SIN PALABRAS 20

Dos fotografías: Ayer y hoy. El cambio de una ciudad. Para conocer, recordar y… opinar.

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TEATRO ROSALIA DE CASTRO. ANTES GOBIERNO CIVIL. A CORUÑA.  AÑO 1936. TRAS EL BOMBARDEO DESDE EL PARROTE. FUENTE: ARQUIVO DO REINO DE GALICIA.

 

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EN LA ACTUALIDAD. FOTO: A.R.

 

 

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DE DON TRIQUI A PABLO GALLO

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PABLO GALLO

El cuadro de Pablo Gallo me trasmite inquietud. La desolación en una ciudad desierta donde permanecen los objetos rodeados de una luz apagada, desvanecida. Queda el recuerdo de un tiempo pasado mostrándose en completa soledad, que nos trae unos días de bullicio, alegría y luz.

¿Qué ha pasado? ¿Qué catástrofe ha llenado todo de silencio?, ¿Qué entrada profunda a la oscuridad permanece provocadoramente ante nuestra mirada?

Hoy cuando por intereses que desconozco y después de pasar por dos propietarios: Amancio Ortega y Abanca; y varios cambios de calificación, el edificio permanece oculto a los ciudadanos en un insulto permanente, he recuperado el cuadro del pintor coruñés como un pequeño homenaje al entrañable cine.

 

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El cine Avenida, obra de Rafael González Villar, se inaugura en 1941, sustituyendo al Teatro Linares Rivas de Leoncio Bescansa, construido en 1920.

El Linares Rivas era un edificio modernista, el arquitecto también construyó las Escuelas Labaca de Juan Flórez, con mucha filigrana y bonitas máscaras en la fachada. Tenía capacidad para cerca de 1200 espectadores y contaba como dato curioso con palcos de luto cerrados con cortinajes. Se dedicó a cine, teatro, zarzuelas y variedades.

 Se derribó en 1937 levantándose en su solar el edificio del Avenida con sala de cine y pisos para viviendas y oficinas. ¡Qué cosas pasaban! ¡Duró en pie diecisiete años!

El Avenida no fue solo un cine, donde el comienzo de la proyección te llenaba de intriga. Al mismo tiempo que el telón poco a poco iba dejando visible la pantalla la luz de la sala empezaba a disminuir en intensidad hasta dejarla en completa oscuridad. ¡Qué emoción! Era además lugar de juego de niños corriendo a derecha e izquierda por su vestíbulo, lugar de quedada de muchas generaciones, de angustia ¿vendrá o me dará plantón?. Las carteleras repasadas veces y veces: a derecha la peli que estaban proyectando, a izquierda la próxima para ir creando expectación. La heladería de la entrada que competía con la Ibense sin lograr superarla.

Mi recuerdo más lejano me lleva a la librería Avenida que estaba al fondo a la izquierda, donde me compraban mis primeros tebeos. Don Triqui: rectangular, pequeño,  en blanco y negro salvo la portada que era a color. Lo sustituí por TBO de La familia Ulises, Las hermanas Gilda y los inolvidables inventos del Profesor Franz de Copenhage.

Al pasear por el Cantón y ver el telón que cubre el edificio se me ha avivado el recuerdo de los queridos tebeos y del extraordinario y provocador cuadro de Gallo. Mil gracias a los dos.

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DEL HOTEL IDEAL AL CINE AVENIDA

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FOTOS ANTIGUAS LA CORUÑA

Como las fichas de un dominó fueron cayendo empujadas por las deslumbrantes fundaciones las viejas edificaciones del Cantón Grande. Eran casas de balcón en primer piso y dos o tres más con galería. Humildes, sin pretensiones de figurar en afamadas revistas de arquitectura, de esas que regalaban los bancos a clientes con clase. Creo que formaban un bonito conjunto que se puede apreciar en la fotografía.

Desde la esquina con la calle Santa Catalina al tapado cine Avenida todo ha desaparecido en los últimos años.

Hotel Ideal hacía esquina teniendo la entrada por la calle Santa Catalina, hasta que lo tiraron conservaba en el suelo de mármol de la entrada en letras negras “Hotel Londres” su antiguo nombre. En el bajo Café  Galicia, centro de tertulianos a la hora del café, cuantos negocios y cotilleos contarían sus paredes.

Dicen crónicas antiguas que el gran Kubala festejaba sus triunfos sobre el Deportivo agarrado a la barra hasta que un par de compañeros le ayudaban a tomar el camino de la Estación del Norte para coger el Shangái.

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Al lado del café Galicia estaba Simeón, Foto Blanco, primera visita, que hacía un amigo cuando volvía de vacaciones, a ver a la mujer más guapa de Coruña (el lo decía de otra forma) que allí trabajaba. En foto Blanco hice las fotos para mi primer carnet de identidad. Las hacían en el primer piso y se subía por una escalera destartalada que había al fondo del negocio.

Farmacia Vigil, el siguiente, toda la noche abierta siempre amabilidad aunque no hubiera receta del medicamento prescrito en una noche de urgencia por teléfono. Lago y Lago con las primeras televisiones, sus pantallas a la calle reuniendo a todos los parroquianos ante las primeras imágenes televisivas que se veían en la ciudad, Radio City las pilas, las pequeñas reparaciones. Librería Zincke hermanos, una institución en la ciudad, después Librería Arenas.

En Arenas me sucedió un incidente que aún recuerdo. Una mañana en que curioseaba entre los libros sacándolos de la estantería: hojeaba y ojeaba, mirando y midiendo si podría acceder a alguno, se acercó un dependiente y me señalo el camino de la trastienda al fondo del establecimiento: ¡acompañemé1

 ¡Saca el libro!  gritó nada más entrar.

Aparecieron el dueño y otro más, me conminaron amablemente a quitarme el impermeable gris de la época, el jersey y subir la camisa, en busca del libro que creían que había cogido. Nada por aquí, nada por allá.

Aún recuerdo la cara de tontos que les quedó a don Fernando Arenas, librero y editor, y a los dos empleados, tres contra mis dieciséis años, al comprobar que no había nada. Se disculparon: “hoy nos han robado varios libros, comprende”

Salí y no volví a entrar en aquel viejo edificio. Mi consumo de libros, que se iniciaba, se dirigió a otros establecimientos.

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