VERANO DE PALABRAS Y SENSACIONES

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A MI TÍO JESÚS

El comienzo de mi veraneo a finales de los cincuenta, en un pueblecito del norte de Burgos, lo marcaba la llegada del carromato del trillero acompañado de su mujer y dos o tres hijos. Acampaba al lado de la casa de mi abuela y muy de mañana, emprendía la tarea de reparar y empedrar los trillos que le llevaban los vecinos; golpeaba tres o cuatro veces con el escoplo y mazo las lascas cortantes para que quedaran firmes en las pequeñas hendiduras de la cara posterior. Esta faena producía un sonido que se oía por todo el pueblo. Además de reparar los trillos, acarreaba los construidos en su casa allá por tierras de Segovia, vendía aperos de labranza: horcas, bieldos, medias fanegas, celemines, cribas… Desde mi ventana observaba el trasiego formado en torno del trillero, que hablaba a los vecinos de una forma peculiar.
Por la noche, en mis sueños, del carromato se deslizaban en silencio palabras y sensaciones que subían gateando por la pared hasta llegar a mi cuarto, quedándose conmigo todo el verano.

Durante el verano, en casa, me encomendaban pequeñas faenas que hacía con agrado. Ir a buscar agua a la fuente con los botijos era una de ellas, al no haberla en las casas; allí estaban las mujeres llenando del caño sus herradas y baldes de zinc, apoyado en el brocal del pilón, el cuadro de madera, que siempre tenían a mano para no mojarse las faldas en su transporte. Los primeros días me saludaban con mucha alegría, a mí la verdad no me gustaba mucho porque me achuchaban y alguna, al besarme, pinchaba con el bigote. No se ponían de acuerdo sobre si había medrado o no y yo me sentía un poco violento.

Dos veces a la semana, cuando cocían, me acercaba al molino en busca de las hogazas a cambio de un vale cuñado por el panadero. El vino, en casa de la abuela, estaba en los pellejos en un lugar fresco y oscuro que llamaban hornera, allí acudía con una jarra al mediodía. Era el único momento que recordaba el colegio, creía haber leído que un hombre había tenido problemas con ellos. Con la recogida de los huevos, en los nidales, había que tener cuidado para no romperlos y no confundir los frescos con el güero. El agua en la pila de las gallinas y grano en los canales, completaba las divertidas ocupaciones que realizaba. Cuando volvían los ganados del monte una de las cabras de mi abuela, la blanca, siempre se entretenía lamiendo alguna pared; había que traerla a casa no fuera a ser que una vecina despistada la ordeñase.
Finalizadas las faenas de la mañana, mi abuela me daba un tentempié a base de albillo y galletas de coco, con frecuencia se acompañaba de un huevo pasado por agua.

Los primeros días tuve, debido al cambio de aguas o al abuso de las claudias, un poco de andancio, las sopas de ajo que me forzaron a tomar fue el remedio. Este revés no me impidió salir. Si me apretaba, giñaba en el monte limpiándome con una lechuga y, según decían, así olía el culo a tomillo.

Lo emocionante lo vivía con mi tío Jesús. Estar al lado de este hombre fue lo más grande que me ocurrió en la infancia. Siempre necesitaba ayuda para cualquier actividad y allí tenía que estar yo para echar una mano. Las tareas en que acompañaba a mi tío eran de lo más variadas y cada poco tiempo aparecían algunas que me sorprendían.
Al empezar la trilla, muy de mañana, había que acarrear en busca de las gavillas de trigo que había segado con el dalle días antes y estaban en la tierra. Se iba muy bien en el carro vacío, pero mejor era a la vuelta que se venía arriba encima de los haces.
Se descargaban las gavillas, extendiéndolas circularmente por la era. Para trillar utilizaban dos trillos: el del caballo, mi tío y el de los bueyes, los niños y la abuela. Se llamaban Capitán y Coronel, mi ocupación era vigilar el culo del buey, cuando el rabo empezaba a levantarse y el culo a abrirse había que gritar ¡alto!, con rapidez poner un caldero para que las boñigas cayeran en él. Mi tío iba con el caballo, también cogía los carajones con un poco de paja, sin caldero. Otra tarea era tener el botijo con agua y en lugar fresco. Según los trillos pasaban por todos los sitios, mi tía o mi tío iban dando vuelta a la parva con una horca, cuando estaba trillado se hacían unos montones en medio de la era con rastrillos y una rastra grande que llevaban los bueyes, al final había que barrer la era, lo hacían las mujeres de casa y así ya quedaba preparada para el día siguiente.
Una vez hecha la parva nos reuníamos a merendar en la misma era: tortilla, escabeche, tanganillo, nunca faltaba una latilla de calamares. Todo se llevaba en el capazo tapado con un mantel que se ponía en el suelo, sentándonos alrededor.
Al cabo de varios días de trilla, se formaba una parva grande. Era entonces cuando se beldaba con una máquina para separar el grano de la paja. La paja, en unas mantas, se llevaba al pajar y el grano, en sacos, a las trojes que había en casa.
A Capitán y Coronel de tanto acarrear, tirar del trillo, arar y roturar se les gastaban o perdían las herraduras. Había que ir al potro para que Antonio, conocido por Tormenta, les pusiera unas nuevas. Tormenta, aparte de primo lejano de mi padre, era el herrero del pueblo. Era un hombre alto y gordo, para mi inmenso, moreno como los cañamones, -así llamaban en el pueblo a la familia de mi padre-, de voz de trueno, descamisado con pecho peludo y muy aficionado al tabaco, a la comida y al vino; a mí me quería mucho y yo a él; nunca me dio miedo, aunque físico tenía para dármelo.
El potro era un artilugio de postes y vigas. Allí enganchaban al animal con cinchas, coyundas y correas de variado tamaño. La cabeza se la inmovilizaban con un yugo y las patas, primero las de la parte derecha y después la izquierda, en un larguero, de esta manera el buey no podía moverse. Tormenta empezaba a trabajar alisando la pezuña del buey con una herramienta que llamaba pujavante, era como una cuchilla con mango que empujaba con el hombro y mientras pasaba por la pezuña salían como lascas de jabón, a continuación ponía la herradura y la clavaba a la pezuña con unos clavos que tenía en un trapo con sebo para que no se oxidaran. Todo esto lo hacía dando grandes voces y charlando con el dueño de los bueyes que le ofrecía la bota para que echara unos tragos y apagara el reseco producido por el esfuerzo. Terminado el herraje o los días que no tenía trabajo, los chicos usábamos las cinchas que servían para atar a los bueyes como columpios; era nuestro parque de atracciones.

Dos veces durante el verano tuve que ayudar a mi tío al rabadán. Fue lo máximo que podía aspirar un niño de ciudad como yo. Metíamos en el zurrón: chorizo, queso de oveja, media hogaza, una bota: de la que me dejaban beber al gallete un poco y toda la jornada en el monte escuchando al pastor relatos de lobos que atacaban al rebaño, al mismo tiempo que con una navaja hacía cucharas con madera de enebro.
Mientras los mastines controlaban a ovejas, corderos y borros, yo intentaba descubrir en lejanas lomas la silueta de los temibles lobos. Esperando su llegada me entretenía sin alejarme mucho en la recogida de: gallaritas, tapaculos, avellanas, moras y hasta manzanillas para los dolores de tripa en el invierno.
Domingo, que era el nombre del pastor, me instruía sobre los vientos. Cierzo o norte, regañón o gallego, solano, ábrego, hasta ellos tenían nombre en el pueblo. Yo, que estaba acostumbrado a decir si hacía mucho viento o poco, me explicaba la diferencia, su importancia, de ellos dependía la vida del campo al traer lluvias, tormentas, nieves, calores o heladas.
Los vientos transportaban según él, los avisos de las campanas de la iglesia: ángelus, berea, concejo, fiesta, muerto, incendio, oración, misa… aunque estuvieras muy lejos llegaba su sonido: de doblar, volteos y repiques, qué alegría en la soledad del monte oír que decían: “aquí estamos y te anunciamos que…”

Se guardaban los alimentos en lugares frescos orientados al norte dentro de unos muebles llamados fresqueras que eran como unas alacenas protegidas de frente y en los costados con una malla metálica muy finita. Durante el verano, para tener carne fresca, tenían la costumbre de reunirse varios vecinos y siguiendo un orden mataban una oveja cada semana, a esto le llamaban adra.
El matar la oveja era un espectáculo. Toda la familia colaboraba: agarrando las patas, metiéndole una navaja en el cuello, sacando el pellejo, abriéndola para extraer las tripas, trocear la carne para repartirla a los vecinos. Presenciaba todo con naturalidad, nadie se asustaba ni decía: “esto no es para niños”.
Después se hacían las morcillas. Unas mujeres lavaban las tripas y otras, hacían el mondongo, que era la mezcla del arroz, manteca, cebolla y sangre, en un barreño para rellenarlas. Una vez hechas,  las hervían en unos calderos de cobre que ponían al fuego en la cocina de humo. Salían morcillas de muchos tamaños unas como pelotas: el panzo, otras como chorizos gordos y unas muy estrechitas que me gustaban mucho y llamaban tanganillo.
Cuántas  cosas ricas proporcionaban las ovejas y corderos: Con la leche, hacía mi tía unos quesos buenísimos; del suero sobrante, tras hervirlo y sacar una espumita que quedaba en la superficie, salía el requesón, que lo tomaba con miel de brezo; también sopas de suero para mi madre, que era la única a la que le gustaban. Si se celebraba algo importante se asaba un cordero en el horno de la bilbaína y unas chuletillas en la parrilla. Era una gran fiesta, estaba toda la familia reunida y al final sacaban botellas de licor y voceaban todos al mismo tiempo, era verdaderamente divertido.
Todos los días se acercaban vendedores ambulantes: telas, fruta, pescado, quincalla. La mayoría con sus carretas tiradas por mulas o machos. Muy pocos en furgonetas. Algunos se ponían en la plaza y pregonaban por las calles avisando con una trompetilla los artículos, otros encargaban a los chicos la comunicación y ahí estábamos corriendo, voceando por las calles. Los que vendían pescado eran conocidos por fresqueros y vendían sardinas, bocartes, chicharros, recuerdo una mujer llamada la Sorda que llevaba el pescado en un balde encima de la cabeza e iba por las puertas ofreciendo unas merluzas excelentes al grito continuo de maaa, maaa, maaa…
Los vendedores de cerezas, ciruelas también iban de casa en casa, pesaban la fruta con romanas. En casa siempre compraban, a veces cambiaban la fruta por miel de brezo de las colmenas y dujos que la abuela tenía en el colmenar, un terreno cerca de casa donde en ocasiones se iba a merendar y en época, a coger guindas para hacer licor.

A mediados de verano aparecían por el pueblo los gitanos. Llegaban en carromatos tirados por mulas viejas. Aquellas gentes solo podían quedarse un día acampados a las afueras del pueblo, tras haberlo solicitado al pedáneo. Los vecinos se ponían alerta: no se veía una gallina suelta, ni ropa tendida y los portales de las casas quedaban vacíos de: rastros, cestos, horcas… Se dedicaban a la venta de cestería, intercambio de burros, reparaban utensilios de metal como: cacerolas, ollas. Las mujeres iban por las casas pidiendo algo para comer, ropa o alguna perra. Yo les observaba con un poco de prevención, al haber escuchado historias de que a veces se llevaban a los niños, no estaba preparado para más experiencias, sobre todo después de que un chico que iba conmigo con un tirabeque acertó en el botijo que una gitana acababa de llenar en la fuente. Los gritos que daba la mujer al ver los añicos en que se había convertido su botijo me dieron tal pánico que no paré de correr hasta estar bien escondido en el pajar de mi casa. Aquel atardecer la cabra blanca de mi abuela pudo lamer todas las paredes del pueblo y ser ordeñada por todas las vecinas pero no salí hasta la hora de la cena.

Los días que el tío iba a verea o a tierras que estaban lejos: Rodiles, La Nava, Lagos, Campesnil; quedaba corriendo por las calles, montado en los burros, jugando a los bolos con los chicos del pueblo o por imposición de mi madre, me acompañaba mi hermana tres años mayor que yo. Una tarde fui con ella y unas amigas a buscar, a un lugar conocido por Maza, unas frutas silvestres: redonditas y rojas llamadas plumillas, la ignorancia de mi hermana hizo que comiéramos reventijos que eran venenosos, el resultado no fue un vulgar andancio sino una cagalera por todo lo alto que me dejó en cama dos días. Todo por hacer caso a mi madre e ir con mi hermana, mi tío hubiera escogido mejor.
Otros días, cuando había tamboriles nos refugiábamos en el atrio de la iglesia o en algún tejabano a jugar con las niñas a las tabas, a los chochos y fabricábamos hogazas con arena y agua; pasada la tormenta de verano, con frecuencia acompañada de pedrisco, volvíamos a correr por las calles saltando entre los regueros que dejaba la lluvia.
Los domingos eran aburridos. Baño en la tina, vestimenta para ir a misa, silencio cerca del cura, mareos: de incienso, velas, hachones y cánticos.
Lo nefasto, imperdonable, era que el cura no dejaba trabajar a mi tío los domingos; solo alguno, si era antes de misa, cuando yo estaba a remojo en la tina.
Las perras que me daban en casa para comprar en la taberna unas galletas de coco y un caramelo enrollado por un globo, compensaba un poco el tedio dominical.
Un domingo salió el globo pinchado, decidí reclamar al tabernero, un hombre bisojo y rezongón, dijo que él no estaba dentro de los globos para saber su estado. Con educación le respondí que se podía meter un poco para comprobarlo, el bisojo debió entender mal ¿qué entendería? y me echó con gritos y amenazas de desorejarme. Resentido acudí a mi tío que, después de tranquilizarme, se encaminó a la taberna, oí que hablaba de mi buena educación, que a la fuerza había oído mal. El bisojo, mirándome retorcido, no podía de otra manera, me dio dos caramelos. ¡Qué grande era mi tío!

Al anochecer la calma que había tenido el pueblo durante la tarde se veía alterada gratamente por balidos, mugidos, relinchos, rebuznos mezclado con trotes y galopes de los rebaños y manadas que regresaban al pueblo después de haber pasado la jornada pastando o paciendo en el monte.
Los primeros en llegar solían ser los caballos, entraban por alguno de los caminos que desembocaban en el pueblo, su paso era rápido en un ya había desaparecido toda la caballería camino al corral donde los vecinos iban a buscarlos con sus cabezales, la mayoría volvía a casa subido en el caballo. Seguidamente los bueyes y vacas paraban en los pilones a beber, era un espectáculo ver a más de tres docenas de bueyes como sus bocas iban absorbiendo el agua y como disminuía el nivel del pilón hasta quedar por menos de la mitad. Quedaban los dos rebaños de ovejas, el del barrio de arriba y el de abajo, entraban con sus balidos y sonidos de esquilas y esquilillas de borros y corderos dentro de una nube de polvo. En las cuadras comenzaba un ajetreo de dar comida, agua, ordeños era una media hora de constante ajetreo.
Terminado este trabajo los hombres acudían a la taberna y las mujeres a hacer la cena y a atender a los hijos pequeños.
Yo seguía corriendo con mis amigos jugando al escondite o a coger unas claudias al huerto de la Emilieja que eran las únicas que había en el pueblo. Mis hermanas se reunían en el portal de casa a hablar con sus amigas. Recuerdo que iban los chicos del pueblo a meterse con ellas, chillaban y hacían que se asustaban pero lo pasaban bien y les gustaba mucho ser centro de atención. Una noche un chico, como habían cerrado el portalón, metió la cabeza de un burro por el ventano, entrar entró pero después no podía salir. Bajó mi tía al formarse tanto alboroto, salió a la calle y se escondió entre las sombras, pegada a una casa, cuando pasaba uno de ellos para armar otra, salió mi tía gritando ¡chiguito, dónde vas! El chico del susto se cayó al suelo y levantándose acertó a decir “señora, señora que yo voy por mi camino”.
Los juegos durante la noche se hacían solo con la luz de la luna y estrellas, no había iluminación en las calles; el poseer una pequeña linterna era una gran joya, pero casi nunca la teníamos o no funcionaba. Aprendí jugando, desde mi escondite a mirar al cielo, a identificar el carro, la osa mayor, el camino de Santiago…

¡La que se armó una noche jugando una partida a la escoba con mi abuela! Desconfiaba un poco de que mi abuela siempre me ganase porque decía que quería que lo hiciera yo. Durante una partida tuve que levantarme para ir a mear, dejé las cartas en una posición y al volver estaban en otra. Solo a mi se me ocurrió decir “¿quien me ha tocado las cartas?” cuando solo estaba ella en el cuarto de estar. No le pareció nada bien: ¡“tu abuela no es una tramposa”!, chillaba. Mi madre que estaba en la cocina vino corriendo, al suponer que le había dado algo. Al final, recibí una regañina aunque intuí que a mi madre se le escapaba una ligera sonrisa. La luz falló, como sucedía a menudo, se echó mano de velas hechas en casa con la cera de los panales; usaban también en estas ocasiones un candil de carburo que daba muy buena luz, pero era de un olor repugnante. Subí a mi cuarto con una vela y entre el enfado con mi abuela y las temibles sombras proyectadas en las paredes me fue difícil dormir.
Recuperé el sueño perdido en la siesta del día siguiente, fue la única tarde que dormí en todo el verano. La siesta era más obligatoria que la misa de los domingos e igual de sagrada. Durante una hora en casa no se podía hacer el mínimo ruido y todos se retiraban a lugares frescos para luchar contra la galbana producida por el calor exterior. Era insoportable permanecer en el cuarto en penumbra, echado en cama, ¡qué pérdida de tiempo!, ¡con lo que había que hacer!

Una noche me dijo mi tío después de haber dejado al ganado atendido: vamos a celebrar la despedida que mañana te marchas. De sobra sabía que el final estaba cerca. Fuimos a la taberna, me invitó a una gaseosa mientras él jugaba a las cartas. Durante el juego gritaban mucho pero no estaban enfadados, decían expresiones raras: chica, grande, órdago, duples, amarracos… me explicaron que era un juego que se llamaba mus. ¿Sabría mi abuela jugar al mus?, mejor no preguntárselo. Al final la gaseosa la pagaron los que jugaban contra mi tío, que perdieron la partida. Saliendo de la taberna mi tío, puso su brazo sobre mi hombro y dijo: “gaseosa queda para el próximo verano, no te olvides”.
El burro cargado de maletas nos llevaba a la casota del coche de línea. Mientras nos acercaba, de las alforjas del burro iban deslizándose aquellas palabras y sensaciones dejadas por el carromato del trillero, se quedaban prendidas en las zarzas, en los espinos, en los rastrojos, en el polvo del camino. Aquel recorrido de dos kilómetros, con la soledad de la separación y el frío de la madrugada de comienzos de septiembre, es una de las sensaciones más tristes; que hoy, después de muchos años todavía recuerdo cuando recorro aquel camino.
Tras interminables horas de tren, por la ventanilla comenzaron a entrar, provenientes de la llovizna, otras palabras que anunciaban el fin del verano: estudio, horarios, exámenes, obligación, matemáticas, casa…
Cuando aburrido del largo viaje empecé a incordiar, mi padre dijo: “estate quieto o te doy un soplamocos”. Que alegría, había quedado una palabra para darme fuerzas hasta que el próximo verano volviera a aparecer enfrente de casa de mi abuela el carromato del viejo trillero.

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CUANDO AL PARQUE DE SANTA MARGARITA LE LLAMÁBAMOS MONTE

 

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AÑOS CINCUENTA. FOTO: ALBERTO MARTÍ

Muchas tardes de jueves disfruté entre pinos y eucaliptos en el Monte de Santa Margarita. No existía la prohibición de pisar el césped, no se molestaba a nadie con el balón, o con los objetos que nos lanzábamos en nuestras eternas luchas; era la alegría de jugar sin preocupación.

Llegaba al Monte por el callejón del Lagar y ya en la Avenida de América aparecía la majestuosa cantera donde hoy está el Palacio de la Opera. La única advertencia era que no nos acercásemos a la cantera. Similar a la  historia de la Biblia de Adán y Eva, tantas veces relatada en el colegio, del fruto prohibido. Y como la manzana prohibida, la cantera siempre atraía, sobre todo cuando aparecían arriesgados muchachos que serpenteaban por los salientes de las rocas intentando llegar lo más arriba posible. Sentía envidia. Algún día coincidía oír una cornetilla que avisaba que iba a estallar un barreno en la cantera, pues estaba en funcionamiento. Mis padres, que de recién casados habían vivido en la calle del Palomar, contaban que a veces habían entrado pequeñas piedras por la ventana como consecuencia de los barrenos.

Otras veces subía por la Cuesta de  La Unión y a la mitad de la calle podíamos contemplar las mulas tirando de algún carro para transportar los sifones y gaseosas que se hacían en la fábrica que allí había.  A la entrada del Monte, estaba el chalet de Enrique Mariñas, con su singular Mercedes. Cuánta emoción transmitida con su palabra  en aquellos partidos narrados en la radio. También aquí la calle era animada por niños que la bajaban  hasta llegar a Juan Flórez o más abajo montados en los carritos fabricados por ellos.

Una vez en el Monte todo era libertad. Los juegos variados, guerras lanzándonos bolitas de eucalipto, tirachinas,  esconderse en el inmenso espacio, jugar al futbol en la explanada, intentar meterse en la construcción que después sería la Casa de las Ciencias, hacer indagaciones en los restos el viejo molino, sortear los pulpos puestos a secar. Los juegos a veces eran interrumpidos  para acercarnos a curiosear desde la lejanía los viejos camiones de Radio Nacional que estaban  cerca del viejo molino, en el lugar que hoy ocupa la biblioteca.

Repetíamos historias oídas a nuestros mayores, ampliándolas y fabulando con espías alemanes y submarinos como protagonistas. No en vano los conocíamos como “los camiones de los alemanes”.

La verdad después contrastada, es que aquellos viejos camiones llegaron de Burgos a finales del 39 después de haber dado servicio a los golpistas en la Guerra Civil. La programación de Radio Nacional en un principio era escasa,  pero el resto del día emitía señal para  los barcos alemanes. En el 42 emitió programas destinados a los voluntarios de la División Azul. Deja de funcionar como centro emisor en 1963.

Hoy mi querido monte ha evolucionado con instalaciones y cuidados que son ejemplo de un buen hacer. La Casa de las Ciencias, joya del parque y de la ciudad, el Palacio de la Ópera en terrenos de la antigua cantera con su cascada artificial, las pistas de variados juegos, merendero, parque infantil, Centro Social…

En esta entrada al blog quiero dejar especial recuerdo de  los pulpos tendidos a secar, los viejos y enigmáticos camiones de los alemanes y por encima de todo el juego en completa libertad con la escalada por la prohibida  cantera, que nunca intenté…  ¿o sí?

 

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AÑO 1959

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FOTO: FERRER

 

EN LA ACTUALIDAD

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LUGAR DONDE ESTABAN LOS VIEJOS CAMIONES DE RADIO NACIONAL

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LA CANTERA EN LA ACTUALIDAD

 

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PALACIO DE LA ÓPERA

 

 

 

 

 

LA MADRE CLEMENCIA Y EL CATÓN

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MADRE CLEMENCIA

Olvidado entre viejos libros he recuperado el Catón, querido libro, con el que aprendí a descifrar letras, sílabas y palabras. Me ha llenado de emoción volver a ver ilustraciones que permanecían en la despensa de la memoria y los píos y patrióticos textos con los que practicábamos lo aprendido adentrándonos en la lectura: “El bautizo de mi hermano”, “Plegaria del niño”, “El Ángel de la Guarda”, “La Patria”, “Vida púbica de Jesús”, “Pasión y muerte de Jesucristo”, “José Antonio Primo de Rivera”, “El Generalísimo Franco”. Salpicados entre estos textos aparece una versión de “Caperucita Roja” y “El lobo y el cordero”.

El recuerdo va más allá del querido Catón. Recupera a  una mujer que con la ayuda del libro me enseñó a leer. La madre Clemencia. Era una monja cariñosa, que adoraba a sus parvulitos y nosotros a ella. Iba contento a clase, me consideraba querido, era prolongación de la casa. Guardo también de ella una cruz.

El sábado antes del domingo de Carnaval nos aleccionó a última hora de la tarde de que no nos pusiéramos caretas, ni disfraces porque si no el Niño Jesús no nos iba a reconocer y diría “no te conozco, no”. Llegué a casa muy preocupado al tener ya todo preparado para la fiesta. Lo comenté a mi hermana y en ella tuve la solución. “¡Pasa de la Clemencia!”. No solo me puse la careta, también me disfracé de cura visitando al vecindario. Una vez en la cama me acordé del Niño Jesús, ¿le habría parecido mal mi disfraz? y en acto de desagravio recé: “Jesusito de mi vida tu eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón”.

Debí estar en el colegio de las Josefinas dos años. El primer año el aula la teníamos al entrar a la izquierda y el segundo fuimos a un piso superior al lado de las cocinas en un espacio diáfano protegido por unos biombos.

Vagos recuerdos. Las salidas a la gruta de la Virgen. Todos en fila nos encaminábamos cantando “Con flores a María” al jardín donde estaba la imagen de la Virgen en un bellísima gruta que me recordaba la historia de la Virgen de Fátima y de los pastorcillos tantas veces escuchada, después de la visita volvíamos a clase cantando “Isabel y Fernando el espíritu impera moriremos besando la sagrada bandera”. Cerraba aquel jardín un muro que separaba por la derecha con el colegio Dequit.  Por la izquierda limitaba con La Artística una fábrica de latas de conservas. Y al fondo las cochiqueras de los cerdos.

Un día la madre Clemencia se puso enferma y vino la madre Matilde una gran temporada a sustituirla. Era muy joven. Pero las cosas cambiaron o esos son mis recuerdos. Era exigente, mal encarada, altanera. Me castigó un día que debía haber hablado más de la cuenta con la lengua fuera un rato, tuve una infección de garganta y yo eché la culpa a la sustituta. Pongo  también en su debe la visita que tuvimos en clase de dos niñas llorosas que entraron empujadas por otra monja. Las niñas traían puestas una orejas de burro, fueron ridiculizadas y la Matilde nos animó a que coreásemos: ¡burras!, ¡burras!

La madre Clemencia sanó, volvió a clase calmándose la tempestad y le dio tiempo a premiarme a final de curso con una medalla a la aplicación. ¡Gracias madre Clemencia!

 

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COLEGIO DE LAS JOSEFINAS AÑOS TREINTA

 

 

VAAA…

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Él estaba allí. Unos tras otros íbamos acercándonos en silencio. Desde la tarima una forma negra ocupaba el espacio. Mis ojos centrados en el suelo ascendían lentamente por aquella masa, saliendo del cuello un cuadrado blanco destacaba en la inmensa negritud, la conocida sonrisa sonrosada esperaba al final.

Todo era silencio. Ni el más leve murmullo salía de aquellos frágiles cuerpos expectantes. Él nos miraba, su cara llena de infinitas venitas sonreía. Bajo sus enormes manos las teclas blancas y negras permanecían mudas esperando el golpe. Un golpe que llenaría el espacio de los sonidos por todos conocidos.

Cuerpos separados, esperando la orden, la indicación de su índice señalando al infinito para que lentamente nos pusiéramos en movimiento hacia su dominio, su poder.

Era el día, el momento de la gran prueba. Llevaba esperándola meses, se acercaba la verificación definitiva que me llevaría a ocupar el lugar ansiado, esperado con henchida ilusión en noches de vigilia.

Las conocidas y repetidas notas del   “Vayamos jubilosos al altar de Dios…” comenzaron a llenar el espacio. Al mismo tiempo la fila, al ritmo que marcaba su índice, comenzó a moverse lentamente hacia él. Un leve temblor movía mi cuerpo, el momento estaba cerca. De la garganta del primero de la fila empezó a salir la canción, el camino hacia lo deseado. Uno tras otro se acercaban y marchaban después de haber entonado las pías estrofas a su derecha o izquierda según marcase el índice.

Por fin llegué delante de él, tras percibir su orden comenzó a salir de mi seca garganta: “Vaaa”. Su imponente voz se dejó oír.

-¡Otro!

El índice me mostró su izquierda.

Con la cabeza baja me acerqué al grupo de los rechazados. Un año más no pertenecería al coro del colegio y no podría cantar en misa de una.

 

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FOTO: MUÑIZ BELTRÁN

 

 

 

CAMINAR DE MUJERES

 

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RIBADAVIA,1960. FOTO: ADALBERTO PICASSO

Curioseando en “Ollar Galicia Fotografía Antiga” me encuentro con unas extraordinarias fotos que agrupándolas me cuentan una historia. La  historia del caminar continuo de mujeres. El caminar de aquí para allá dejando en el camino una entrega a los suyos.

La mujer hasta hace poco se dedicaba a las tareas domésticas. Lo de casa no era trabajar. Era un ir y venir entre niños, fregadas y comidas. A algunas no les llegaba el espacio doméstico, su ir y venir se extendía a las calles, a los caminos, a la ribera del mar. En ese caminar para asentarse bien tenían que poner algo sobre la cabeza: un balde, cesta y meterle un poco de peso: unos pescados, algún producto de la huerta y para equilibrar se acompañaba de algún niño que andaba por casa.

La carga la acercaban a los mercados o ferias por eso de ofrecerlo a alguien que le pudiera interesar. De vuelta a casa, si terciaba, alguna iba a la playa para recoger algún berberecho para seguir caminando. Las había que gustaban caminar con las manos  enlatando mariscos, jabones… siempre bajo la mirada del vigilante que cuidaba el camino.

Recuerdo el caminar de las  mujeres en mi niñez. Todas las mañanas llegaba a casa Concha, venía de Tabeaio. Era una mujer pelirroja, bajita, regordeta con una sonrisa siempre en sus labios y ojos. Traía la leche y se llevaba la lavadura.  Por los Santos me obsequiaba con unos collares de castañas que estaban deliciosas.

Acabó caminando a Venezuela, en Tabeaio quedó el marido cuidando de los hijos pequeños, volvió con unos ahorros conseguidos caminando para construir una casa, comprar una furgoneta y seguir caminando vendiendo pescado.

Casi al mismo tiempo que Concha traía la leche, llegaba otra mujer que se llamaba Marcelina, caminaba repartiendo el periódico.

“A Tola”  llegaba los sábados por la tarde. Era una mujer muy gorda que subía las escaleras al grito “¡un cacho pan!” seguida de cinco o seis niños de diferentes edades. Se le daba comida, ropa y alguna perra.

En el páramo castellano, donde pasaba el mes de agosto, las mujeres también caminaban. Al grito contino de maaa, maaa, maaaa… caminaba la “Sorda” con un balde de zinc lleno de pescado encima de la cabeza yendo por las puertas ofreciendo unas merluzas excelentes.

Las mujeres del pueblo caminaban para llevar la comida, que antes habían preparado, a sus maridos que trabajaban la tierra, una vez en la tierra seguían caminando segando con la hoz los cereales y hacíando las gavillas.

De vuelta a casa cuando los maridos habían encerrado a los ganados e iban a tomar unos vinos a la taberna para disfrutar del merecido descanso, ellas caminaban atendiendo a los hijos, haciendo la cena. Mientras hervía el puchero bajaban a las cuadras a ordeñar las ovejas para luego caminar haciendo riquísimos quesos.

El caminar lo solían acompañar con canciones y risas por eso de la alegría.

Añado las fotos, que han provocado este texto no como homenaje. Los homenajes, las placas, las estatuas son para gente importante. Las añado como un recuerdo de mujeres que caminaron duro. Camino hecho con esfuerzo para luchar por los suyos. Mientras las recordemos estarán con nosotros y su caminar seguirá teniendo sentido. Será la lluvia fina que empapa la tierra para prepararla para la nueva cosecha. Mientras tanto, los homenajes, las placas, las estatuas y los minutos de silencio de la gente importante serán cubiertos por el verdín del paso del tiempo que los llevará al olvido.

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FOTO: BENEDICTO CONDE. LUGO:1965

 

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A CORUÑA, 1915. FOTO: PEDRO FERRER

 

 

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ALLARIZ, 1932. FOTO: JOSÉ SUÁREZ

 

 

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1932. FOTO:SUAREZ FERNÁNDEZ

 

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SANTIAGO 1971. FOTO: LA REVOLUCIÓN DE LAS MUJERES
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BETANZOS, 1926. FOTO: ANDERSON

 

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MARÍN,1924. FOTO: ANDERSON

 

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SANTA UXIA DE RIVEIRA, AÑOS 50

 

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1930. FOTO: PACHECO

 

 

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BAIONA, 1946. FOTO: FEDERICO PATELLANI

 

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PONTEVEDRA, 1900. FOTO: FRANCISCO ZAGALA

 

 

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BERBÉS,1910. FOTO: EDUARDO BELLO

 

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A CORUÑA,1925. FOTO: ÁNGEL BLANCO

 

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SANTUARIO OS MILAGROS, 1978. FOTO: CRISTINA GARCÍA

“Padre, ¿Habré caminado lo suficiente?”

UN VANGUARD EN EL RECUERDO

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Era martes, estaba en casa haciendo las tareas para el “Hijoputa”, cuando llegaron a última hora de la tarde mis padres comunicándome que habían matado a Kennedy. Tenía trece años y aquel hombre me sonaba como importante, lo había visto en el Vanguard que estrenábamos en casa. Lo relacionaba con unos conflictos en Cuba, con una posible guerra mundial, y poco más. Creo que gustaba a la gente junto con su mujer, daban imagen.

Al día siguiente en televisión pusieron las imágenes del asesinato,  dos días después las del asesinato del asesino del presidente. Unas imágenes en blanco y negro con sombreros de mafiosos que me recordaban las películas de cine negro. Salió en la televisión un hombre llamado Ruby, el asesino. Decían que regentaba un  cabaret,  donde las chicas se iban quitando la ropa al ritmo de la música. ¡Striptease! ¡Qué cosas pasaban en el mundo y yo sin saberlo! Así es como en mi memoria quedó unidoo el  “striptease” con la muerte de Kennedy. ¡Gracias presidente!

Empezaba en esta época a hojear con interés el periódico, escuchar los partes de la radio y a ver la recién llegada televisión. Destaco y conservo en la memoria el secuestro del Santa María en 1961 por un militar portugués de nombre Henrique Galvao. Todo lo relacionado con Luter King, su lucha por la igualdad y su asesinato ya en 1968. El asesinato de Lumumba,  guerra del Vietnam, luchas en EEUU por los derechos humanos, la muerte de Juan XXIII, tantas y tantas cosas en la década de los sesenta.

Aquí todo era tranquilidad, aunque algo se intuía pero lejos de la prensa y televisión. Estaba en el aire, en el ambiente, en los murmullos y en alguna radio clandestina. En aquellos días se produce el ajusticiamiento de Grimau. Otras noticias montaban ilusión como la del petróleo de Valdeajos que iba a convertir el norte de Burgos en Texas.

Mientras el presidente americano era asesinado el mundo del cine traía “Los pájaros” de Hitchcoch, “Irma la dulce” de Wilder que creo que es la película que más veces he visto y en España “El verdugo” de Berlanga. Películas que tardé  unos años en disfrutar pero fueron llegando como otras muchas cosas

En el Vanguard veía “Los intocables”, siempre que no tuvieran dos rombos, y su lucha contra el vicio. El bien y el mal enfrentados una vez más.  “El fugitivo”  donde el pobre de Richard Kimble deambulaba en busca del manco, asesino de su mujer, muerte del que le acusaban. En uno de los primeros capítulos se había fugado de un tren cuando le trasladaban de presidio, igualito que lo que pasó  en España con “El Lute”. Realidad y ficción de la mano.

Todo esto me hace recordar la imagen del viejo Vanguard que he encontrando en internet

 

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VALDEAJOS (BURGOS) 1964

 

 

LA LLAVE

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Muy de mañana habían empezado la mudanza. El aparador, la mesa, las sillas; el vasar, la vajilla; los somieres metálicos, los colchones de borra y lana; las ropas de cama, algún mantel procedente del ajuar heredado de la abuela; fotos familiares, retratos de santos, vírgenes. No llevaban el escañil, los aguamaniles de los dormitorios no cabían en el nuevo hogar o no se necesitaban pues allí había agua en la casa. Todo en hatillos iba depositándose  ordenadamente en la vieja camioneta del panadero, con pulcritud, con cariño y respeto como no queriendo molestar a los objetos en el traslado. Cuando todo estuvo dispuesto, el hombre cerró el portalón de la casa con la gran llave de hierro. La apretó fuertemente en una mano y exhalando un profundo suspiro la entregó a su mujer. “Guarda esto”.

Días antes había llegado a un acuerdo con su amigo, el panadero, en la venta del pequeño rebaño de ovejas y las gallinas; con el burro y la pareja de bueyes se había quedado otro vecino; las tierras en arriendo repartidas entre varios. No quería desprenderse de ellas, nunca se sabe las vueltas que da la vida. Eran un pequeño seguro, como lo era la casa que abandonaban.

Una vida de esperanza, de mejora para todos ellos iba a empezar. Todo había sido pensado y repensado en largas noches de insomnio.  Se iban por los cuatro hijos. El pueblo no daba muchas expectativas; había que intentar ir a la gran ciudad industrial donde otros antes que ellos habían ido escapando de un mundo cerrado al progreso, un mundo duro, un mundo de rigores, de pedriscos inoportunos que arruinaban el trabajo de un año, dejando la necesidad.

Llegaron ya de atardecida, todo lo cubría una densa niebla. La nueva vivienda estaba en un edificio de cinco plantas, al lado otro, otro y otro. Todos juntos, en una calle sin urbanizar, con una bombilla cada largo trecho, con restos de escombros. “Que oscuro está todo” comentó un hijo.

Con la luz del nuevo día el hombre salió a buscar trabajo, conocía a antiguos vecinos que le ayudaron. A la semana estaba trabajando. Cambió el arado, la azada, el dalle por la esponja y la gamuza; cambió el trabajo de la tierra por el lavado de coches y escaparates de comercios del centro. Con el tiempo los siguió cambiando por la paleta y el andamio.

La mujer también encontró trabajo. Cambió el trabajo de la casa, el ordeño de las ovejas, el llevar la comida a su marido en el burro cuando trabajaba en tierras alejadas por la limpieza de portales y de otros hogares.

Pasaron los años. Nunca hubo la oportunidad de hacer una visita al pueblo. El trabajo era continuo, no había descanso. La hipoteca del piso, los estudios de los hijos hacían del trabajo una continua necesidad.

Recibieron una carta del amigo, el panadero, que les comunicaban que los postigos de las ventanas se deshacían, que había cristales rotos, que habían entrado una noche de nevada unos gitanos a guarecerse en su casa. El hombre contestó sin consultar a nadie que tapiase todo: puerta y ventanas.

Aquello le sumió durante mucho tiempo en una profunda tristeza. Permanecía horas con la mirada perdida. Durante las noches, cuando todos dormían, acudía a la vieja cómoda, cogía la llave de hierro, apretándola dentro de su mano recordaba tiempos pasados.

El panadero al recibir la carta se puso a la tarea. Arrancó los restos de cristales y maderas de cuartillos y postigos tapiando todas las viejas ventanas. La puerta fue lo  último en ser cegado. Al panadero mientras iba poniendo piedra a piedra la pared que cerraría la puerta le iba llegando el recuerdo de aquella mujer que zurcía por las tardes al sol sentada en una pequeña silla las camisas, pantalones, faldas. También recordaba las chácharas compartidas con su amigo y la picadura fumada en las noches del verano a la fresca, cuando el sol se había puesto y se tenía un tiempo de descanso antes de retirarse al cuarto.

Cuando el panadero puso la última piedra que cerraba la casa, en su interior se hizo la completa oscuridad. La negrura y el silencio lo envolvieron todo. Y es cuándo empezaron a surgir de los rincones de la casa olores a fruta madura, a requesón recién hecho; surgieron los sonidos de la dulzaina en las fiestas, las pandereta, los villancicos y el rasca rasca de la botella de anís, de los truenos de las tormentas de verano; la imagen de los abuelos en la foto del salón, el crucifijo olvidado encima del lecho conyugal testigo de noches de amor, de confidencias, de descanso; de los platos de tanganillo, de cordero al horno, de los besugos de navidad. Todo fue surgiendo mientras el aire de la casa se iba haciendo cada vez más denso, quedándose quieto junto a la oscuridad.

“No te olvides la llave”  le dijo su madre. “A ver cómo encontráis todo”, “qué lástima que estas piernas ya no puedan caminar”.

Llegaron a media mañana con el cuatro por cuatro, aparcaron al lado de la iglesia. “Vamos Aitor, Ainhoa dejad la tablet ya llegamos, vamos a casa de los abuelos”. “Tomad la llave”.

“¡Papá! ¿Dónde está la puerta?”Dijeron al llegar junto a la casa.

“Aquí” dijo el padre señalando la puerta tapiada.

“Papá, pero por aquí no podemos entrar”, “¿para qué queremos la llave?” ¿Qué hay dentro?

El padre miró la puerta tapiada, las ventanas cegadas y acertó a decir en un murmullo: “Dentro están los recuerdos.”