CALLE MÉDICO RODRÍGUEZ: DEL VIEJO CUARTEL A LA PLAZA DE TOROS

AÑOS 30
CUARTEL GUARDIA CIVIL EN ESQUINA JUAN FLÓREZ CON MÉDICO RODRÍGUEZ. AÑOS 30

Al médico Rodríguez, el Ayuntamiento le dedica la calle que une  Juan Flórez con la avenida de Finisterre  en el año 22, un año después de su muerte, en reconocimiento a la entrega a su profesión, muchas veces de forma desinteresada.

Había nacido a mediados del siglo XIX en el barrio de Monelos y estudiado el bachillerato en el primer instituto de la ciudad, que estaba en la calle de Herrerías y al que acudía en burro según cuentan las crónicas.

La dedicación a los enfermos la completaba con su actividad política llegando a ser teniente alcalde de la ciudad, presidente del Círculo de Artesanos y redactor-jefe de La Voz. Fundó el sanatorio Higía en la calle de San Andrés donde estuvo El Arca de Noé. Pero sobre todo fue un entregado a la medicina, siempre estaba dispuesto a acudir cuando se le solicitaba sin entender de día, hora o condición de los enfermos. En A Coruña era una persona muy querida.

Suegro de Joaquín Martín Martínez, secretario del Ayuntamiento, fusilado en el Campo da Rata en el 36. La viuda se exilia a Sudamérica con sus hijos, uno de ellos  Cheché Martín jugador y entrenador del Deportivo.

Muere el médico Rodríguez en 1921 en su casa de Linares Rivas de la que queda un abandonado solar después de haber estado la “Villa de Bruselas” y el restaurante “O Secreto”. Muy cerca, en la Plaza de Ourense, el Ayuntamiento le dedica un busto en 1933.

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La calle Médico Rodríguez era para mí, a comienzo de los sesenta, el camino a la diversión. Al final estaba la Plaza de Toros, con su descascarillada fachada y la propaganda de Anís de la Asturiana y sidra El Gaitero. A los toros solo fui una vez, no me atraía el espectáculo,  aunque me gustaba leer y escuchar las crónicas taurinas en prensa y radio. Me llamaba la atención el vocabulario y las expresiones que empleaban: ojo de perdiz, bragao, lleno hasta la bandera, pinchar en hueso, entrar al trapo, salir por la puerta grande… A lo que iba con cierta frecuencia, era  a disfrutar con Tupac Amaru, Sotelo y compañía, en aquellas recordadas veladas de lucha libre. También el boxeo con Moncho Casal y los gritos de ¡Marilyn!, ¡Marilyn!. Moncho Casal disputó un campeonato de España contra Manolo Calvo y perdió por una mala decisión arbitral, la que se armó en la plaza de toros fue espectacular, allí llovió de todo.

Pero como había que ilustrarse, decía mi padre, también disfrutaba con los “Festivales de España” y sus zarzuelas y teatro. Divertidas y alegres noches de verano.

La Plaza de Toros, obra del arquitecto Juan de Ciórraga se construye en 1884 y se tira en 1967 experimentando la zona una gran transformación. Las calles Costa Rica, Donantes de Sangre, Plaza de San Pablo sepultan el viejo coso naciendo de sus ruinas una zona densamente poblada, quedando en el recuerdo las noches de verano pasadas en sus tendidos. A Coruña queda huérfana de recintos para espectáculos, no se había construido el Palacio de los Deportes. Se emplean durante unos años unas semiesferas cubiertas que se usan en sustitución y se ponen primeramente en la Plaza de María Pita y después detrás de la torre de Maratón. La sabiduría popular las bautiza como “Tetas de María Pita” y “Cojones de Maratón” Según en qué lugar estuvieran instaladas.

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En la esquina de Juan Flórez con Médico Rodríguez recuerdo allá a principios de los sesenta,  un caserón de tapiadas ventanas que había sido cuartel de la Guardia Civil. En 1967 se construye El Pote en el solar del viejo cuartel. Obra del arquitecto Fernández Albalat será la sensación de la modernidad coruñesa y el primer edificio con escaleras mecánicas. Cierra a comienzos del 2000 y se transforma en el Hotel Heperia.

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DERRIVO VIEJO CUARTEL. AÑO: 1966

A continuación estaba el garaje Madrid con sus características puertas en arco y barrotes de madera y en el primer piso un ambulatorio de la época llamado “18 de Julio”. Similares puertas en arco las tuvieron la Estación de Servicio de Cuatro Caminos y el garaje Alonso en Juan Flórez, todos desaparecidos.

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GARAJE MADRID A LA IZQUIERDA. AÑO: 1965. FOTO: ALBERTO MARTÍ

En la acera de la derecha haciendo esquina con Juan Flórez, había una tasca de mesas de madera blancas de la lejía y serrín en el suelo, conocida por “El Manco” que servía unas buenas tazas del ribeiro de la época. Guardo una anécdota de un día que acudí con un buen amigo a tomar unas tazas. La taberna estaba vacía, mi amigo, era sobre el 67, lucía  melenas. Servidas las tazas empezó a entonar una canción de los Beatles. El tabernero con mirada de desprecio y malas maneras nos advirtió que allí no se cantaba. En silencio consumimos las tazas, nos fuimos desando al pobre hombre un día de cartujo. ¡Tiempos!

Hoy aquella tranquila calle que llevaba hacia la ilusión se ha convertido en una de denso tráfico y abundante estacionamiento en doble fila. Aunque tengo que confesar que en alguna noche de verano que he caminado por ella cuando el tráfico ha ido disminuyendo y el silencio lo empieza a llenar todo, he creído oír unos gritos que decían: ¡Tongo!, ¡Tongo!, ¡Marilyn!, ¡Marilyn!, ¡Muérdele un huevo!

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HOTEL HESPERIA. ANTES ALMACENES EL POTE Y CUARTEL GUARDIA CIVIL
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LUGAR QUE OCUPÓ LA PLAZA DE TOROS
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CALLE LINARES RIVAS: AQUÍ ESTUVO LA CASA DEL MÉDICO RODRÍGUEZ

CALLEJÓN DEL LAGAR

 

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CALLEJÓN DEL LAGAR, 1957. FOTO: ALBERTO MARTÍ

El callejón del Lagar tenía para mí un atractivo especial. El suelo sin asfaltar por donde corría el agua en días de lluvia, que había que ir sorteando trayendo el recuerdo de las callejuelas del pueblo castellano donde pasaba los veranos. Representaba una isla en la ciudad.

Empezaba este callejón en Juan Flórez entre la fundición Ortiz y la finca de los Molezunes, era el atajo para llegar al Monte de Santa Margarita y a la clase de francés con la querida madame Paulette. Una gran puerta de hierro siempre abierta marcaba la entrada de la espectacular finca. A la derecha dos o tres gigantescos eucaliptos y al fondo el aserradero con sus torres de madera ya cortada. En la muralla que cerraba la finca destacaban los carteles atractivos de circos y lucha libre. Qué gozada pararse a contemplarlos.

Abundantes talleres de barnizadores, carpinteros, tapiceros que salían en el buen tiempo a hacer parte de la tarea al aire libre daban un aspecto entrañable y alegre a la calle. El sonido de las sierras, el olor de pinturas, barnices, los vivos colores de retales de los tapices contribuían a un ambiente bullicioso y de vida distinta a la cercana calle de Juan Flórez.

A mitad del recorrido ligeramente a la derecha había unas escaleras que comunicaban con Cabo Santiago Gómez, aunque se le seguía conociendo por el anterior Antonio Lens. Este hombre fue el primer alcalde de la República y fundador de la “Cocina Económica”. Con la dictadura se cambia el nombre por el actual de Cabo Santiago Gómez primer muerto de la Guerra Civil en A Coruña al recibir un balazo cuando bombardeaba el Gobierno Civil desde el Parrote. Escribiendo esta entrada llega el nuevo cambio de nombre a esta calle que a partir de ahora se llamará “Sinfónica de Galicia”.

Hoy es imposible reconocer el sitio. La nueva calle rompió el tapón que hacía el callejón, dejando una comunicación directa con el Parque de Santa Margarita y el Palacio de la Ópera.

La mayor parte del callejón quedó sepultada por grandes edificios y la calle Costa Rica.

Queda a la izquierda unos restos del callejón que sigue conservando el nombre y parte del aspecto que tuvo aunque asfaltado y con todos los talleres cerrados. Pasé hace tres días todo era silencio y soledad.

 

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DERRIVO FUNDICIÓN ORTIZ, 1972. FOTO: ALBERTO MARTÍ

 

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EDIFICIO CORTEFIEL

 

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BAJANDO HACIA JUAN FLÓREZ. A LA IZQUIERDA LA DESVIACIÓN HACIA CABO SANTIAGO GÓMEZ

 

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AL FONDO JUAN FLÓREZ. AÑOS 60. FOTO: ALBERTO MARTÍ

 

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LO QUE QUEDA DEL CALLEJÓN DEL LAGAR

 

 

 

 

 

 

LA FERROCARRILANA EN LA RÚA NUEVA

 

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1910. Foto: Ferrer

Viaje, parada y fonda. Era un todo en uno, servicio completo. La diligencia que tenía su salida en la Rúa Nueva, haciendo esquina con la calle Real, llevaba a los viajeros a Santiago en siete horas o a Madrid en cinco días. El trayecto era duro, había que reponer fuerzas o hacer noche para seguir viaje. Fueron naciendo, con el mismo nombre, a lo largo del recorrido fondas, hostales donde comer y pernoctar.

La Ferrocarrilana alcanza categoría y se hizo literaria. Aparece en  “La familia de Pascual Duarte”, donde Pascual Duarte trabaja de chico para todo en esta fonda después de haber abandonado el Papagayo, o en  las andanzas del desterrado Gerardo en su viaje de Coruña a Santiago que nos describe Pérez Lugín en “La Casa de la Troya”.

Las fotos que acompañan a esta entrada son un documento excepcional. Nos meten en el movimiento y vida de esta parte de la ciudad. Da la impresión que es una puesta en escena, que están actuando, pero no, era la vida misma.

Carruajes, carretillos, limpiabotas, el saludo de las gentes, todos van cubiertos con sombreros o gorras, paraguas aunque haga sol. Todo en un continuo movimiento, un ir y venir sin parada. ¡Cuánta actividad!

La calle es una de las más antiguas de la ciudad. Se cree que ya existía como tal a finales del siglo XV. Posible origen judío, donde se establece un pequeño grupo de conversos después de la expulsión y el abandono de la calle Sinagoga en la Ciudad Vieja.

Se le cambia el nombre en 1899 por el de Emilio Castelar y lo conserva durante cuarenta años, para volver en el 39 a su nombre de origen judío.

Recuerdo historias de personajes que me contaban en casa. Del Negro de las corbatas o de Manolita, esta calle era su vida, su lugar de buscarse el sustento. Yo aún echo de menos cuando paso por ella los gritos de Mustafá ofreciendo lotería.

En la parte ancha de la calle que es la que más actividad concentraba estaba Cabrera que acercaba la mercancías a la estación del Norte. El hotel Continental  y el bar América, la Mezquita, El Trópico con su eterno aroma de café recién tostado. Tantos y tantos lugares que dieron vida a una calle en continuo movimiento.

Pero la calle se bifurca, y a derecha e izquierda aparecen La Estrella y Olmos con el ofrecimiento del relajo ante las tazas de ribeiro ¡Cuántas caerían después de la actividad!

Yendo a San Andrés queda un detalle que pasa inadvertido a mucha gente. Es una calle de ida y vuelta, sin salida. Bueno, hoy sin ida pues está enrejada. Es el callejón de San Telmo. El bueno de San Pedro González de Fromista que así se llamaba era dominico y vino a evangelizar estas tierras teniendo mucha dedicación con los pescadores.

Hoy la calle sigue siendo de actividad. Pero el movimiento, la vida que nos trasmiten las fotografías ha desaparecido. Ahí quedan como un bonito recuerdo.

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AL FONDO HOTEL CONTINENTAL

 

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A LA DERECHA ESTUVO LA FERROCARRILANA

 

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CALLEJÓN DE SAN TELMO

 

 

CALLE DE SAN ANDRÉS: EL ABANDONO

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Pasear por San Andrés es pasear por el parque temático de la crisis y el abandono. La que fue la calle del comercio coruñés languidece por la desidia de muchos.

La construcción de innumerables áreas comerciales apoyada por gobiernos municipales anteriores que se vieron deslumbrados por la expansión en un falso progreso, el precio de alquileres que con la crisis era imposible sostener, la jubilación de comerciantes que no vieron continuación, los cambios en la nueva forma de actuar de los compradores y como consecuencia: locales cerrados, sucios, grafiteados, empapelados por un sinfín de publicidad, solares abandonados alguno lleva treinta años, vallas deterioradas, redes de protección, tráfico caótico metiendo los autobuses urbanos por estrecha calle, rúa Alta, poniendo en peligro a viandantes y destrozando aceras. Todo contribuye a conseguir de una calle que fue vida y movimiento un lugar de suciedad y abandono. Dejo unas fotos como ejemplo.

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ÚLTIMOS ALCADES DE A CORUÑA

 

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PACO VAZQUEZ (PSOE) 1983- 2006                              JAVIER LOSADA 2006-2011 (PSOE)

 

¿TENDRÁN ALGO QUE VER?

MANTELES, TELÉFONOS Y ABANDONO

 

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El edificio de la Telefónica en la calle de San Andrés esquina con Mantelería ha sido un referente en la ciudad. Las expresiones “al lado de la Telefónica”,  “antes de la Telefónica”, “después”, “enfrente”; eran una indicación para situar un comercio o edificio en la zona.

Se inaugura en 1930. Siendo su diseñador el arquitecto José María de la Vega. Obra de este arquitecto es también la antigua cárcel de Carabanchel, en Madrid. En principio tenía dos plantas. Por necesidades de espacio se fueron añadiendo alturas y ganando fealdad. El edificio no dice nada. Es una masa gris enrejada de dudosa belleza, muy parecido a otras telefónicas y similar al de Santiago.

Recuerdo en mi niñez que había en la planta baja un locutorio con varias cabinas de madera que a mí me parecían bonitas. La proliferación de cabinas en las calles hizo a este locutorio innecesario y se cerró al público, quedando como central de la zona. Hoy creo que está en desuso, no se ve actividad y las luces permanecen apagadas, da la sensación de abandono. Uno más de la calle de San Andrés.

Se construyó en el solar que había dejado la “Real Fábrica de Mantelería” que habiéndose instalado en 1725 se tira a mediados de los años veinte.

Esta fábrica procedía de Sada que por desavenencias entre los dueños se traslada a A Coruña. Producía en exclusiva para la Casa Real, utilizaba lino en gran parte de origen gallego y la producción en la fábrica se completaba con lo que hacían diversos telares familiares de toda la comarca.  Llegaron a trabajar quinientas personas en más de treinta telares.

Hoy al pasar por esta calle, Mantelería, solo podemos ver solares abandonados, contenedores rebosantes de basura y olores a orines. Una vergüenza.

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CALLE HERRERÍAS

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“Notando en varias ocasiones el abandono en que muchos padres tienes a sus hijos, los cuales vagan por las calles de esta población desamparados y blasfemando con frecuencia del Santo nombre de Dios se despertó en su alma el deseo de poner remedio a este mal social, por medio de la creación de unas Escuelas en que se dé enseñanza católica y alimentos a los niños pobres” Libro de Actas de E.P.G. diciembre 1886.

De esta forma, Don Camilo Rodríguez Losada y Ozores funda la institución “Escuelas Públicas Gratuitas” que mucho ayudó en una ciudad que estaba abandonada en este aspecto: 35000 habitantes y seis centros escolares.

Se la conoció popularmente como “Escuela del Caldo”. A principios del siglo XX se pide ayuda a los Salesianos que con este motivo vienen a la ciudad para iniciar su obra.

El edificio donde se instala había pertenecido a los monjes de Sobrado, en el que tenían una procuraduría para defensa de sus múltiples intereses, como recuerdo de su presencia queda en la fachada una escultura que representa la lactación de San Bernardo.

También nos encontramos entre este edificio y el convento de las Clarisas Descalzas el callejón de San Benito donde en el siglo XVI estaba el portillo de la Herrería.

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SAN BERNARDO

La calle Herrerías es entrañable aunque el aparcamiento de coches impide disfrutar de su tranquilidad y belleza. Pasear desde la Plazuela de las Bárbaras hasta la calle del Campo de la Estrada es recorrer un trocito de la historia de la ciudad.

La calle tuvo varios nombres: Herrería, del Instituto, de Rodríguez Losada para finalizar como se la conoce hoy: calle Herrerías.

Aquí vivió la heroína de la ciudad María Pita, hubo una cárcel desde comienzos del siglo XVII a finales del XIX y la “Escuela Laica” que según cuenta Javier Alvajar en su libro “La Coruña de mi niñez” impartía clase un tal Señor López del que decían las malas lenguas que era “Catedrático de Blasfemias”.

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El colegio  Montel Touzet es una reconstrucción integral del Palacio de los marqueses de Camarasa donde había estado el primer instituto de la ciudad en 1862 antes de pasar a la plaza de Pontevedra en 1889 al nuevo edificio financiado por el matrimonio Modesta Goicuría y Eusebio da Guarda. Del antiguo edificio queda un pequeño escudo en un lateral.

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ESCUDO PALACIO MARQUESES DE CAMARASA

Fue anteriormente Escuela de Náutica y Escuela Normal. En los sesenta se convierte en colegio y recibe el nombre actual en homenaje a tres hermanos militares que murieron en el frente luchando con los golpistas.

Preside la entrada al edificio un escudo de la república que debió quedar olvidado de la limpieza de la dictadura. Qué desconsideración para los militares franquistas darles el nombre de un colegio y sufrir el baldón de aguantar un escudo contra el que lucharon.

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FOTO: FRANCISCO PILLADO