CASAL Y CASILDA

 

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COMIENZO DE LOS SESENTA. EXPLANADA DE RIAZOR. FOTO: BLANCO

La salida del colegio y la entrada por la tarde eran un hervidero de sensaciones sobre todo cuando llegaba la primavera y los primeros carritos de helados aparcaban delante del portalón, en la calle Betanzos, ante el colegio de los Hermanos Maristas. Al mismo tiempo que los heladeros, llegaban otros con variadas ofertas. La señora mayor con una cesta cubierta de mantelito blanco llena de cucuruchos de crujientes patatas recién fritas,  barquilleros con la ruleta, vendedores de chupachupas que iban allá arriba en la bola encima del mástil,  incrustados en diminutos agujeritos. Toda una tentación para quedarse parte de nuestra escasa economía a cambio de la fugaz alegría.

En aquella abundancia de personal el que se llevaba la mayor concurrencia era Casal. Ofrecía un poco de todo: Bazookas, regalices, chufas, pipas. Alrededor de su carrito se congregaban tres o cuatro filas de expectantes muchachos quedando prendados de la imaginación y verbo fácil de aquel hombre que contaba historias de cuando había recorrido el mundo con el circo Krone. Sus relatos no era todo, aquel hombre se acompañaba con una mona llamada Casilda que era la delicia de todos los niños. Sus cabriolas, hacer que sacaba piojos a su dueño era un espectáculo.

El hombre según decían vivía en una chabola de madera en la explanada de Riazor y los domingos a la hora del fútbol ponía a trabajar a su perro Chispita en una rampa encima de un avión que llevaba un petardo en la punta. Los forzudos jóvenes lanzaban al avión  y perro,  si el petardo estallaba al contacto con la diana que estaba al final del recorrido, recibían un premio por el esfuerzo demostrado.

Con el tiempo Casal desapareció de Riazor y del carrito viajero pasó a instalarse al lado del Instituto Femenino en la calle de Modesta Goicuría, y allí continuó dentro del kiosco con su mona varios años ofreciendo sus artículos a otros niños. Creo que ya no contaba tantas historias dentro del cuchitril  y la mona sujeta por una larga cadena ya no hacía cabriolas.

Pasaron más años, el kiosco desapareció y me lo encontré una mañana paseando por la rúa del Villar en Santiago. Estaba mayor y le faltaba la compañía de Casilda.

bazooka