SIN PALABRAS 46

Dos fotografías: Ayer y hoy. El cambio de una ciudad. Para conocer, recordar y… opinar.

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Terraza, Kiosco, hotel Atlántico. Años: 1915-25. Fuente: Arquivo do Reino de Galicia
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En la actualidad

 

 

 

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Niños en la ciudad

Entrañables imágenes de niños en la ciudad del siglo pasado. Juego, pesca, marisqueo, paseo y confidencias en busca de aventuras por calles, playa o puerto. Hasta descanso en la bella foto de Pillado en los viejos Arcos de Riazor.
Todos niños, las niñas como en las novelas de aventuras se quedaban a la entrada de la cueva. El vagabundeo estaba vetado para ellas, eran señoritas y no podían andar en completa libertad por la ciudad.

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Aventuras en el Puerto. Años: 30. Foto: Lamela
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Pescando en el Puerto. Foto: Francisco Pillado
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Parrote. Foto: Pedro Ferrer
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Jardines del Relleno. Años: 30-35. Fuente: A.R.G.
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Calle Tinajas. Año: 1965. Foto: Alberto Martí
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Alfonso Molina. Foto: Matí
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Arcos de Riazor. Foto: Francisco Pillado
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Riazor. Años: 30. Fuente: A.R.G.

Mis calles de juego y descubrimiento estaban en el entorno del Palacio de Justicia, Arzobispo Lago, Rosalía de Castro, Compostela… La Plaza de Galicia con sus dos fuentes en el centro y los jardincillos con tres o cuatro bancos que servían de porterías para jugar un todos contra todos. Seguíamos con otros tiros, en Rosalía de Castro, contra el portalón de la cochera de Castromil hoy convertida en Pan de Lino. Interrumpíamos el juego cuando llegaba el ómnibus a última hora de la tarde para maravillarnos con la habilidad que tenían los chóferes para meterlo marcha atrás en el garaje. Pasaba a veces de vuelta a su casa Don Enrique, afable y simpático, gerente de los trolebuses de Coruña- Carballo y abuelo de la cantante Marta Sánchez, que siempre tenía alguna broma, atreviéndose a dar unos pases y rematar contra el portalón.
La pasión desenfrenada del amigo Lago chutando contra el ventanal de unas oficinas, creo que de Abastos, que aún estando protegido con reja hizo trizas un cristal nos trajo la inquietud. Al estruendo causado salió el portero, con el que nos llevábamos muy bien, dijo que lo sentía pero tenía que avisar de nuestro estropicio. Al día siguiente a la salida del colegio nos presentamos en las oficinas. Después de una interminable espera pasamos a un despacho donde nos recibió un hombre pequeñito, calvo y de diminuto bigote: “así que sois los rompecristales ¡vaya granujas!”. Se levantó del sillón y dándonos unas palmadas cariñosas en la espalda se despidió diciendo: “¡quién sería el portero!” “¡A correr!”
Caza mayor era la espera a la puerta del Hotel Marineda. Se alojaban los equipos que jugaban con el Deportivo, allí esperábamos para los autógrafos. Salían los jugadores, paseaban por la calle a espera de la cena. Algunos se enrollaban bien.
La calle Compostela con la “Expendeduría de Carne de Caballo” en la esquina Picavia, donde hoy está Uterqüe, siempre estaba vacía. Nos atraía, contemplándola con curiosidad, ninguno de nosotros había probado aquella carne. Lo que esperábamos con interés eran los resultados de los partidos la tarde de los domingos que ponían en unos tableros con letras blancas en el café Compostelano al lado de donde se cogía el Castromil y enfrente de casa Enrique.
Divertido era la doble entrada del café Asturias que comunicaba la calle Compostela con Sánchez Bregua. Ideal para el juego y el despiste, entrar por una puerta o por la otra facilitaba la huída y ocultación. En medio del café había unos billares, donde parábamos para descansar y poner nerviosos a los que estaban en nuestra búsqueda.
Conocimos todos los portales y escaleras del entorno, estaban abiertos utilizándolos como continuación de la calle. Pocas veces recibimos toques de atención, llevábamos la contención y mesura de fábrica.
Esto fue el comienzo, poco a poco el campo de aventura fue ampliándose y la contención y mesura disminuyendo. Todo hoy confesable, en otra ocasión.

 

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Plaza de Galicia. Año: 1936. Foto: Cancelo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“BALCONES 2018” DE ESPACIO ABIERTO

La calle Riego de Agua acoge la exposición “Balcones 2018” de Espacio Abierto, hasta el próximo 27 de mayo, alrededor de las últimas tendencias artísticas de diseñadores y artesanos montadas en los balcones de las casas. Obras que van desde peces de mimbre, redes, pájaros de papel, enigmáticos pulpos, espejos, jardines colgantes… todo un conjunto de formas y colores que invitan a detenerse y elevar la vista.

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“MERCADO DE HIERRO” DE DA GUARDA

La venta de pescado, carnes y verduras a finales del siglo XIX en A Coruña se realizaba de una forma un poco caótica en calles, en los bajos de algunas casas y mercadillos como los de Santa Catalina, Penal de Santa Lucía o en el Campo de la Leña. Todo de una forma anárquica, con poca limpieza e higiene. El ayuntamiento empieza a ver la necesidad de concentrar la venta en un edificio acorde con las necesidades, encontrándose con la dificultad de falta de dinero para abordar su construcción.
Una vez más surge Eusebio da Guarda ofreciéndose a costear la obra con intención de construir un mercado de hierro a imitación del Borne y San Antonio de Barcelona, de la Cebada en Madrid o del Val en Valladolid. En esas estaban, cuando el mecenas muere en 1897 dejando en su testamento un legado para tal fin.
Se inician las obras, diseño de Pedro Mariño, en el antiguo Campo de Carballo en 1901 rematándose en 1905 el Pabellón Central que es para lo que da el dinero dejado por Don Eusebio. Las obra continúan con otros dos pabellones, el Norte y el Sur, inaugurándose en 1910, estas obras ya con dinero municipal.
Ahí estuvo: señorial y bello hasta que en 1958 otros responsables deciden tirarlo desapareciendo definitivamente en 1963. Una verdadera pena.
Guardo alegres recuerdos de las visitas que hacía a aquel mercado acompañando a mi madre. Me encantaba recorrer los puestos y disfrutar con los productos que allí se exponían. El pescado me atraía de una manera especial con aquellas patelas de madera donde se acumulaban las fanecas, meigas o peones que eran los que más me gustaban o para los días de fiesta los besugos y rodaballos. El ambiente era de gritos, ¡quita que mancho! de los hombres que tiraban de las cajas de madera cargadas de pescado que habían venido en los carros de mulas desde el Muro. Gritos de las pescaderas que ofrecían su producto o llamaban a las compradoras para aceptar el regateo ofrecido. El pescado, sin limpiar, se envolvía en papel de periódico y el más apropiado era La Voz pues al ser más grande se envolvía mejor. El envoltorio pasaba directamente a una bolsa de malla que llevaba mi madre. Así que al llegar a casa se podía leer alguna noticia pegada a un ojo de merluza o entre las meigas aparecía un trozo del “Sol a Sol” del bueno de Bocelo, las victorias del Depor o la película que ponían en el Equitativa.
Los pollos, conejos estaban vivos en unas jaulas de tupidas mallas de alambre esperando el certero cuchillo o el fatídico golpe.
Al lado de la pollera, donde compraba mi madre, había una mujer que vendía variados productos: café, licores, tabaco, toallas… decían que le habían puesto una multa y hasta le habían cerrado el negocio tiempo atrás.
José María, hombre grande y simpático, vendía la ternera. Le faltaban dos dedos de una mano, cuando alzaba la macheta para cortar las chuletas, me ponía muy atento para ver si acertaba bien en el costillar o salía algún dedo más por los aires.
Más tranquilidad había en la frutería donde Elvira vendía patatas de Carballo, grelos, guisantes que al llegar a casa me encargaría de desgranar. Comentaba Elvira que la primera vez que había ido al cine con su marido cuando en la pantalla apareció la carga del Séptimo de caballería echó a correr gritando “¡corre Elvira que nos arrollan!”, “con ese hombre no se puede ir a ningún sitio”. También estaba Soledad y su madre con un moño perfecto que recordaba al de mi abuela. Vendía fresas, manzanas, claudias o cereza mollar de rabo largo. Siempre marchaba de su puesto con pendientes.
Al final íbamos a las panaderías. Los inmensos panes de peso de Carral, los cuernos de pan gramado, los palitos o los panes de anís y las suelas. ¡Qué apetecible estaba todo!
Cuando, ahora, voy al mercado todo es silencio, limpieza, tranquilidad. Al entrar en el Fnac, en Stradivarius, en Factory o en cualquiera de las tiendas que forman parte del mercado, entre las novedades literarias, las pantallas de plasma, las blusas de la última moda o los chocolates creo oler las fresas de Soledad, los cuellos de los pollos decapitados o un trozo del “Sol a Sol” de Bocelo. ¡Qué cosas pasan con los años!

 

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Año: 191..  Foto: Blanco
191 . arquivo do reino (3)
Año: 191.. Foto: Ferrer
1901-1905. Foto Blanco
Pabellón Central o de la Pescadería. Año: 1905… Foto: Blanco

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