva receta. Busqué en toda la ciudad sin encontrarla, me acerqué a Aniceto y ante la pregunta si tenían el producto buscado se me contestó: “¿cuántos quieres, dos, tres…?. Eso era Aniceto.

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Cuando de niño pasaba por la Estrecha de San Andrés al llegar a las inmediaciones de La Proveedora Gallega o Chocolates Pereiro aminoraba la marcha, quería disfrutar con tranquilidad el aroma que salía del establecimiento e iba impregnando la calle como una niebla fina. Era un lujo para las pituitarias, entrar era la culminación para seguir segregando jugos ayudados por la contemplación de la variedad de embalajes que escondían aquellos manjares y se mostraban en los anaqueles.

Se hacían los chocolates al fondo del establecimiento, nunca llegué allí. Cuando unos años después leí las historias de Willy Wonka me imaginé a un señor Wonka coruñés encerrado en este querido comercio de la Estrecha dedicado a utilizar la fórmula mágica en la elaboración del chocolate

Hace años que pasear por esta calle ha perdido ilusión, hasta los bellos murales han desaparecido quedando un triste recuerdo de una fachada estropeada que espera una recuperación. Cuando cerró, hace más de cinco años, se comentó que era por una rehabilitación del edificio. El tiempo va pasando y todo va a peor. ¡Qué pena!

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Llegar a Insua y Vizoso era empezar a oler el mar que la brisa marina extendía por Rubine en el camino hacia la playa. Eran también las expectativas de las victorias del Deportivo los domingos por la tarde camino de Riazor. Poco me fijaba en sus escaparates pero el edificio de una sola planta era un referente en la Plaza de Pontevedra. El material de construcción, los saneamientos… cambiaron  de local a mediados de los sesenta y a la apetecible esquina llegó el inmenso edificio que acogió en su bajo a uno de los primeros pelotazos al final del franquismo: Sofico. Hoy está la perfumería Arenal después de haber estado Cesar Blanco.

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Foto Blanco era lo más en la foto coruñesa. El reportaje de las bodas importantes tenía que hacerse ahí. Blanco y Cancelo eran los reporteros coruñeses de La Voz y del Ideal. Cancelo tenía un pequeñísimo establecimiento al final del Cantón Pequeño, Blanco llegó a tener media docena de establecimientos en la ciudad. Hoy las fotos de Blanco y su sucesor Alberto Martí nos recuerdan la historia de esta ciudad. Las de Cancelo de una gran belleza se conocen poco, desconozco donde podrán estar sus archivos.

 

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En Malde había clase, la fachada de aire británico emanaba distinción no en vano se anunciaban  como proveedores de la Casa Real y eso quedó para siempre. Tengo que confesar que nunca entré, ¿para qué iba yo a hacerlo?, me limitaba a contemplar el escaparate cuando ponían el Teresa Herrera. Toda una vida haciendo el diseño de un trofeo mítico. También le llegó la crisis y cierra después de llevar abierto desde 1898.

Con el recuerdo de este establecimiento tengo la imagen a mediados de los sesenta de un personaje coruñés llegando a su casa, que estaba muy cercana, montado a caballo que dejaba atado al lado del portal mientras comía.

 

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La Poesía, al comienzo de San Andrés, estuvo inalterable al paso del tiempo. Desde el año 22 hasta 2001 que cerró, según dicen los que lo conocieron desde un principio no experimentó cambio. Entré varias veces, pocas a comprar libros, mi visita iba en la búsqueda de recortables, calcomanías, objetos de broma en Carnaval, figuritas en Navidad, mapas mudos.  Era un referente en la ciudad, como un mojón que marcaba un lugar. Tenía atractivo, su olor impregnaba el ambiente, lo hacía diferente rodeando todo de magia. Al pasar ahora y verlo mudo, ha perdido hasta el letrero, cerrado te das cuenta del paso del tiempo.

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Mucho tiempo con la nariz pegada al escaparate del “Arca de Noé” pasé en mi infancia.  Era un auténtico batiburrillo de sensaciones desde las bicicletas a guitarras o bandurrias y tambores mezclados con vaqueros defendiendo el fuerte de los indios, al lado las cajas de madera de los Juegos Reunidos Geyper, por encima animales de goma, cochecitos, juegos de La Oca, Parchís, yoyós, combas, tabas… y abriéndose camino: ¡el tren eléctrico!

¡Cuánta ilusión contenida para la noche fantástica!

 

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Caminar por delante del Barato Mercantil te llenaba de dudas: saludar o echar a correr. Los maniquíes que permanecían estáticos en la puerta eran los que provocaban la indecisión. Igual que los maniquíes los escaparates eran inalterables al paso del tiempo. El comercio ofrecía monos y otras prendas de trabajo.

 

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Termino el paseo por el comercio coruñés desaparecido con un restaurante para hacer una celebración virtual: “Viuda de Alfredín”. Estaba en Riazor enfrente del campo de fútbol. Echó el candado a comienzos de los ochenta después de atender a la parroquia desde 1932. Las especialidades  con que Carmen Botana alegraba a sus clientes eran los callos, la tortilla de patata acompañada de lonchas de jamón, merluza a la romana y carne asada. Tenía una acogedora terraza donde en verano se disfrutaba a la sombra de la excelente comida. Sus hijos abrieron otros establecimientos con muy parecidos productos: Botanita y Casa Polo, hoy también cerrados.

 

LIBRO: “LA TRIBUNA” DE EMILIA PARDO BAZÁN

Fábrica de Tabacos, A Coruña. Las trabajadoras estuvieron de huelga cuatro meses. Año: 1920. Fuente: A.R.G.

Estoy en un tiempo de bastante relectura, tal vez en un deseo de hacer arqueo o de volver sobre libros que me dijeron bastante y la curiosidad de comprobar lo que me dicen ahora. Mis lecturas las buscaba en la biblioteca de la “Casa de la Cultura” del Jardín de San Carlos en su mayoría, otras las iba adquiriendo según los posibles y las intercambiaba con los buenos amigos. Hoy para volver sobre los libros que no están en mi biblioteca acudo al libro electrónico sin complejos.

La última lectura ha sido “La Tribuna” de Emilia Pardo Bazán publicada en 1883. La novela que se desarrolla en Marineda, A Coruña, y en su Fábrica de Tabacos, industria principal de la ciudad, que empleaba fundamentalmente a mujeres.

“La Tribuna” muestra la evolución de Amparo desde el trabajo en casa atendiendo a su madre encamada y ayudando a su padre barquillero, a su entrada en la Fábrica de Tabacos convirtiéndose en la voz de la Fábrica mediante las lecturas de la prensa a sus compañeras. Se  pone al frente de una huelga transformándose en una líder obrera. Los antagonismos en la Fábrica entre las trabajadoras de origen rural y de la ciudad son constantes: conservadoras y republicanas.

Es este mundo preindustrial donde el trabajo manual ocupa la tarea hay tiempo para charla y celebraciones, el trabajo y las relaciones sociales se superponen no está delimitadas. La evolución a una sociedad industrializada empieza a verse.

Amparo se enamora de Baltasar, un señorito, que le hace promesas de matrimonio que no cumple pues la distinta extracción social es un impedimento. Amparo embarazada renuncia al enfrentamiento con Baltasar, nace el hijo y se proclama la República Federal.

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Principios del siglo XX. Fuente: A.R.G.

LA MADRE CLEMENCIA Y EL CATÓN

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Madre Clemencia y Matilde, Colegio de las Josefinas, A Coruña. Años: Finales de los 50.

Olvidado entre viejos libros he recuperado el Catón, querido libro, con el que aprendí a descifrar letras, sílabas y palabras. Me ha llenado de emoción volver a ver ilustraciones que permanecían en la despensa de la memoria y los píos y patrióticos textos con los que practicábamos lo aprendido adentrándonos en la lectura: “El bautizo de mi hermano”, “Plegaria del niño”, “El Ángel de la Guarda”, “La Patria”, “Vida púbica de Jesús”, “Pasión y muerte de Jesucristo”, “José Antonio Primo de Rivera”, “El Generalísimo Franco”. Salpicados entre estos textos aparece una versión de “Caperucita Roja” y “El lobo y el cordero”.

El recuerdo va más allá del querido Catón. Recupera a  una mujer que con la ayuda del libro me enseñó a leer. La madre Clemencia. Era una monja cariñosa, que adoraba a sus parvulitos y nosotros a ella. Iba contento a clase, me consideraba querido, era prolongación de la casa. Guardo también de ella una cruz.

El sábado antes del domingo de Carnaval nos aleccionó a última hora de la tarde de que no nos pusiéramos caretas, ni disfraces porque si no el Niño Jesús no nos iba a reconocer y diría “no te conozco, no”. Llegué a casa muy preocupado al tener ya todo preparado para la fiesta. Lo comenté a mi hermana y en ella tuve la solución. “¡Pasa de la Clemencia!”. No solo me puse la careta, también me disfracé de cura visitando al vecindario. Una vez en la cama me acordé del Niño Jesús, ¿le habría parecido mal mi disfraz? y en acto de desagravio recé: “Jesusito de mi vida tu eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón”.

Debí estar en el colegio de las Josefinas dos años. El primer año el aula la teníamos al entrar a la izquierda y el segundo fuimos a un piso superior al lado de las cocinas en un espacio diáfano protegido por unos biombos.

Vagos recuerdos. Las salidas a la gruta de la Virgen. Todos en fila nos encaminábamos cantando “Con flores a María” al jardín donde estaba la imagen de la Virgen en un bellísima gruta que me recordaba la historia de la Virgen de Fátima y de los pastorcillos tantas veces escuchada, después de la visita volvíamos a clase cantando “Isabel y Fernando el espíritu impera moriremos besando la sagrada bandera”. Cerraba aquel jardín un muro que separaba por la derecha con el colegio Dequit.  Por la izquierda limitaba con La Artística una fábrica de latas de conservas. Y al fondo las cochiqueras de los cerdos.

Un día la madre Clemencia se puso enferma y vino la madre Matilde una gran temporada a sustituirla. Era muy joven. Pero las cosas cambiaron o esos son mis recuerdos. Era exigente, mal encarada, altanera. Me castigó un día que debía haber hablado más de la cuenta con la lengua fuera un rato, tuve una infección de garganta y yo eché la culpa a la sustituta. Pongo  también en su debe la visita que tuvimos en clase de dos niñas llorosas que entraron empujadas por otra monja. Las niñas traían puestas una orejas de burro, fueron ridiculizadas y la Matilde nos animó a que coreásemos: ¡burras!, ¡burras!

La madre Clemencia sanó, volvió a clase calmándose la tempestad y le dio tiempo a premiarme a final de curso con una medalla a la aplicación. ¡Gracias madre Clemencia!

 

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COLEGIO DE LAS JOSEFINAS AÑOS TREINTA