ERMITA DE SAN PEDRO DE TEJADA

PUENTEARENAS (BURGOS). Una forma interesante de llegar a San Pedro de Tejada es hacer una caminata desde el páramo, ermita de la Hoz, bajando por la Calzada Romana o Ruta del Pescado. Degustar, si estamos en época, unas cerezas o ciruelas en el Almiñé, ver la iglesia de San Nicolás de Bari y continuar hacia Puentearenas, darnos un baño en el Ebro y acabar en la ermita.

Este agosto hice el recorrido. Al llegar a la ermita fui recibido por una verja que protege el lugar impidiendo acercarse. Un cartel da información de cómo hacer la visita pero antes de terminar su lectura se apareció una mujer ofreciéndose a acompañarnos previo pago de dos euros. Pagué, éramos cinco, no recibimos justificante y comenzamos la visita con advertencias de no sacar fotos en el interior y la prohibición de acceder a la torre. Desde la puerta, en contraluz estático, da una explicación a manera de faena de aliño. Preguntada por los propietarios, es privada, no se recibe respuesta. Punto final.

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Esta ermita románica se comienza a construir a finales del siglo XII. Con anterioridad había habido un cenobio en el siglo IX. Destaca el color rojizo de la piedra. La esbeltez, la puerta pequeña, su torre de base cuadrada y los variados relieves de la decoración.

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En la parte izquierda de la portada imágenes de los apóstoles y el detalle de la última cena en que San Juan apoya la cabeza en Jesucristo, mientras éste ofrece comida a Judas.

 

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En la portada a la derecha se puede ver la imagen de un león con un hombre. Los mal pensados ven falsamente, de lejos, otra cosa. Los canecillos con decoraciones con temática de animales fabulosos y eróticos completan un bello conjunto.

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Torre cuadrada con dos partes, la primera con arcos ciegos. La segunda donde están las campanas dos ventanas con bellas columnas que las dividen. Una torrecilla cilíndrica da acceso a la torre teniendo la entrada en el interior del templo.

En el interior, como dije, la guardesa-guía no me permitió hacer fotos. Lo siento.

 

LAVADERO DEL PARROTE

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LAVADERO DEL PARROTE. 1910. FOTO FERRER

Las autoridades coruñesas de la época, año 1866, vigilando por la salud de los ciudadanos deciden suprimir los lavaderos de las fuentes de Neptuno y de la Fama ya que las epidemias de tifus abundaban echando la culpa al agua apozada de estos lugares.

Se construye primero el del Caramanchón en el lugar que hoy ocupa el colegio Eusebio da Guarda. Tirándose poco después para construir el colegio y el lavadero pasa al Orzán, calle Cordelería.

 

El de la foto estaba en el Parrote al lado de Capitanía y adosado al Jardín de san Carlos, se construye en 1893. Daba servicio a la Ciudad Alta. Se abastecía de la fuente de la plaza de Azcárraga (de la Harina).

Las mujeres ejercían el duro trabajo echando un tiempo a la comunicación, al intercambio de novedades entre frotado y aclarado. Las expresiones “los trapos sucios se lavan en casa”, “hay ropa tendida” algo tendrían que ver y desde luego el decir: “lo sé  de buena fuente” demostraba una información veraz.

Cuando en agosto de 1929 vieron sobre sus cabezas el Graf Zeppelín (foto) más de una quedó muda y ese día la información dio un giro yendo del lavadero a casa.

Todo fue desapareciendo, se tira en 1948, la llegada del agua a la mayoría de las casas hizo que los lavaderos fueran quedando en desuso y los de siempre arramplaron tirando con todo ya que a sus entendederas no les cabía el uso que podía dársele. Otra pérdida para este entorno.

 

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AÑO 1929

 

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EN LA ACTUALIDAD

 

 

ORBANEJA DEL CASTILLO: SUS PUERTAS Y VENTANAS

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ORBANEJA DEL CASTILLO (BURGOS). No busquemos el castillo al llegar a Orbaneja, el castillo es el pueblo. El patio de armas está protegido por un arroyo que nace de la cueva del Agua y atravesando el pueblo a manera de foso protector se precipita en el Ebro diciendo: “¡cuidado, aquí estoy!”, todo con los vigías en las almenas esculpidas por el agua que se muestran desafiantes al invasor.

Orbaneja es para visitar, para contemplar el encanto que ha diseñado la naturaleza dejando una imagen de cuento.

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Dejo en esta entrada lo espectacular y añado  unas fotos de otros detalles que deambulando por Orbaneja podemos descubrir: sus puertas y ventanas. Para seguir con esta manía que se me ha metido este verano.

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PESQUERA DE EBRO: SUS PUERTAS Y VENTANAS

DSCN2085.JPGPESQUERA DE EBRO (BURGOS). A Pesquera podemos llegar desde Los Altos por el puerto de la Eme. Buen comienzo para las sensaciones a disfrutar tomando como base este bonito pueblo del Valle de Sedano.

Las rutas son variadas en extensión y dificultad, las hay para todos. La ruta de los Cañones del Ebro que nos lleva a Valdelateja pasando por Cortiguera colonizado por los hippies después de su abandono allá por los ochenta. El Pozo Azul, descenso en balsa de rafting, Orbaneja. Todo ello rodeado de gran belleza en un relieve calizo: hoces, cañones y desfiladeros que los ríos Ebro y Rudrón han esculpido a lo largo de los años. Los recorridos siempre acompañados de buitres y alimoches.

Después de una caminata disfrutar de los detalles de las callejuelas de Pesquera con sus portales y ventanas será un relajo al cuerpo y al espíritu. Dejo estas fotos como un pequeño ejemplo.

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KIOSCO DEL ROSALÍA

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La confluencia de las calles: Real, Bailén,  Agar y Riego de Agua era un hervidero de sensaciones. Actuaciones callejeras, castañero con su locomotora, barquillero con el cilindro y ruleta para sortear la cantidad de barquillos de canela y limón que te daban en cada tirada o el parisién del palomar por dos realitos ; vendedoras de chufas, regaliz, pitillos sueltos del Rosalía y en verano don Nicanor. Sin olvidarnos de los puestos de los hippies con su eterno olor a incienso y pachuli.  Allí en ese centro de actividad estaba este singular kiosco que había sido trasladado allá por los sesenta de su primera ubicación en los jardines frente al Obelisco. Creo recordar que una furgoneta o un incendio lo destruyo siendo sustituido por uno de estructura metálica que también desapareció a finales del siglo pasado.

La comunicación, el boca a oreja, el continuo ir y venir del cotilleo no es solo cosa de las redes sociales. Jóvenes y maduros han transmitido sus preocupaciones siempre, algunos con precipitación y bolso abierto, en zapatillas que la urgencia de la noticia no dio tiempo a componer. Todo claro está al lado de un kiosco, qué mejor sitio de intercambio de novedades.

 

 

Foto de Xose Castro

SAN ANDRÉS DE ESCANDUSO

 

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Escanduso (Burgos). Saliendo de Villarcayo (Burgos) en dirección a Puentedey recorridos unos cinco kilómetros nos encontramos a la salida de una curva a la izquierda una pequeña iglesia que da un toque de atención haciéndonos detener la marcha.

Es una  iglesia de apariencia románica. Singular por su tamaño, por su diminuto campanario, por sus desproporcionados contrafuertes, por su entada lateral, por su ausencia de decoración. Tiene algo que te atrae, que hace fijarse en su humildad plantada en plena cuneta.

Indagando un poco me entero que hace unos años estaba en ruinas y que el trabajo de unos vecinos hizo que no desapareciera convirtiéndose en ese guiño simpático que hace al viajero. Enhorabuena a todos ellos por su trabajo, por ese pequeño homenaje a lo sencillo y a la unión de un pueblo para luchar por conservar lo suyo.

No encontré a nadie que me pudiera facilitar una visita a su interior. Queda para otra ocasión.

 

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Antes de la restauración. Foto: Baruk y Pallaferro

FUI YO

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Las divertidas y emocionantes aventuras que se correrían durante el verano había que currárselas los primeros días de agosto. La obtención de un buen tirabeque era lo que uno tenía que agenciarse con prontitud para entrar en la pandilla. La manera de conseguirlo era hacerlo, no se vendían en las jugueterías. Así que desde el primer día se ponía uno a la faena.

Encontrar la rama adecuada de un árbol para fabricar la horquilla era el primer paso. Requería buena vista, la elección no era fácil, no toda rama servía. Calcular la separación, el grosor,  todo tenía que guardar una proporción y equilibrio para que el resultado fuera adecuado a la función. Una buena horquilla era importante para conseguir puntería.

Elegida la rama había que cortarla con la navaja. Hacer las hendiduras donde se alojarían las gomas, llevaba su tiempo. Las gomas se obtenían haciendo tiras una cámara de bicicleta mil veces parcheada que así daba un último servicio. La badana donde se alojaría la piedra de la lengua de una vieja bota. Era un trabajo de búsqueda, de cálculo, de elección, la tarea requería concentración, dedicación minuciosa.

La pandilla recorría el pueblo buscando un punto donde proyectar las piedras siempre pequeñas: una lata tirada en la calle, una teja vieja caída de un tejado, las campanas de la iglesia, la ventana de una casa deshabitada que se ponía por el medio, algún gato despistado y a veces íbamos a los pájaros. Éramos muy malvados.

Armábamos con frecuencia torres formadas por botes, botijos viejos rajados a los que atinábamos alejándonos cada vez más. Dedicábamos parte de las tardes, era divertido.

Cerca de la casa de mi abuela había un viejo patio con una ventana protegida por una tela metálica, muy tupida, a la que era difícil atravesar por los diminutos agujeritos y las piedras pequeñas que pasaban, llegaban sin fuerza para conseguir  la misión pretendida. La ventana me llamaba siempre que pasaba a su lado, me atraía provocadoramente con su seguridad desafiante. Un día encontré un clavo gordo adecuado para mis intenciones, lo guardé y de regreso a casa, en soledad, intenté atravesar la malla. ¡A la primera!

Te acercaste a nosotros, me clavaste la mirada diciendo muy serio: “El cristal del patio lo habéis roto con los tirabeques, os voy a arrancar las orejas”. “No, nosotros solo tiramos a los botes y a algún pájaro”. “¡Buenos pájaros sois, a correr, no os quiero ver!

¿Por qué al hablar me mirabas a mí? ¿Qué intuías en mi cara, en mi mirada avergonzada? Yo era bueno, era un niño de ciudad educado, incapaz de hacer aquello.

¡Qué bien nos llevamos después! En tu bar bebíamos sidra, comíamos cacahuetes, jugábamos a las cartas, al futbolín, nos arreglabas los pinchazos de las ruedas de las bicicletas. Siempre atento, tuve confianza contigo, pero nunca te lo dije. Ya no le daba importancia. No recordaba el escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando te acercaste aquel día al grupo.

Hoy viendo esta ventana con su cristal roto pienso en la de pequeñas historias que hay pegadas a las piedras, a las puertas lamidas por la nieve, a las viejas ventanas desvencijadas por el viento, a los caminos con sus surcos hechos de lluvia. Nos hablan continuamente, trayéndonos en murmullo los recuerdos.

 

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