SANTA MARÍA DE LA PISCINA Y SU NECRÓPOLIS

 

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SAN VICENTE DE LA SONSIERRA (LA RIOJA). En mi cita anual en San Vicente de la Sonsierra visito este año la ermita de Santa María de la Piscina y su necrópolis. Antes he disfrutado del Museo Vivanco de la Cultura del Vino en Briones donde de la mano de la amiga Lourdes hicimos un interesante recorrido. En sus salas está todo lo relacionado con el vino. Paseamos por su historia desde los orígenes a la actualidad; la recolección, elaboración; los tipos de suelos, variedades de uvas, enfermedades y plagas que atacan a la uva; el trabajo de la vendimia, las prensas, las barricas; los corchos y sacacorchos, las botellas; hasta finalizar en un sala dedicada al arte donde hay obras de Juan Gris, Sorolla, Miró y Picasso. Todo apoyado con cuidados audiovisuales que van desmenuzando con detalle este interesante mundo. Para ver con tranquilidad.

Toma el relevo Javi, encaminándonos entre viñedos hacia Santa María de la Piscina que está a tres kilómetros. Nos saluda desde la colina sobre el Ebro, sola, desafiando con su belleza y sencillez románica del siglo XII, bien proporcionada y muy bien conservada. Javi empieza a desmenuzar la información: ábside semicircular con ventanal, arquivoltas de la portada meridional donde destaca el escudo con los emblemas de la Divisa del siglo XVI, las decoraciones en las ventanas con sus arcos ajedrezados y capiteles vegetales, las figuras abrazadas de las cornisas del alero… pasando al recogimiento de su interior con escasa ornamentación donde resalta el ábside de horno.

Y queda para completar la interesante jornada, acercarse a la ciudad de los muertos o necrópolis al lado de la iglesia, compuesta por numerosas tumbas labradas en la roca, alguna de mediados del siglo X.
Recomiendo acercarse. Yo volveré.

 

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PLAZA Y CONVENTO DE LAS BÁRBARAS

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1912. FUENTE: LA VOZ DE GALICIA

A CORUÑA. Accediendo a la plazuela de las Bárbaras desde la calle de Herrerías nos encontramos a la izquierda con el callejón de San Benito, donde en el siglo XVI estaba el portillo de la Herrería, que atraviesa la muralla colindante con el convento.
La plaza para mi más bonita y tranquila de la ciudad. Disfrutar de sus piedras en el cruceiro, murallas, enlosado y relieves sobre las puertas del convento es estar en la paz del espíritu. Todo está rodeado del silencio. Hasta cuando los cruceristas del norte llegan a ella, como de costumbre apoyados en muletas y andadores varios, lo hacen en silencio.
Lo único que no es de piedra son las acacias centenarias y los castaños de indias dando el aire romántico que envuelve la plaza junto con las forjadas rejas conventuales de ventanas.
Las monjas están aquí desde el siglo XV en que gracias a donaciones de gente devota y a las dotes de las mujeres que entraban en la orden fue evolucionando desde una pequeña ermita dedicada a Santa Bárbara hasta lo que es ahora con huerta incluida.
Sufrieron a lo largo de los años varios acosos que conmovieron su tranquila vida. Los franceses en 1809 las obligaron a marcharse para asentar ellos las tropas. La desamortización de Mendizabal hace que entre 1842 y 1846 salgan de nuevo trasladándose al convento de Las Maravillas en Panaderas. Con tanto ir venir las instalaciones fueron deteriorándose siendo necesarias nuevas aportaciones para arreglar los desaguisados.
Pertenecen a la orden de Santa Clara desde 1846 cuando abandonan la Orden Tercera. Se dedican a la oración y a la confección de ornamentos litúrgicos, bordado, planchado, lavado de ropa y elaboración de dulces donde cabe destacar los almendrados anunciados en un cartelito que está al lado del torno por donde se comunican con el exterior. Son monjas de clausura y solamente abandonan el convento en ocasiones especiales como: consulta médica, algún curso de formación, reuniones generales de la orden y  para votar.
En la puerta de entrada a la capilla del convento hay un interesante relieve sobre el Juicio Final. Representa al Padre Eterno teniendo en el regazo a Cristo Crucificado que va recibiendo las almas, a su lado el arcángel San Miguel las pesa en una balanza ante la mirada de un temible dragón que permanece expectante. Un relieve más podemos ver en el pequeño patio que da acceso a la capilla. Es un relieve que representa a la Virgen, el Niño y a Santa Bárbara y Santa Clara.
Una vez que el espíritu se ha llenado de fuerza para seguir la vida podemos volver de nuevo por la calle Herrerías y a los pocos pasos el mundo de silencio va desapareciendo por la alegría de voces y risas de los niños que están en la guardería de las Escuelas Populares conocidas antiguamente como las Escuelas del Caldo. Buen día.

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DESFILADERO DE LOS HOCINOS (GR-99)

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VALDENOCEDA (BURGOS). El Camino del Ebro (GR-99) discurre desde el nacimiento del río en Fontibre hasta su desembocadura a través de más de 1200 kilómetros. El Desfiladero de los Hocinos está en la Ruta 7 que va de Manzanedo a Puente Arenas.
La jornada comienza en el Puente del Aire en Valdenoceda. Todo el recorrido por el desfiladero ida y vuelta unos seis kilómetros.
El caminar tranquilo sin dificultad anima a fijarse en la flora compuesta por chopos y tejos. Cuando los árboles lo permiten podemos disfrutar de buitres muy abundantes en la zona que evolucionan buscando sustento.
A la mitad del recorrido el camino se angosta tanto que se han construido unas pasarelas para salvar el desnivel pudiendo seguir la ruta sin dificultad. La visión del rio desde la altura de las pasarelas es espectacular. Como lo es a lo largo de la caminata disfrutar de los recortes del desfiladero que van apareciendo entre la vegetación.
Queda para otra ocasión hacer toda la Ruta 7.

 

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VILLAESCUSA DEL BUTRÓN: EL PASO DEL TIEMPO

 

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TORRE DE LA IGLESIA

VILLAESCUSA DEL BUTRÓN  (BURGOS). Durante estas vacaciones en Dobro (Burgos) he hecho, una vez más, una pequeña caminata de unos cinco kilómetros a Villaescusa en los límites del Parque Natural del Alto Ebro. Salgo desde el camino que parte de la carretera de Porquera hacia el sur. Desde el comienzo se ve, entre una neblina, el campanario de la iglesia de Villaescusa en lo alto de una loma.
Caminar tranquilo, alternándose el paisaje entre páramos, pequeños valles y frondosos bosques de robles, hayas y acebos. Evoluciones, en un cielo azulísimo sin nubes, de rapaces que quedan de vez en cuando estáticas para preparar la mortal caída sobre su presa, buitres que planean buscando sustento también hacen su aparición.
El camino después de una cuesta pronunciada acaba en amplia explanada con taberna al fondo. Todo es silencio. Apoyado en una columna de madera a la entrada de la taberna un joven y a su lado sentada con las piernas en una banqueta una mujer. Los conozco de otras ocasiones, madre e hijo que llevan el bar del pueblo. Ofrecen bebidas y unos huevos con torreznos excelentes.
La primera intención es refrescarme con una cerveza antes de visitar el pueblo. Me sirven una ¡Estrella! Echo en falta a Esteban, simpático y cantarín hombre que solía estar en otras visitas. Comentan que la cabeza le está gastando malas pasadas, se está yendo a las sombras del olvido en una residencia. Qué pena, hace dos años disfruté de su alegría y simpatía. Pago, disculpándome, con un billete de cincuenta. El hijo dice que no hay problema, se dirige a la madre que sigue sentada en su silla, rebuscando en el refajo va sacando billetes hasta completar la vuelta.
El pueblo sigue vacio. Los veraneantes han acudido a la semana grande de Bilbao y no volverán hasta pasadas las fiestas. No veré a nadie durante mi estancia en él.
Villaescusa llegó a tener más de trescientos habitantes en 1900, en los años setenta quedó vacío a causa de la emigración al País Vasco. Poco a poco se ha iniciado una pequeña recuperación, la rehabilitación de alguna casa lo demuestra llegando a los doce vecinos, en verano más.
Paseo entre las callejuelas destacando varias casas con portadas en arco de medio punto que deja el recuerdo de su hidalguía. Era pueblo de arrieros que transportaban sus mercancías por el camino del pescado entre Bilbao y Burgos.
En lo más alto del pueblo se encuentra la iglesia de San Torcuato, de origen románico del siglo Xll que fue evolucionando con reformas y añadidos a lo largo de su historia. En estado ruinoso, no puedo acceder a su interior al estar cerrada con unas tablas y candado.
E inicio la bajada a la explanada en busca del camino de regreso, recordando que mi abuelo estuvo de maestro en este lugar hace casi cien años. Me despido de lejos de los taberneros que siguen en la misma posición. A no más de cincuenta metros del pueblo distingo entre los rastrojos de una finca una orejas puntiagudas y una cabecita con unos ojos que me observan con completa tranquilidad, un zorro que ha salido en busca de la cena.

 

 

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AL FONDO DOBRO. FOTOS: A.R.

 

REDES: ESPERANDO EL VERANO

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REDES, A CORUÑA. Me acerco el domingo pasado a Redes para disfrutar una vez más de este tranquilo y agradable pueblo marinero de la ría de Ares. La mañana en gris, brumosa, lo que contribuye a potenciar su belleza tan bien conservada en sus casas de galerías y balconadas al mar. No hay agobios, el verano no ha hecho todavía su aparición, aunque se le espera, y los turistas no hemos roto su armonía.

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NO HAY VALLAS QUE PUEDAN CONTENER TODO

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DÁRSENA DE A CORUÑA. Paseo disfrutando de mañana espléndida y ambiente de numerosos cruceristas.  Aglomeración en la esquina de la dársena del Parrote: policía, bomberos, grúa… y curiosos a los que me sumo. El motivo una furgoneta ha caído al mar como consecuencia de haber olvidado el conductor poner  el freno de mano.

Creo que no hay vallas que sean capaces de contener algunas cosas.

Ahí dejo unas fotos como curiosidad.

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TODAS LAS FOTOS: A.R.

 

LOS NARCISOS CAMINO DE LA BALSA

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DOBRO (BURGOS). Esta fotografía está tomada en la Ruta de los Sentidos (Puente Arenas-Tudanca), Burgos (GR 85), en el Parque Natural de las Hoces del Alto Ebro. A unos cuatrocientos metros del pueblo de Dobro y camino de La Balsa, nos encontramos si pasamos alrededor de la primera luna llena de primavera, con un tapiz amarillo de considerable tamaño, formado por  bellos  y alegres  narcisos. Salen entre helechos y aliagas en una suave ladera, al pie de hayas, orientada  al norte frente a Peña Alta.

Continuando el fácil camino, al despuntar el día o al atardecer lo más probable es encontrarnos con corzos que pastan tranquilamente; llegamos a una balsa artificial construida para el riego a comienzos de los ochenta. Este lugar de niño lo conocíamos como Sundelagua y estaba formado por una serie de pozas comunicadas que se nutrían del agua del deshielo. Había allí abundantes cangrejos ibéricos; muchas tardes, en compañía de un querido tío, pasé  allí dedicado a su pesca.

El ir a pescar los cangrejos era todo un ritual. Esperar que el sol empezase a declinar, preparar los reteles, buscar el cebo apropiado… la merienda no podía faltar. El lugar adecuado donde poner los reteles era fundamental para tener una buena pesca, si no acertábamos con la elección había que cambiarlos de lugar y  esperar sentados contando historias y echándonos unas risas. Qué alegría al sacar los reteles y contar los que venían: seis, siete, ocho…los gordos al cesto y los canijos al agua para que creciesen, “de aquí no marchan hay que dejar que engorden” decía mi tío.

Hoy en La Balsa, del cangrejo solo queda el recuerdo, ha sido sustituido por una especie de carpas invasoras que algún esforzado pescador utiliza para pasar el tiempo. Cuando paseo alrededor de La Balsa veo a los pescadores con cara triste, no sonríen. Les falta lo que yo tuve hace ya muchos años: ¡Los cangrejos!

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