PASEO DE PALMERAS DEL RELLENO

 

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ESCULTURA DE CURROS ENRIQUEZ SIN EL EDIFICIO DEL EMBAJADOR/DIPUTACIÓN

Flanqueado entre la escultura de Asorey a Curros Enríquez y la estatua de Daniel Carballo obra de Mariño,  está el Paseo de las Palmeras de los Jardines del Relleno que a lo largo de los años ha ido acogiendo diversidad de actividades. Recordar su evolución es pasear por una parte lúdica de la historia de la ciudad.

El caballito Lindo es el recuerdo más lejano que tengo, finales de los cincuenta, con su fotógrafo de trípode y manguito maravilloso; qué niño de aquella época no tiene perdida entre cajones o pegada en álbumes amarillentos una fotografía montado en él con sonrisa feliz y desafiante.

A los pies de Daniel Carballo un pequeño kiosco daba la posibilidad de hacerse una fotografía para el carnet de identidad. En un lateral de La Terraza sobre la plataforma que cierra el edificio estaba Foto Paco que ofrecía los mismos servicios.

Hacían compañía a los fotógrafos los barquilleros del cilindro y ruleta de la suerte: cuatro, seis, ocho. “¡Cuántos me han tocado!” y en sana competencia los barquilleros del palomar que al módico precio de dos realitos ofrecían los de canela y limón.

Con el tiempo se instalaron los coches de choque de Camarero. Muchas horas de pandilleo empleadas, no todo confesable. A veces las evoluciones con los coches eléctricos eran animadas por los toques de los chicos de la OJE que desfilaban a ritmo de tambor con sus pantaloncitos cortos entonando “Montañas nevadas”. En el edificio de La Terraza tenían su sede.

Los domingos se concentraba la animación. Los conciertos de La Banda Municipal en el Palco de la Música, no era el actual, y los partidos de baloncesto y balonmano reunían mucha gente al mediodía. En los descansos se podía uno acercar a la taquilla que estaba entre el Kiosco y el hotel Atlántico  a comprar la entrada para el partido del Deportivo.

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SACANDO ENTRADA PARA EL PARTIDO CON EL REAL MADRID. AÑO 1956. FOTO: PACO.

Las puertas del Kiosco Alfonso, cine, se abrían en el verano y el local se transformaba en cafetería con amplia terraza y actuaciones musicales. También con buen tiempo se ponían las mesas y sombrillas del antiguo Copacabana.

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ESCUCHANDO UNA ACTUACIÓN DELANTE DEL KIOSCO. FOTO: BLANCO

El Paseo de las Palmeras he comentado que está flanqueado por las estatuas de Curros y Daniel Carballo, en verano esto cambiaba y dicho paseo quedaba entre el Palacio de los Espejos  y Autos Camarero y en medio toda la animación del ferial.

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FOTO: ALBERTO MARTÍ. AÑO: 1966

 

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Desde la Tómbola de Caridad con sus opciones a sorteos de bicicletas, que permanecían todo el verano desafiantes en la plataforma superior ante la mirada envidiosa de la chavalería, íbamos a la búsqueda de las postalillas para completar el álbum que también te hacia acreedor a participar en el sorteo de una bicicleta. Deambulábamos entre los compradores de sobrecillos de la suerte con la mil veces repetida pregunta “¿si no le toca me la da?”. Comentan que alguno decía “¿y si no me la da me la toca?” creo que es una leyenda urbana coruñesa, que después de tantas veces repetida pensamos que la dijimos alguna vez.

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El Palacio de los Espejos era un espectáculo siempre. Si había dinero entraba toda la pandilla a ver quien salía antes sin tropezar con la mampara cristal y si no había, desde fuera contemplábamos como los de dentro se daban algún porrazo o su imposibilidad de salir del laberinto.

¡Arriba la bolita, ha empezado la carrera! El altavoz retumbaba en el Gran Derby, y sobre el panel se veía la evolución de la desafiante carrera con premio de unos tofes de la Viuda de Solano al ganador.

Y mucho más: los tiros al blanco, las pelotas y los agujeros, las manzanas caramelizadas, los algodones dulces, los churreros…

¡Cuánto disfrutamos, y que bellos recuerdos!

 

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ESTATUA DE DANIEL CARBALLO. PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

 

 

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EXPOSICIÓN: “CORUÑA,CATRO TEMAS” DE FRANCISCO PILLADO

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Se inauguró el miércoles pasado en la Sala de Exposiciones del Ayuntamiento la muestra de fotografías de Francisco Pillado (1892-1977). La obra de Francisco Pillado, fotógrafo por afición, la recuperan sus nietos publicando un hermoso libro y bajo la coordinación de José Caruncho montan una exposición con una amplia selección de su obra que permanecía olvidada en el ámbito familiar.

La exposición estructurada en cuatro bloques temáticos: ciudad, arcos, puerto y personas nos muestra una obra muy bella, cercana a las personas y al espacio.

Te atrae desde la primera foto. Conocía algunas, desconociendo a su autor. Me gustaban, me comentaban algo más que la imagen mostrada. Pongo como ejemplo la foto de la calle de Herrerías, que utilicé en mi blog, que me impresionó desde el primer momento.  Hoy después de disfrutar con la exposición, la foto de la calle Herrerías tiene una excelente compañía.

Es una exposición para conocer a un gran fotógrafo, disfrutar y recordar la obra. Enhorabuena y gracias a sus nietos por lo que han compartido.

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LA FERROCARRILANA EN LA RÚA NUEVA

 

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1910. Foto: Ferrer

Viaje, parada y fonda. Era un todo en uno, servicio completo. La diligencia que tenía su salida en la Rúa Nueva, haciendo esquina con la calle Real, llevaba a los viajeros a Santiago en siete horas o a Madrid en cinco días. El trayecto era duro, había que reponer fuerzas o hacer noche para seguir viaje. Fueron naciendo, con el mismo nombre, a lo largo del recorrido fondas, hostales donde comer y pernoctar.

La Ferrocarrilana alcanza categoría y se hizo literaria. Aparece en  “La familia de Pascual Duarte”, donde Pascual Duarte trabaja de chico para todo en esta fonda después de haber abandonado el Papagayo, o en  las andanzas del desterrado Gerardo en su viaje de Coruña a Santiago que nos describe Pérez Lugín en “La Casa de la Troya”.

Las fotos que acompañan a esta entrada son un documento excepcional. Nos meten en el movimiento y vida de esta parte de la ciudad. Da la impresión que es una puesta en escena, que están actuando, pero no, era la vida misma.

Carruajes, carretillos, limpiabotas, el saludo de las gentes, todos van cubiertos con sombreros o gorras, paraguas aunque haga sol. Todo en un continuo movimiento, un ir y venir sin parada. ¡Cuánta actividad!

La calle es una de las más antiguas de la ciudad. Se cree que ya existía como tal a finales del siglo XV. Posible origen judío, donde se establece un pequeño grupo de conversos después de la expulsión y el abandono de la calle Sinagoga en la Ciudad Vieja.

Se le cambia el nombre en 1899 por el de Emilio Castelar y lo conserva durante cuarenta años, para volver en el 39 a su nombre de origen judío.

Recuerdo historias de personajes que me contaban en casa. Del Negro de las corbatas o de Manolita, esta calle era su vida, su lugar de buscarse el sustento. Yo aún echo de menos cuando paso por ella los gritos de Mustafá ofreciendo lotería.

En la parte ancha de la calle que es la que más actividad concentraba estaba Cabrera que acercaba la mercancías a la estación del Norte. El hotel Continental  y el bar América, la Mezquita, El Trópico con su eterno aroma de café recién tostado. Tantos y tantos lugares que dieron vida a una calle en continuo movimiento.

Pero la calle se bifurca, y a derecha e izquierda aparecen La Estrella y Olmos con el ofrecimiento del relajo ante las tazas de ribeiro ¡Cuántas caerían después de la actividad!

Yendo a San Andrés queda un detalle que pasa inadvertido a mucha gente. Es una calle de ida y vuelta, sin salida. Bueno, hoy sin ida pues está enrejada. Es el callejón de San Telmo. El bueno de San Pedro González de Fromista que así se llamaba era dominico y vino a evangelizar estas tierras teniendo mucha dedicación con los pescadores.

Hoy la calle sigue siendo de actividad. Pero el movimiento, la vida que nos trasmiten las fotografías ha desaparecido. Ahí quedan como un bonito recuerdo.

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EN LA ACTUALIDAD

 

 

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AL FONDO HOTEL CONTINENTAL

 

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A LA DERECHA ESTUVO LA FERROCARRILANA

 

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CALLEJÓN DE SAN TELMO

 

 

VAAA…

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Él estaba allí. Unos tras otros íbamos acercándonos en silencio. Desde la tarima una forma negra ocupaba el espacio. Mis ojos centrados en el suelo ascendían lentamente por aquella masa, saliendo del cuello un cuadrado blanco destacaba en la inmensa negritud, la conocida sonrisa sonrosada esperaba al final.

Todo era silencio. Ni el más leve murmullo salía de aquellos frágiles cuerpos expectantes. Él nos miraba, su cara llena de infinitas venitas sonreía. Bajo sus enormes manos las teclas blancas y negras permanecían mudas esperando el golpe. Un golpe que llenaría el espacio de los sonidos por todos conocidos.

Cuerpos separados, esperando la orden, la indicación de su índice señalando al infinito para que lentamente nos pusiéramos en movimiento hacia su dominio, su poder.

Era el día, el momento de la gran prueba. Llevaba esperándola meses, se acercaba la verificación definitiva que me llevaría a ocupar el lugar ansiado, esperado con henchida ilusión en noches de vigilia.

Las conocidas y repetidas notas del   “Vayamos jubilosos al altar de Dios…” comenzaron a llenar el espacio. Al mismo tiempo la fila, al ritmo que marcaba su índice, comenzó a moverse lentamente hacia él. Un leve temblor movía mi cuerpo, el momento estaba cerca. De la garganta del primero de la fila empezó a salir la canción, el camino hacia lo deseado. Uno tras otro se acercaban y marchaban después de haber entonado las pías estrofas a su derecha o izquierda según marcase el índice.

Por fin llegué delante de él, tras percibir su orden comenzó a salir de mi seca garganta: “Vaaa”. Su imponente voz se dejó oír.

-¡Otro!

El índice me mostró su izquierda.

Con la cabeza baja me acerqué al grupo de los rechazados. Un año más no pertenecería al coro del colegio y no podría cantar en misa de una.

 

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FOTO: MUÑIZ BELTRÁN