Niños en la ciudad

Entrañables imágenes de niños en la ciudad del siglo pasado. Juego, pesca, marisqueo, paseo y confidencias en busca de aventuras por calles, playa o puerto. Hasta descanso en la bella foto de Pillado en los viejos Arcos de Riazor.
Todos niños, las niñas como en las novelas de aventuras se quedaban a la entrada de la cueva. El vagabundeo estaba vetado para ellas, eran señoritas y no podían andar en completa libertad por la ciudad.

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Aventuras en el Puerto. Años: 30. Foto: Lamela
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Pescando en el Puerto. Foto: Francisco Pillado
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Parrote. Foto: Pedro Ferrer
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Jardines del Relleno. Años: 30-35. Fuente: A.R.G.
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Calle Tinajas. Año: 1965. Foto: Alberto Martí
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Alfonso Molina. Foto: Matí
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Arcos de Riazor. Foto: Francisco Pillado
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Riazor. Años: 30. Fuente: A.R.G.

Mis calles de juego y descubrimiento estaban en el entorno del Palacio de Justicia, Arzobispo Lago, Rosalía de Castro, Compostela… La Plaza de Galicia con sus dos fuentes en el centro y los jardincillos con tres o cuatro bancos que servían de porterías para jugar un todos contra todos. Seguíamos con otros tiros, en Rosalía de Castro, contra el portalón de la cochera de Castromil hoy convertida en Pan de Lino. Interrumpíamos el juego cuando llegaba el ómnibus a última hora de la tarde para maravillarnos con la habilidad que tenían los chóferes para meterlo marcha atrás en el garaje. Pasaba a veces de vuelta a su casa Don Enrique, afable y simpático, gerente de los trolebuses de Coruña- Carballo y abuelo de la cantante Marta Sánchez, que siempre tenía alguna broma, atreviéndose a dar unos pases y rematar contra el portalón.
La pasión desenfrenada del amigo Lago chutando contra el ventanal de unas oficinas, creo que de Abastos, que aún estando protegido con reja hizo trizas un cristal nos trajo la inquietud. Al estruendo causado salió el portero, con el que nos llevábamos muy bien, dijo que lo sentía pero tenía que avisar de nuestro estropicio. Al día siguiente a la salida del colegio nos presentamos en las oficinas. Después de una interminable espera pasamos a un despacho donde nos recibió un hombre pequeñito, calvo y de diminuto bigote: “así que sois los rompecristales ¡vaya granujas!”. Se levantó del sillón y dándonos unas palmadas cariñosas en la espalda se despidió diciendo: “¡quién sería el portero!” “¡A correr!”
Caza mayor era la espera a la puerta del Hotel Marineda. Se alojaban los equipos que jugaban con el Deportivo, allí esperábamos para los autógrafos. Salían los jugadores, paseaban por la calle a espera de la cena. Algunos se enrollaban bien.
La calle Compostela con la “Expendeduría de Carne de Caballo” en la esquina Picavia, donde hoy está Uterqüe, siempre estaba vacía. Nos atraía, contemplándola con curiosidad, ninguno de nosotros había probado aquella carne. Lo que esperábamos con interés eran los resultados de los partidos la tarde de los domingos que ponían en unos tableros con letras blancas en el café Compostelano al lado de donde se cogía el Castromil y enfrente de casa Enrique.
Divertido era la doble entrada del café Asturias que comunicaba la calle Compostela con Sánchez Bregua. Ideal para el juego y el despiste, entrar por una puerta o por la otra facilitaba la huída y ocultación. En medio del café había unos billares, donde parábamos para descansar y poner nerviosos a los que estaban en nuestra búsqueda.
Conocimos todos los portales y escaleras del entorno, estaban abiertos utilizándolos como continuación de la calle. Pocas veces recibimos toques de atención, llevábamos la contención y mesura de fábrica.
Esto fue el comienzo, poco a poco el campo de aventura fue ampliándose y la contención y mesura disminuyendo. Todo hoy confesable, en otra ocasión.

 

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Plaza de Galicia. Año: 1936. Foto: Cancelo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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“MERCADO DE HIERRO” DE DA GUARDA

La venta de pescado, carnes y verduras a finales del siglo XIX en A Coruña se realizaba de una forma un poco caótica en calles, en los bajos de algunas casas y mercadillos como los de Santa Catalina, Penal de Santa Lucía o en el Campo de la Leña. Todo de una forma anárquica, con poca limpieza e higiene. El ayuntamiento empieza a ver la necesidad de concentrar la venta en un edificio acorde con las necesidades, encontrándose con la dificultad de falta de dinero para abordar su construcción.
Una vez más surge Eusebio da Guarda ofreciéndose a costear la obra con intención de construir un mercado de hierro a imitación del Borne y San Antonio de Barcelona, de la Cebada en Madrid o del Val en Valladolid. En esas estaban, cuando el mecenas muere en 1897 dejando en su testamento un legado para tal fin.
Se inician las obras, diseño de Pedro Mariño, en el antiguo Campo de Carballo en 1901 rematándose en 1905 el Pabellón Central que es para lo que da el dinero dejado por Don Eusebio. Las obra continúan con otros dos pabellones, el Norte y el Sur, inaugurándose en 1910, estas obras ya con dinero municipal.
Ahí estuvo: señorial y bello hasta que en 1958 otros responsables deciden tirarlo desapareciendo definitivamente en 1963. Una verdadera pena.
Guardo alegres recuerdos de las visitas que hacía a aquel mercado acompañando a mi madre. Me encantaba recorrer los puestos y disfrutar con los productos que allí se exponían. El pescado me atraía de una manera especial con aquellas patelas de madera donde se acumulaban las fanecas, meigas o peones que eran los que más me gustaban o para los días de fiesta los besugos y rodaballos. El ambiente era de gritos, ¡quita que mancho! de los hombres que tiraban de las cajas de madera cargadas de pescado que habían venido en los carros de mulas desde el Muro. Gritos de las pescaderas que ofrecían su producto o llamaban a las compradoras para aceptar el regateo ofrecido. El pescado, sin limpiar, se envolvía en papel de periódico y el más apropiado era La Voz pues al ser más grande se envolvía mejor. El envoltorio pasaba directamente a una bolsa de malla que llevaba mi madre. Así que al llegar a casa se podía leer alguna noticia pegada a un ojo de merluza o entre las meigas aparecía un trozo del “Sol a Sol” del bueno de Bocelo, las victorias del Depor o la película que ponían en el Equitativa.
Los pollos, conejos estaban vivos en unas jaulas de tupidas mallas de alambre esperando el certero cuchillo o el fatídico golpe.
Al lado de la pollera, donde compraba mi madre, había una mujer que vendía variados productos: café, licores, tabaco, toallas… decían que le habían puesto una multa y hasta le habían cerrado el negocio tiempo atrás.
José María, hombre grande y simpático, vendía la ternera. Le faltaban dos dedos de una mano, cuando alzaba la macheta para cortar las chuletas, me ponía muy atento para ver si acertaba bien en el costillar o salía algún dedo más por los aires.
Más tranquilidad había en la frutería donde Elvira vendía patatas de Carballo, grelos, guisantes que al llegar a casa me encargaría de desgranar. Comentaba Elvira que la primera vez que había ido al cine con su marido cuando en la pantalla apareció la carga del Séptimo de caballería echó a correr gritando “¡corre Elvira que nos arrollan!”, “con ese hombre no se puede ir a ningún sitio”. También estaba Soledad y su madre con un moño perfecto que recordaba al de mi abuela. Vendía fresas, manzanas, claudias o cereza mollar de rabo largo. Siempre marchaba de su puesto con pendientes.
Al final íbamos a las panaderías. Los inmensos panes de peso de Carral, los cuernos de pan gramado, los palitos o los panes de anís y las suelas. ¡Qué apetecible estaba todo!
Cuando, ahora, voy al mercado todo es silencio, limpieza, tranquilidad. Al entrar en el Fnac, en Stradivarius, en Factory o en cualquiera de las tiendas que forman parte del mercado, entre las novedades literarias, las pantallas de plasma, las blusas de la última moda o los chocolates creo oler las fresas de Soledad, los cuellos de los pollos decapitados o un trozo del “Sol a Sol” de Bocelo. ¡Qué cosas pasan con los años!

 

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Año: 191..  Foto: Blanco
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Año: 191.. Foto: Ferrer
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Pabellón Central o de la Pescadería. Año: 1905… Foto: Blanco

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LA MIRADA

 

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Calle Santa Catalina, A Coruña. Años 40?. Fuente: Charlie Crespo

La foto me impresiona. El recogimiento, el acompañamiento al más allá. El coche fúnebre acompañado de coronas y rezos de los sacerdotes, arropados por el saludo de devotos camaradas que dan el último adiós. Hay un detalle en esta foto que no quiero pasar desapercibido. Es la mujer en la ventana entornada de la izquierda tras la cual se esconde y protege. Percibo en su actitud vergüenza y miedo. No abre la ventana, no se suma al último homenaje, se retrae ante el paso del féretro. ¿Por qué?

En su camino al cementerio serán muchas las demostraciones de cariño y afecto al difunto. Cuando al final de la tarde ya repose en la soledad de su tumba y la luz de la Torre comience a iluminar las sombras de la noche, cuando los camaradas inicien el regreso a sus casas, entre negros recuerdos, por las calles de Orillamar, de San Juan, cuando en el hogar del difunto sus familiares lloren en intimidad, en la cercana casa la mujer de la ventana encaminándose a la cama se acordará en silencio, pensará lo vivido unas horas antes y dando un profundo suspiro y entornando los ojos dirá: ”lo vi pasar”.

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En el Obelisco

 

SUCESOS DE COMIENZOS DE LOS SESENTA

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COMISARÍA EN LA PLAZA DE VIGO.FINALES DE LOS 50

La plaza de Vigo era el lugar de juegos en mi infancia a principios de los sesenta y allí enfrente estaba la comisaría de la foto antes de pasar a la Avenida del Puerto. La comisaría era la amenaza para que en nuestros juegos no nos desmandásemos mucho, parecida advertencia caía sobre la pandilla cuando nos emocionábamos en el cine Equitativa con el lanzamiento de cáscaras de pipas, pepitas cheirentas o con alborotos cuando rompía la cinta y el acomodador, Sr. Chousa, no daba controlada a la parroquia.
La fotografía de la vieja comisaría aviva los recuerdos de los sucesos de comienzos de los sesenta  en la ciudad. Me gustaba hojear la prensa. Los sucesos truculentos y las crónicas deportivas me llamaban la atención, que junto con las narraciones de la Historia Sagrada que leíamos en el colegio, fueron acercándome a la lectura. Aquellos hechos perduran en la memoria avivados por paseos por los lugares donde ocurrieron y en conversaciones sobre la infancia.

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PEPITO MENDOZA, SALUDANDO DESDE SU CASA. AÑO: 1957. FUENTE: LA VOZ DE GALICIA

El secuestro de Pepito Mendoza coronó mi interés y mi angustia por lo que me podría pasar. Aquel niño que desapareció una tarde cuando jugaba con sus hermanos en los Jardines de Méndez Núñez y fue devuelto en la iglesia de los jesuitas unos días después. La prensa, la radio, las conversaciones de los mayores daban vueltas a lo mismo. Oía que habían vaciado el estanque de los peces, que lo habían visto por Monte Alto. Todo eran conjeturas sobre lo que podría haber sucedido con el pobre niño. Hasta que lo devolvieron un poco rapado, pero sano. La gente se apiñaba en la acera del teatro Colón enfrente de la casa de Pepito. La mujer que lo secuestró lo hizo para justificar la existencia de un niño delante del hombre con el que se quería casar intentando convencerle que era de él. Hace unos años tuve conocimiento por la prensa de la muerte de Pepito Mendoza en Valencia, donde desarrolló su vida como reportero gráfico.

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A LA DERECHA RESIDENCIA DE LOS JESUITAS Y CHALET ARAUJO. CALLE FONSECA ESQUINA CON PAYO GÓMEZ.

¿Qué sucedió en la esquina de la calle Fonseca con Payo Gómez? Pues la muerte de un gitano que entró a robar en el viejo mercado de la Plaza de Lugo a finales de los cincuenta. Era de madrugada y un guardia municipal disparó por la espalda a un hombre que salía a la carrera y no obedeció la orden de detenerse. Creo recordar que lo robado era un mandil del puesto de una frutera, es el día de hoy que, a veces, al pasar por el lugar recuerdo el trágico suceso.

 

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FACTORÍA BALLENERA CANELIÑAS, CEE. FUENTE: LA VOZ DE GALICIA

Había acontecimientos divertidos como aquel del invierno del 60 en que un ballenero perdió un cachalote, quedando varado en el Orzán. Los comentarios y visitas, acompañadas del olor nauseabundo, a la playa durante unos días fueron constantes. Allí nos acercamos la chavalería a contemplar como troceaban el inmenso animal y lo llevaban unos esforzados hombres a cuestas a unos camiones para trasladarlo a la factoría de Caneliñas para convertirlo en harina. Tengo un amigo que con la emoción de tanto trasiego se olvidó de volver a clase en el cercano colegio de los salesianos. Olvidar se olvidó de la clase, pero se acuerda todavía de las consecuencias.

 

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PLAZA DE TOROS. AÑO: 1960. FOTO: ALBERTO MARTÍ

Al espectáculo veraniego que concentraba a la afición, las noches de los sábados,  en la plaza de toros para disfrutar con la lucha libre, también llegó la tragedia. Era el verano del sesenta y se enfrentaba Celso Sotelo, ídolo local, contra un luchador valenciano de nombre Ferrando. Después de la pelea, en la pensión, Ferrando se sintió indispuesto, falleciendo aquella madrugada. Años después un querido profesor nos comentaba en clase que él estaba en la misma pensión y que Ferrando ya estaba algo mal por la tarde, que le animaban a que no pelease ese día, pero se empeñó en ir, pues era una revancha. Añadía el profesor que la lucha sería teatro, pero el cuerpo de Ferrando estaba molido.

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EL PARROTE. AÑOS 50. FUENTE: MONCHO GONZÁLEZ

Termino con la tragedia que unos años después sucedió en el puerto a la altura de la antigua Pebsa donde un marinero de Noia asesinó a un taxista para robarle 800 pesetas. Tiró el cuerpo al mar, apareciendo el cadáver a la altura del Parrote unos días después. “Doume a toulada” comentó en comisaría al preguntarle el porqué.

¡El poder que ha tenido la vieja foto de la comisaría de la plaza de Vigo! Hoy parecidos sucesos casi pasan desapercibidos. Los hechos violentos los asimilamos de distinta forma, son tantos y tanta información que no hacen poso, son sucesos de usar y tirar. Ninguna foto podrá avivar algo que no está en la memoria.

 

 

 

 

VERANO DE PALABRAS Y SENSACIONES

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A MI TÍO JESÚS

El comienzo de mi veraneo a finales de los cincuenta, en un pueblecito del norte de Burgos, lo marcaba la llegada del carromato del trillero acompañado de su mujer y dos o tres hijos. Acampaba al lado de la casa de mi abuela y muy de mañana, emprendía la tarea de reparar y empedrar los trillos que le llevaban los vecinos; golpeaba tres o cuatro veces con el escoplo y mazo las lascas cortantes para que quedaran firmes en las pequeñas hendiduras de la cara posterior. Esta faena producía un sonido que se oía por todo el pueblo. Además de reparar los trillos, acarreaba los construidos en su casa allá por tierras de Segovia, vendía aperos de labranza: horcas, bieldos, medias fanegas, celemines, cribas… Desde mi ventana observaba el trasiego formado en torno del trillero, que hablaba a los vecinos de una forma peculiar.
Por la noche, en mis sueños, del carromato se deslizaban en silencio palabras y sensaciones que subían gateando por la pared hasta llegar a mi cuarto, quedándose conmigo todo el verano.

Durante el verano, en casa, me encomendaban pequeñas faenas que hacía con agrado. Ir a buscar agua a la fuente con los botijos era una de ellas, al no haberla en las casas; allí estaban las mujeres llenando del caño sus herradas y baldes de zinc, apoyado en el brocal del pilón, el cuadro de madera, que siempre tenían a mano para no mojarse las faldas en su transporte. Los primeros días me saludaban con mucha alegría, a mí la verdad no me gustaba mucho porque me achuchaban y alguna, al besarme, pinchaba con el bigote. No se ponían de acuerdo sobre si había medrado o no y yo me sentía un poco violento.

Dos veces a la semana, cuando cocían, me acercaba al molino en busca de las hogazas a cambio de un vale cuñado por el panadero. El vino, en casa de la abuela, estaba en los pellejos en un lugar fresco y oscuro que llamaban hornera, allí acudía con una jarra al mediodía. Era el único momento que recordaba el colegio, creía haber leído que un hombre había tenido problemas con ellos. Con la recogida de los huevos, en los nidales, había que tener cuidado para no romperlos y no confundir los frescos con el güero. El agua en la pila de las gallinas y grano en los canales, completaba las divertidas ocupaciones que realizaba. Cuando volvían los ganados del monte una de las cabras de mi abuela, la blanca, siempre se entretenía lamiendo alguna pared; había que traerla a casa no fuera a ser que una vecina despistada la ordeñase.
Finalizadas las faenas de la mañana, mi abuela me daba un tentempié a base de albillo y galletas de coco, con frecuencia se acompañaba de un huevo pasado por agua.

Los primeros días tuve, debido al cambio de aguas o al abuso de las claudias, un poco de andancio, las sopas de ajo que me forzaron a tomar fue el remedio. Este revés no me impidió salir. Si me apretaba, giñaba en el monte limpiándome con una lechuga y, según decían, así olía el culo a tomillo.

Lo emocionante lo vivía con mi tío Jesús. Estar al lado de este hombre fue lo más grande que me ocurrió en la infancia. Siempre necesitaba ayuda para cualquier actividad y allí tenía que estar yo para echar una mano. Las tareas en que acompañaba a mi tío eran de lo más variadas y cada poco tiempo aparecían algunas que me sorprendían.
Al empezar la trilla, muy de mañana, había que acarrear en busca de las gavillas de trigo que había segado con el dalle días antes y estaban en la tierra. Se iba muy bien en el carro vacío, pero mejor era a la vuelta que se venía arriba encima de los haces.
Se descargaban las gavillas, extendiéndolas circularmente por la era. Para trillar utilizaban dos trillos: el del caballo, mi tío y el de los bueyes, los niños y la abuela. Se llamaban Capitán y Coronel, mi ocupación era vigilar el culo del buey, cuando el rabo empezaba a levantarse y el culo a abrirse había que gritar ¡alto!, con rapidez poner un caldero para que las boñigas cayeran en él. Mi tío iba con el caballo, también cogía los carajones con un poco de paja, sin caldero. Otra tarea era tener el botijo con agua y en lugar fresco. Según los trillos pasaban por todos los sitios, mi tía o mi tío iban dando vuelta a la parva con una horca, cuando estaba trillado se hacían unos montones en medio de la era con rastrillos y una rastra grande que llevaban los bueyes, al final había que barrer la era, lo hacían las mujeres de casa y así ya quedaba preparada para el día siguiente.
Una vez hecha la parva nos reuníamos a merendar en la misma era: tortilla, escabeche, tanganillo, nunca faltaba una latilla de calamares. Todo se llevaba en el capazo tapado con un mantel que se ponía en el suelo, sentándonos alrededor.
Al cabo de varios días de trilla, se formaba una parva grande. Era entonces cuando se beldaba con una máquina para separar el grano de la paja. La paja, en unas mantas, se llevaba al pajar y el grano, en sacos, a las trojes que había en casa.
A Capitán y Coronel de tanto acarrear, tirar del trillo, arar y roturar se les gastaban o perdían las herraduras. Había que ir al potro para que Antonio, conocido por Tormenta, les pusiera unas nuevas. Tormenta, aparte de primo lejano de mi padre, era el herrero del pueblo. Era un hombre alto y gordo, para mi inmenso, moreno como los cañamones, -así llamaban en el pueblo a la familia de mi padre-, de voz de trueno, descamisado con pecho peludo y muy aficionado al tabaco, a la comida y al vino; a mí me quería mucho y yo a él; nunca me dio miedo, aunque físico tenía para dármelo.
El potro era un artilugio de postes y vigas. Allí enganchaban al animal con cinchas, coyundas y correas de variado tamaño. La cabeza se la inmovilizaban con un yugo y las patas, primero las de la parte derecha y después la izquierda, en un larguero, de esta manera el buey no podía moverse. Tormenta empezaba a trabajar alisando la pezuña del buey con una herramienta que llamaba pujavante, era como una cuchilla con mango que empujaba con el hombro y mientras pasaba por la pezuña salían como lascas de jabón, a continuación ponía la herradura y la clavaba a la pezuña con unos clavos que tenía en un trapo con sebo para que no se oxidaran. Todo esto lo hacía dando grandes voces y charlando con el dueño de los bueyes que le ofrecía la bota para que echara unos tragos y apagara el reseco producido por el esfuerzo. Terminado el herraje o los días que no tenía trabajo, los chicos usábamos las cinchas que servían para atar a los bueyes como columpios; era nuestro parque de atracciones.

Dos veces durante el verano tuve que ayudar a mi tío al rabadán. Fue lo máximo que podía aspirar un niño de ciudad como yo. Metíamos en el zurrón: chorizo, queso de oveja, media hogaza, una bota: de la que me dejaban beber al gallete un poco y toda la jornada en el monte escuchando al pastor relatos de lobos que atacaban al rebaño, al mismo tiempo que con una navaja hacía cucharas con madera de enebro.
Mientras los mastines controlaban a ovejas, corderos y borros, yo intentaba descubrir en lejanas lomas la silueta de los temibles lobos. Esperando su llegada me entretenía sin alejarme mucho en la recogida de: gallaritas, tapaculos, avellanas, moras y hasta manzanillas para los dolores de tripa en el invierno.
Domingo, que era el nombre del pastor, me instruía sobre los vientos. Cierzo o norte, regañón o gallego, solano, ábrego, hasta ellos tenían nombre en el pueblo. Yo, que estaba acostumbrado a decir si hacía mucho viento o poco, me explicaba la diferencia, su importancia, de ellos dependía la vida del campo al traer lluvias, tormentas, nieves, calores o heladas.
Los vientos transportaban según él, los avisos de las campanas de la iglesia: ángelus, berea, concejo, fiesta, muerto, incendio, oración, misa… aunque estuvieras muy lejos llegaba su sonido: de doblar, volteos y repiques, qué alegría en la soledad del monte oír que decían: “aquí estamos y te anunciamos que…”

Se guardaban los alimentos en lugares frescos orientados al norte dentro de unos muebles llamados fresqueras que eran como unas alacenas protegidas de frente y en los costados con una malla metálica muy finita. Durante el verano, para tener carne fresca, tenían la costumbre de reunirse varios vecinos y siguiendo un orden mataban una oveja cada semana, a esto le llamaban adra.
El matar la oveja era un espectáculo. Toda la familia colaboraba: agarrando las patas, metiéndole una navaja en el cuello, sacando el pellejo, abriéndola para extraer las tripas, trocear la carne para repartirla a los vecinos. Presenciaba todo con naturalidad, nadie se asustaba ni decía: “esto no es para niños”.
Después se hacían las morcillas. Unas mujeres lavaban las tripas y otras, hacían el mondongo, que era la mezcla del arroz, manteca, cebolla y sangre, en un barreño para rellenarlas. Una vez hechas,  las hervían en unos calderos de cobre que ponían al fuego en la cocina de humo. Salían morcillas de muchos tamaños unas como pelotas: el panzo, otras como chorizos gordos y unas muy estrechitas que me gustaban mucho y llamaban tanganillo.
Cuántas  cosas ricas proporcionaban las ovejas y corderos: Con la leche, hacía mi tía unos quesos buenísimos; del suero sobrante, tras hervirlo y sacar una espumita que quedaba en la superficie, salía el requesón, que lo tomaba con miel de brezo; también sopas de suero para mi madre, que era la única a la que le gustaban. Si se celebraba algo importante se asaba un cordero en el horno de la bilbaína y unas chuletillas en la parrilla. Era una gran fiesta, estaba toda la familia reunida y al final sacaban botellas de licor y voceaban todos al mismo tiempo, era verdaderamente divertido.
Todos los días se acercaban vendedores ambulantes: telas, fruta, pescado, quincalla. La mayoría con sus carretas tiradas por mulas o machos. Muy pocos en furgonetas. Algunos se ponían en la plaza y pregonaban por las calles avisando con una trompetilla los artículos, otros encargaban a los chicos la comunicación y ahí estábamos corriendo, voceando por las calles. Los que vendían pescado eran conocidos por fresqueros y vendían sardinas, bocartes, chicharros, recuerdo una mujer llamada la Sorda que llevaba el pescado en un balde encima de la cabeza e iba por las puertas ofreciendo unas merluzas excelentes al grito continuo de maaa, maaa, maaa…
Los vendedores de cerezas, ciruelas también iban de casa en casa, pesaban la fruta con romanas. En casa siempre compraban, a veces cambiaban la fruta por miel de brezo de las colmenas y dujos que la abuela tenía en el colmenar, un terreno cerca de casa donde en ocasiones se iba a merendar y en época, a coger guindas para hacer licor.

A mediados de verano aparecían por el pueblo los gitanos. Llegaban en carromatos tirados por mulas viejas. Aquellas gentes solo podían quedarse un día acampados a las afueras del pueblo, tras haberlo solicitado al pedáneo. Los vecinos se ponían alerta: no se veía una gallina suelta, ni ropa tendida y los portales de las casas quedaban vacíos de: rastros, cestos, horcas… Se dedicaban a la venta de cestería, intercambio de burros, reparaban utensilios de metal como: cacerolas, ollas. Las mujeres iban por las casas pidiendo algo para comer, ropa o alguna perra. Yo les observaba con un poco de prevención, al haber escuchado historias de que a veces se llevaban a los niños, no estaba preparado para más experiencias, sobre todo después de que un chico que iba conmigo con un tirabeque acertó en el botijo que una gitana acababa de llenar en la fuente. Los gritos que daba la mujer al ver los añicos en que se había convertido su botijo me dieron tal pánico que no paré de correr hasta estar bien escondido en el pajar de mi casa. Aquel atardecer la cabra blanca de mi abuela pudo lamer todas las paredes del pueblo y ser ordeñada por todas las vecinas pero no salí hasta la hora de la cena.

Los días que el tío iba a verea o a tierras que estaban lejos: Rodiles, La Nava, Lagos, Campesnil; quedaba corriendo por las calles, montado en los burros, jugando a los bolos con los chicos del pueblo o por imposición de mi madre, me acompañaba mi hermana tres años mayor que yo. Una tarde fui con ella y unas amigas a buscar, a un lugar conocido por Maza, unas frutas silvestres: redonditas y rojas llamadas plumillas, la ignorancia de mi hermana hizo que comiéramos reventijos que eran venenosos, el resultado no fue un vulgar andancio sino una cagalera por todo lo alto que me dejó en cama dos días. Todo por hacer caso a mi madre e ir con mi hermana, mi tío hubiera escogido mejor.
Otros días, cuando había tamboriles nos refugiábamos en el atrio de la iglesia o en algún tejabano a jugar con las niñas a las tabas, a los chochos y fabricábamos hogazas con arena y agua; pasada la tormenta de verano, con frecuencia acompañada de pedrisco, volvíamos a correr por las calles saltando entre los regueros que dejaba la lluvia.
Los domingos eran aburridos. Baño en la tina, vestimenta para ir a misa, silencio cerca del cura, mareos: de incienso, velas, hachones y cánticos.
Lo nefasto, imperdonable, era que el cura no dejaba trabajar a mi tío los domingos; solo alguno, si era antes de misa, cuando yo estaba a remojo en la tina.
Las perras que me daban en casa para comprar en la taberna unas galletas de coco y un caramelo enrollado por un globo, compensaba un poco el tedio dominical.
Un domingo salió el globo pinchado, decidí reclamar al tabernero, un hombre bisojo y rezongón, dijo que él no estaba dentro de los globos para saber su estado. Con educación le respondí que se podía meter un poco para comprobarlo, el bisojo debió entender mal ¿qué entendería? y me echó con gritos y amenazas de desorejarme. Resentido acudí a mi tío que, después de tranquilizarme, se encaminó a la taberna, oí que hablaba de mi buena educación, que a la fuerza había oído mal. El bisojo, mirándome retorcido, no podía de otra manera, me dio dos caramelos. ¡Qué grande era mi tío!

Al anochecer la calma que había tenido el pueblo durante la tarde se veía alterada gratamente por balidos, mugidos, relinchos, rebuznos mezclado con trotes y galopes de los rebaños y manadas que regresaban al pueblo después de haber pasado la jornada pastando o paciendo en el monte.
Los primeros en llegar solían ser los caballos, entraban por alguno de los caminos que desembocaban en el pueblo, su paso era rápido en un ya había desaparecido toda la caballería camino al corral donde los vecinos iban a buscarlos con sus cabezales, la mayoría volvía a casa subido en el caballo. Seguidamente los bueyes y vacas paraban en los pilones a beber, era un espectáculo ver a más de tres docenas de bueyes como sus bocas iban absorbiendo el agua y como disminuía el nivel del pilón hasta quedar por menos de la mitad. Quedaban los dos rebaños de ovejas, el del barrio de arriba y el de abajo, entraban con sus balidos y sonidos de esquilas y esquilillas de borros y corderos dentro de una nube de polvo. En las cuadras comenzaba un ajetreo de dar comida, agua, ordeños era una media hora de constante ajetreo.
Terminado este trabajo los hombres acudían a la taberna y las mujeres a hacer la cena y a atender a los hijos pequeños.
Yo seguía corriendo con mis amigos jugando al escondite o a coger unas claudias al huerto de la Emilieja que eran las únicas que había en el pueblo. Mis hermanas se reunían en el portal de casa a hablar con sus amigas. Recuerdo que iban los chicos del pueblo a meterse con ellas, chillaban y hacían que se asustaban pero lo pasaban bien y les gustaba mucho ser centro de atención. Una noche un chico, como habían cerrado el portalón, metió la cabeza de un burro por el ventano, entrar entró pero después no podía salir. Bajó mi tía al formarse tanto alboroto, salió a la calle y se escondió entre las sombras, pegada a una casa, cuando pasaba uno de ellos para armar otra, salió mi tía gritando ¡chiguito, dónde vas! El chico del susto se cayó al suelo y levantándose acertó a decir “señora, señora que yo voy por mi camino”.
Los juegos durante la noche se hacían solo con la luz de la luna y estrellas, no había iluminación en las calles; el poseer una pequeña linterna era una gran joya, pero casi nunca la teníamos o no funcionaba. Aprendí jugando, desde mi escondite a mirar al cielo, a identificar el carro, la osa mayor, el camino de Santiago…

¡La que se armó una noche jugando una partida a la escoba con mi abuela! Desconfiaba un poco de que mi abuela siempre me ganase porque decía que quería que lo hiciera yo. Durante una partida tuve que levantarme para ir a mear, dejé las cartas en una posición y al volver estaban en otra. Solo a mi se me ocurrió decir “¿quien me ha tocado las cartas?” cuando solo estaba ella en el cuarto de estar. No le pareció nada bien: ¡“tu abuela no es una tramposa”!, chillaba. Mi madre que estaba en la cocina vino corriendo, al suponer que le había dado algo. Al final, recibí una regañina aunque intuí que a mi madre se le escapaba una ligera sonrisa. La luz falló, como sucedía a menudo, se echó mano de velas hechas en casa con la cera de los panales; usaban también en estas ocasiones un candil de carburo que daba muy buena luz, pero era de un olor repugnante. Subí a mi cuarto con una vela y entre el enfado con mi abuela y las temibles sombras proyectadas en las paredes me fue difícil dormir.
Recuperé el sueño perdido en la siesta del día siguiente, fue la única tarde que dormí en todo el verano. La siesta era más obligatoria que la misa de los domingos e igual de sagrada. Durante una hora en casa no se podía hacer el mínimo ruido y todos se retiraban a lugares frescos para luchar contra la galbana producida por el calor exterior. Era insoportable permanecer en el cuarto en penumbra, echado en cama, ¡qué pérdida de tiempo!, ¡con lo que había que hacer!

Una noche me dijo mi tío después de haber dejado al ganado atendido: vamos a celebrar la despedida que mañana te marchas. De sobra sabía que el final estaba cerca. Fuimos a la taberna, me invitó a una gaseosa mientras él jugaba a las cartas. Durante el juego gritaban mucho pero no estaban enfadados, decían expresiones raras: chica, grande, órdago, duples, amarracos… me explicaron que era un juego que se llamaba mus. ¿Sabría mi abuela jugar al mus?, mejor no preguntárselo. Al final la gaseosa la pagaron los que jugaban contra mi tío, que perdieron la partida. Saliendo de la taberna mi tío, puso su brazo sobre mi hombro y dijo: “gaseosa queda para el próximo verano, no te olvides”.
El burro cargado de maletas nos llevaba a la casota del coche de línea. Mientras nos acercaba, de las alforjas del burro iban deslizándose aquellas palabras y sensaciones dejadas por el carromato del trillero, se quedaban prendidas en las zarzas, en los espinos, en los rastrojos, en el polvo del camino. Aquel recorrido de dos kilómetros, con la soledad de la separación y el frío de la madrugada de comienzos de septiembre, es una de las sensaciones más tristes; que hoy, después de muchos años todavía recuerdo cuando recorro aquel camino.
Tras interminables horas de tren, por la ventanilla comenzaron a entrar, provenientes de la llovizna, otras palabras que anunciaban el fin del verano: estudio, horarios, exámenes, obligación, matemáticas, casa…
Cuando aburrido del largo viaje empecé a incordiar, mi padre dijo: “estate quieto o te doy un soplamocos”. Que alegría, había quedado una palabra para darme fuerzas hasta que el próximo verano volviera a aparecer enfrente de casa de mi abuela el carromato del viejo trillero.

¿QUÉ ES ESO DEL PASTOR?

 

1918
EN LA ESQUINA DE LA IZQUIERDA SE CONSTRUYÓ EL PASTOR. 1918

Estoy seguro que dentro de unos años algún nieto paseando por la ciudad con su abuelo le hará la pregunta con que inicio la entrada al blog.
Y el abuelo empezará a contar, señalando el edificio del Cantón Pequeño, que allí estuvo un gran banco, que fue el motor de la economía gallega, que tuvo empresas de electricidad, pesqueras, hoteleras, mineras… y todo desapareció, se fue acabando y cambiando a otras manos.
Y seguirá relatando, como hizo su padre con él, que el viejo edificio se construyó en los años veinte, que fue durante unos años el más alto de España, que se construyó tirando unas modestas y pequeñas casas, que cuando se edificó había gente que no quería, pero que el edificio fue elevándose contra las ordenanzas municipales que no permitían edificios tan altos. Le dirá que al terminarse empezó a gustar más a la gente y que los pescadores y los emigrantes que regresaban cuando todavía estaban lejos, ya se ponían contentos pues empezaban a divisar la silueta del Banco, que les saludaba.
Le hablará de uno de sus arquitectos: Antonio Tenreiro y le prometerá que otro día le llevará para que vea otros edificios construidos por él: Casa Barrié, mercado de San Agustín, edificio Atalaya… no olvidará relatar que los cimientos son de pino y que el estilo procede de la Escuela de Chicago. Seguirá hablando y hablando, de un viejo cine llamado Savoy, de una Estación de Servicio en Cuatro Caminos, de un ruinoso y bello edificio conocido por El Grajal y dirá también fueron obra de ese arquitecto, pero ya no están, los han tirado unos detrás de otros.
Mientras habla, el abuelo se da cuenta que está sembrando la pequeña leyenda de un lugar. Que va naciendo el mito de un nombre y contra esa leyenda, contra ese mito el paso del tiempo no podrá y no habrá piquetas capaces de destruir los recuerdos.

 

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PREPARANDO PARA LA CONSTRUCCIÓN. A LA IZQUIERDA SE PUEDE VER UN EDIFICIO HOY DESAPARECIDO

 

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PEDRO FERRER. 1922

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ELECTRA POPULAR CORUÑESA

 

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ELECTRA POPULAR CORUÑESA. CALLE FERNANDO MACÍAS, A CORUÑA. COMIENZO DE LOS TREINTA. FUENTE: ARQUIVO DO REINO DE GALICIA.

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Borrosos recuerdos tengo de un edificio que a finales de los cincuenta estaba en la calle de Fernando Macías. Grandes ventanales e impresionantes turbinas se podían ver desde la calle. Era lo que se conocía como la “Fábrica de la Luz”. Esto a la izquierda según se iba de la avenida de Finisterre hacia la calle de Calvo Sotelo, a la derecha un muro que guardaba instalaciones de Fenosa. Donde se construyó con el tiempo la sede de la empresa y más tarde el polémico edificio amenazado de derribo.

La fotografía es de comienzo de los años treinta cuando la empresa se llamaba “Electra Popular Coruñesa” que junto con “Fábrica del Gas y Electricidad” y “Sociedad Gallega de Electricidad” se encargaban del suministro de la energía eléctrica.

La revista “Galicia Industrial y Comercial” en su número de septiembre de 1935 informa de la Asamblea de la empresa, realizada en el teatro Rosalía de Castro, donde deciden ofrecer tarifas más bajas y mejorar el servicio. Las nuevas tarifas suponían un importante ahorro para el ayuntamiento. En la asamblea está Suárez Ferrín, alcalde de la ciudad.

Electra Popular Coruñesa pertenecía al empresario Pepe Miñones, oriundo de Corcubión. Fundada en 1932, tenía una central térmica en la carretera del Pasaje, lignitos en Puentes y el salto del Güimiel.

José Miñones  fue diputado por Unión Republicana, católico y masón. Denunciado por vecinos es condenado a muerte y fusilado en el Campo da Rata en diciembre de 1936. Sus bienes fueron incautados y en 1943 su antigua empresa se funde con la del Gas y Electricidad de Pedro Barrie creándose Fenosa.

 

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ESTADO ACTUAL. FOTO TOMADA DESDE MÉDICO RODRÍGUEZ