EL PODER CAIDO

Cruce Cantones con Santa Catalina. Año: 1964. Foto: Blanco

La ciudad se complicaba, los coches en aumento empezaban a adueñarse poco a poco de las calles. Los semáforos aún no habían llegado y el Ayuntamiento decide dar categoría a los guardias de la circulación elevándolos en una especie de púlpito civil para que desde las alturas con sus pitidos largos, cortos, continuos… y movimientos malabares dar salida y agilidad al tráfico.

Era un espectáculo ver desde el suelo su continuo movimiento, su poder. En nuestros juegos de niños cuantas veces los imitábamos y más de uno quería ser de mayor guardia de tráfico.

En la vida a veces el poder es empujado por el destino, y lo más alto puede caer.

Pobre guardia, tener que volver al pie de calle a mezclarse con los humildes mortales hasta que se reponga el orden debido.

Recordando a Rosendo padre de Amparo (“La Tribuna” de Emilia Pardo Bazán)

Puerto. Año: 1961. Foto: Alberto Martí.

La foto de Alberto Martí del barquillero y muchacho descansando en el puerto me lleva a Rosendo el padre de Amparo en la novela “La Tribuna” de Emilia Pardo Bazán.

“Comenzaba amanecer, pero las primeras y vagas luces del alba a duras penas lograban colarse por las tortuosas curvas de la calle de los Castros, cuando el señor Rosendo, el barquillero que disfrutaba de más parroquia y popularidad en Marineda, se asomó, abriendo a bostezos, a la puerta de su mezquino cuarto bajo. Vestía el madrugador un desteñido pantalón grancé, reliquia bélica, y estaba en mangas de camisa. Miró al poco cielo que blanqueaba por entre los tejados, y se volvió a su cocinilla, encendiendo un candil y colgándolo del estribadero de la chimenea. Trajo del portal un brazado de astillas de pino, y sobre la piedra del fogón las dispuso artísticamente en pirámide, cebada por su base con virutas, a fin de conseguir una hoguera intensa y flameante. Tomó del vasar un tarterón, en el cual vació cucuruchos de harina y azúcar, derramó agua, cascó huevos y espolvoreó canela. Terminadas estas operaciones preliminares, estremeciose de frío -porque la puerta había quedado de par en par, sin que en cerrarla pensase y descargó en el tabique dos formidables puñadas.

Al punto salió rápidamente del dormitorio o cuchitril contiguo una mozuela de hasta trece años, desgreñada, con el cierto andar de quien acaba de despertarse bruscamente, sin más atavíos que una enagua de lienzo y un justillo de dril, que adhería a su busto, anguloso aún, la camisa de estopa. Ni miró la muchacha al señor Rosendo, ni le dio los buenos días; atontada con el sueño y herida por el fresco matinal que le mordía la epidermis, fue a dejarse caer en una silleta, y mientras el barquillero encendía estrepitosamente fósforos y los aplicaba a las virutas, la chiquilla se puso a frotar con una piel de gamuza el enorme cañuto de hojalata donde se almacenaban los barquillos.

Instalose el señor Rosendo en su alto trípode de madera ante la llama chisporroteadora y crepitante ya, y metiendo en el fuego las magnas tenazas, dio principio a la operación. Tenía a su derecha el barreño del amohado, en el cual mojaba el cargador, especie de palillo grueso; y extendiendo una leve capa de líquido sobre la cara interior de los candentes hierros, apresurábase a envolverla en el molde con su dedo pulgar, que a fuerza de repetir este acto se había convertido en una callosidad tostada, sin uña, sin yema y sin forma casi. Los barquillos, dorados y tibios, caían en el regazo de la muchacha, que los iba introduciendo unos en otros a guisa de tubos de catalejo, y colocándolos simétricamente en el fondo del cañuto; labor que se ejecutaba en silencio, sin que se oyese más rumor que el crujir de la leña, el rítmico chirrido de las tenazas al abrir y cerrar sus fauces de hierro, el seco choque de los crocantes barquillos al tropezarse, y el silbo del amohado al evaporar su humedad sobre la ardiente placa. La luz del candil y los reflejos de la lumbre arrancaban destellos a la hojalata limpia, al barro vidriado de las cazuelas del vasar, y la temperatura se suavizaba, se elevaba, hasta el extremo de que el señor Rosendo se quitase la gorra con visera de hule, descubriendo la calva sudorosa, y la niña echase atrás con el dorso de la mano sus indómitas guedejas que la sofocaban.

Entre tanto, el sol, campante ya en los cielos, se empeñaba en cernir alguna claridad al través de los vidrios verdosos y puercos del ventanillo que tenía obligación de alumbrar la cocina. Sacudía el sueño la calle de los Castros, y mujeres en trenza y en cabello, cuando no en refajo y chancletas, pasaban apresuradas, cuál en busca de agua, cuál a comprar provisiones a los vecinos mercados; oíanse llantos de chiquillos, ladridos de perros; una gallina cloqueó; el canario de la barbería de enfrente redobló trinando como un loco. De tiempo en tiempo la niña del barquillero lanzaba codiciosas ojeadas a la calle. ¡Cuándo sería Dios servido de disponer que ella abandonase la dura silla, y pudiese asomarse a la puerta, que no es mucho pedir! Pronto darían las nueve, y de los seis mil barquillos que admitía la caja sólo estaban hechos cuatro mil y pico. Y la muchacha se desperezó maquinalmente. Es que desde algunos meses acá bien poco le lucía el trabajo a su padre. Antes despachaba más.

El que viese aquellos cañutos dorados, ligeros y deleznables como las ilusiones de la niñez, no podía figurarse el trabajo ímprobo que representaba su elaboración. Mejor fuera manejar la azada o el pico que abrir y cerrar sin tregua las tenazas abrasadoras, que además de quemar los dedos, la mano y el brazo, cansaban dolorosamente los músculos del hombro y del cuello. La mirada, siempre fija en la llama, se fatigaba; la vista disminuía; el espinazo, encorvado de continuo, llevaba, a puros esguinces, la cuenta de los barquillos que salían del molde. ¡Y ningún día de descanso! No pueden los barquillos hacerse de víspera; si han de gustar a la gente menuda y golosa, conviene que sean fresquitos. Un nada de humedad los reblandece. Es preciso pasarse la mañana, y a veces la noche, en fabricarlos, la tarde en vocearlos y venderlos. En verano, si la estación es buena y se despacha mucho y se saca pingüe jornal, también hay que estarse las horas caniculares, las horas perezosas, derritiendo el alma sobre aquel fuego, sudando el quilo, preparando provisión doble de barquillos para la venta pública y para los cafés. Y no era que el señor Rosendo estuviese mal con su oficio; nada de eso; artistas habría orgullosos de su destreza, pero tanto como él, ninguno. Por más que los años le iban venciendo, aún se jactaba de llenar en menos tiempo que nadie el tubo de hojalata. No ignoraba primor alguno de los concernientes a su profesión; barquillos anchos y finos como seda para rellenar de huevos hilados, barquillos recios y estrechos para el agua de limón y el sorbete, hostias para las confiterías -y no las hacía para las iglesias por falta de molde que tuviese una cruz-, flores, hojuelas y orejas de fraile en Carnaval, buñuelos en todo tiempo… Pero nunca lo tenía de lucir estas habilidades accesorias, porque los barquillos de diario eran absorbentes. ¡Bah!, en consiguiendo vivir y mantener la familia…

A las nueve muy largas, cuando cerca de cinco mil barquillos reposaban en el tubo, todavía el padre y la hija no habían cruzado palabra. Montones de brasa y ceniza rodeaban la hoguera, renovada dos o tres veces. La niña suspiraba de calor, el viejo sacudía frecuentemente la mano derecha, medio asada ya.”

“La Tribuna” de Emilia Pardo Bazán

LEONCIO BESCANSA (1879-1957)

Leoncio Bescansa combina en su importante obra el modernismo y el neogótico del principio que va evolucionando al eclecticismo y la sobriedad como en el colegio de los Maristas.

Edificios conocidos ante los que nos hemos parado para disfrutar de ellos son de autoría de este arquitecto que después de haber estudiado en Madrid  y desarrollado sus comienzos profesionales en Córdoba, Lugo, y Santiago  acaba residiendo en su ciudad natal donde deja constancia de su buen hacer.

ESCUELAS LABACA EN JUAN FLÓREZ. AÑO: 1915
Año: 1930. Fuente: A.R.G.
TEATRO LINARES RIVAS EN EL CANTÓN GRANDE. AÑO: 1919. PERDIDO: 1936
Foto: Pedro Ferrer
TORRE DE LOS JESUITAS EN LA CALLE JUANA DE VEGA. AÑO: 1916. PERDIDA
Años 20.
COLEGIO COMPAÑÍA DE MARÍA. AÑO: 1924
ESCUELAS PARROQUIALES DE SANTA LUCÍA. AÑO: 1917. PERDIDO FINALES DE LOS 50.
Colocación primera piedra de las Escuelas Parroquiales
Años: 30. Fuente: A.R.G.
MARISTAS EN CALLE BETANZOS. AÑO: 1926. PERDIDO: 1975?
Año: 1932. Foto: Cancelo
Año: 1955. Foto: Blanco
RÚA ÁLVARO CEBREIRO, 20. AÑO: 1921
BANCO DE LA CORUÑA (BBVA) EN EL CANTÓN PEQUEÑO : AÑO: 1923
DIENTE DE ORO EN LA AVDA. DE MONTOTO,5. AÑO: 1926

TRES EDIFICIOS Y TRES ENTORNOS

TEATRO EMILIA PARDO BAZÁN: Construido en 1903. Desaparece en 1915.

Teatro Emilia Pardo Bazán edificado por  Atanasio Anduiza y Pedro Mariño en 1903. Sobre un solar en el que había estado el Teatro Circo Coruñés que con su estructura de madera no le hacían aconsejable en los nuevos tiempos. El ayuntamiento da la concesión por 50 años. Desde un principio, por litigios sobre la programación con el Teatro Principal (Teatro Rosalía) que era del ayuntamiento, las cosas no van bien, el Ayuntamiento revoca la concesión y decide tirarlo siendo concejal de urbanismo Casares Quiroga en 1915.

En un principio quiso llamarse Teatro-circo Concepción Arenal pero ante la negativa de la familia que su nombre se relacionase con un circo se decidió cambiar el nombre a lo que Doña Emilia no tuvo nada que decir.

Era un teatro con capacidad para 2000 espectadores. Cómodo, moderno adecuado a los tiempos con puertas amplias para posibles evacuaciones y espacioso vestíbulo.

Desde su inauguración con la zarzuela “La Tempestad” del maestro Ruperto Chapi y durante doce años los coruñeses disfrutaron de teatro, zarzuela, circo, cine… las crónicas de la época destacan la actuación del mago Rakú especialista en jin-jitsu que recaló  en estas tierras después de gran éxito por toda España. El gran mago desafiaba al personal que al que le venciera se llevaría de premio 500 pesetas. Todos los forzudos coruñeses y alrededores se concentraban en las actuaciones animándose al ver la escuchimizada figura del mago que no llegaría a los 60 kilos vestido de pijama pero ni los cargadores del Muro fueron capaces de lograrlo.

Teatro Pardo Bazán. Año: 190.. Foto: Pedro Ferrer
Foto: Blanco
En la actualidad: Autoridad Portuaria
CASA GÓTICA: Edificio de finales del XV desaparece en 1936

Las fotos muestran el estado de abandono al que llegó el edificio conocido como “La Casa Gótica”. Estaba en la esquina entre el Paseo de la Dársena y la calle del Parrote. Pertenecía a los condes de Maceda construido a finales del siglo XV. Fue residencia particular, sede del Intendente del Reino en el XVIII y finalmente asilo de las Hermanas de la Caridad desde 1882. El Ayuntamiento fue incapaz de adquirirlo, se vendió por 60.000 pesetas, y llevar a cabo la rehabilitación para dedicarlo a Museo de Bellas Artes. Definitivamente se tira en 1936

Año: 1924. Foto: Ruth Anderson
Año: 1928. Foto: Blanco
Año: 1930. Foto: Cancelo
En la actualidad
TEATRO LINARES RIVAS: Construido en 1920. Desaparece en 1937

El Linares Rivas era un edificio modernista del arquitecto Leoncio Bescansa, también construyó las Escuelas Labaca de Juan Flórez, con mucha filigrana y bonitas máscaras en la fachada. Tenía capacidad para cerca de 1200 espectadores y contaba como dato curioso con palcos de luto cerrados con cortinajes. Se dedicó a cine, teatro, zarzuelas y variedades.

Se derribó en 1937 levantándose en su solar el edificio del Avenida con sala de cine y pisos para viviendas y oficinas. ¡Qué cosas pasaban! ¡Duró en pie diecisiete años! La nueva construcción, de González Villar, permanece hoy tapada por una lona publicitaria de Abanca. ¡Qué cosas pasan hoy!

Años: 20. Foto: Ferrer
En la actualidad
LOS CANTONES

Los Cantones, el salón de casa de los coruñeses, como quien no quiere la cosa ha ido cambiando en los últimos años de una forma espectacular. Si no fuera por las fotografías que nos refresca la memoria no tendríamos claro el cambio.

Todo empezó en 1918 cuando Antonio Tenreiro construye el edificio del Banco Pastor, en imitación a la Escuela de Chicago, sobre unas modestas casas del que sería la insignia del gran banco gallego.  Y se abrió la veda, poco a poco, casa abajo gran edificio arriba fueron naciendo una serie de edificios grandes, muy grandes transformando el modesto Cantón.

Cantón Pequeño. Año: 1914
Cantón Pequeño. Año: 1906
Cantón Grande. Año: 1900. Fuente: A.R.G.
Cantón Grande. Año: 1930. Fuente: A.R.G..
CALLE JUANA DE VEGA

 Aunque con otro nombre, calle Alameda, la calle nace en 1876. Otro ejemplo de destrozo de nuestra ciudad.  Lugar de confluencia, del ensanche de la ciudad y la conexión con el campo de Carballo y las huertas de Garás.

Año: 1901. Fuente: La Opinión
PLAZA DE PONTEVEDRA

Con la desaparición de los baluartes del Orzán y las murallas del Frente de Tierra de la Pescadería queda un espacio en donde se construye el Instituto y las Escuelas Da Guarda. Es un lugar que atrae a la burguesía coruñesa para su residencia y en el gran solar central nace un espacio con abundante arbolado como zona de esparcimiento y centro donde se concentran los jornaleros para su contratación.

La plaza fue maltratada a lo largo de los años con una idea clara de lo que se quería hacer, ganar alturas y subterráneo. Los edificios que en un momento daban a la primitiva plaza un entorno acogedor fueron desapareciendo, quedando lo que hoy podemos ver.

Años: 40. Fuente: Arribas
Años: 50
Año. 1959. Foto: Blanco

LA GOTA

Pie de foto” imagen acompañada de pequeño texto sobre un recuerdo, proyecto; sugerencia o provocación
Puerto. Año: 1950. Foto: Lamela

Buenas noticias nos trae la prensa estos días con la próxima apertura del Puerto a los paseos de los ciudadanos. Muchos son los años que por cuestiones de seguridad ha estado vedado el pasear por él. No sé cuando se concretará pero me adelanto con una recomendación a los paseantes  que me hacían a mí de niño cuando deambulaba por los muelles entre torres de madera, bidones de aceite y montañas de carbón. ¡Cuidado con las grúas!

La preciosa foto de Lamela nos muestra el peligro.  No es que pudiera caer parte de la carga sobre nuestras cabezas, no. El peligro era que cayera una gotita de aceite de sus engranajes al pasar por debajo, solo una por pequeña que fuese era capaz de destruir una camisa. Eran gotas consistentes, resistían a lavados a frotamientos, a quitamanchas y a mejunjes caseros. Si tenías la mala suerte que la gotita aterrizara en tu camisa, la camisa estaba perdida o condenada a mostrar la muesca del descuido.

No creo que la seguridad de las autoridades prohibiera el paseo por el Puerto para conservar la limpieza de nuestras camisas. Cuando lo abran,  en el primer paseo que haga miraré de cerca y a lo lejos buscando grúas que puedan soltar esa gotita capaz de destrozar una camisa. No vaya a ser que alguno reclame a la Autoridad Portuaria y nos vuelvan a cerrar los muelles.

EL TUÉTANO DE MARATÓN

Pie de foto” imagen acompañada de pequeño texto sobre un recuerdo, proyecto; sugerencia o provocación
Escalera de la Torre de Maratón. Años: 60. Foto: Alberto Martí

Ahí está el interior oculto, el símbolo del viejo estadio de Riazor. La torre de Maratón edificada por   Rey Pedreira en recuerdo del recorrido hecho por Filípedes entre Maratón y Atenas para comunicar la victoria sobre los persas en el 490 a.C. .  Esfuerzo de 45 kilómetros muy similares a los de   la prueba atlética en memoria de aquella gesta y a los 45 metros de altura de  la querida torre. Nunca he estado dentro, ni conozco a nadie que haya subido por ella. La imagen sirve para el comienzo de una película de suspense.

La torre de Maratón era el hito que marcaba el camino. La veíamos ya de lejos cuando íbamos los domingos al estadio, nos aguardaba esbelta y seria. A parte de la función conmemorativa servía para el control de las pruebas atléticas en el estadio y alrededores.

Dice algún viejo jugador que la torre era un referente para encaminarse al gol. Para los aficionados de los sesenta era el lugar donde estaba el marcador simultáneo Dardo con sus referencias y claves que tenías que lograr en el periódico del día.

Cada partido tenía una marca comercial. Reloj Radiant: At. Madrid- Málaga, Philips: Celta- Barcelona, Bobadilla 103: Osasuna – Sevilla. Al lado unas flechas de variados colores  iban diciendo si el partido estaba en el primer tiempo: amarillo,  descanso: verde, rojo segundo tiempo y final del partido: negro. Daba más información con penaltis, jugadores expulsados…

La compra del periódico era obligada para saber a qué anuncio correspondía cada partido. Al mismo tiempo te servía para poner en el asiento sucio y rasposo de cemento para proteger el pantalón de tergal del domingo.

En aquellos años los partidos se jugaban en el mismo horario y los domingos. Los transistores, para seguirlos en Carrusel eran poco frecuentes y yo no me atrevía a sacarlo de casa al ser de contrabando comprado en la Luna, no fuera que un guardián del orden me lo requisara. El marcador Dardo daba emoción, expectativa cuando empezaba a moverse el cartel ¿qué aparecería?, el penalti ¿se habría convertido en gol?

La torre de Maratón  la podemos  ver todavía, fuera del campo al lado de la Casa del Agua. Está más triste en ausencia de las miradas recibidas,  abandonada. Sin función. Supongo que guarda los gritos y aplausos de la afición. ¿Guardará perdido en escondidos  huecos, entre carcoma y humedad algún viejo cartel de Dardo?.