VILLAESCUSA DEL BUTRÓN: EL PASO DEL TIEMPO

 

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TORRE DE LA IGLESIA

VILLAESCUSA DEL BUTRÓN  (BURGOS). Durante estas vacaciones en Dobro (Burgos) he hecho, una vez más, una pequeña caminata de unos cinco kilómetros a Villaescusa en los límites del Parque Natural del Alto Ebro. Salgo desde el camino que parte de la carretera de Porquera hacia el sur. Desde el comienzo se ve, entre una neblina, el campanario de la iglesia de Villaescusa en lo alto de una loma.
Caminar tranquilo, alternándose el paisaje entre páramos, pequeños valles y frondosos bosques de robles, hayas y acebos. Evoluciones, en un cielo azulísimo sin nubes, de rapaces que quedan de vez en cuando estáticas para preparar la mortal caída sobre su presa, buitres que planean buscando sustento también hacen su aparición.
El camino después de una cuesta pronunciada acaba en amplia explanada con taberna al fondo. Todo es silencio. Apoyado en una columna de madera a la entrada de la taberna un joven y a su lado sentada con las piernas en una banqueta una mujer. Los conozco de otras ocasiones, madre e hijo que llevan el bar del pueblo. Ofrecen bebidas y unos huevos con torreznos excelentes.
La primera intención es refrescarme con una cerveza antes de visitar el pueblo. Me sirven una ¡Estrella! Echo en falta a Esteban, simpático y cantarín hombre que solía estar en otras visitas. Comentan que la cabeza le está gastando malas pasadas, se está yendo a las sombras del olvido en una residencia. Qué pena, hace dos años disfruté de su alegría y simpatía. Pago, disculpándome, con un billete de cincuenta. El hijo dice que no hay problema, se dirige a la madre que sigue sentada en su silla, rebuscando en el refajo va sacando billetes hasta completar la vuelta.
El pueblo sigue vacio. Los veraneantes han acudido a la semana grande de Bilbao y no volverán hasta pasadas las fiestas. No veré a nadie durante mi estancia en él.
Villaescusa llegó a tener más de trescientos habitantes en 1900, en los años setenta quedó vacío a causa de la emigración al País Vasco. Poco a poco se ha iniciado una pequeña recuperación, la rehabilitación de alguna casa lo demuestra llegando a los doce vecinos, en verano más.
Paseo entre las callejuelas destacando varias casas con portadas en arco de medio punto que deja el recuerdo de su hidalguía. Era pueblo de arrieros que transportaban sus mercancías por el camino del pescado entre Bilbao y Burgos.
En lo más alto del pueblo se encuentra la iglesia de San Torcuato, de origen románico del siglo Xll que fue evolucionando con reformas y añadidos a lo largo de su historia. En estado ruinoso, no puedo acceder a su interior al estar cerrada con unas tablas y candado.
E inicio la bajada a la explanada en busca del camino de regreso, recordando que mi abuelo estuvo de maestro en este lugar hace casi cien años. Me despido de lejos de los taberneros que siguen en la misma posición. A no más de cincuenta metros del pueblo distingo entre los rastrojos de una finca una orejas puntiagudas y una cabecita con unos ojos que me observan con completa tranquilidad, un zorro que ha salido en busca de la cena.

 

 

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AL FONDO DOBRO. FOTOS: A.R.

 

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VAL DE SAN LORENZO: SUS PUERTAS Y VENTANAS

VAL DE SAN LORENZO (LEÓN). El domingo pasado hago un alto en el camino, de regreso a casa, en Val de San Lorenzo. Recorro las callejuelas de este pueblo de la Maragatería conocido por la artesanía de las mantas de lana. En el centro del pueblo podemos ver la ermita de San Antonio del siglo XVIII en la que destaca una bonita torre con reloj.

Durante el paseo me abordan estas singulares puertas y ventanas para seguir completando mi colección. Ahí quedan. Deseo que gusten a los ofrecidos que lean esto.

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ORBANEJA DEL CASTILLO: SUS PUERTAS Y VENTANAS

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ORBANEJA DEL CASTILLO (BURGOS). No busquemos el castillo al llegar a Orbaneja, el castillo es el pueblo. El patio de armas está protegido por un arroyo que nace de la cueva del Agua y atravesando el pueblo a manera de foso protector se precipita en el Ebro diciendo: “¡cuidado, aquí estoy!”, todo con los vigías en las almenas esculpidas por el agua que se muestran desafiantes al invasor.

Orbaneja es para visitar, para contemplar el encanto que ha diseñado la naturaleza dejando una imagen de cuento.

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Dejo en esta entrada lo espectacular y añado  unas fotos de otros detalles que deambulando por Orbaneja podemos descubrir: sus puertas y ventanas. Para seguir con esta manía que se me ha metido este verano.

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PESQUERA DE EBRO: SUS PUERTAS Y VENTANAS

DSCN2085.JPGPESQUERA DE EBRO (BURGOS). A Pesquera podemos llegar desde Los Altos por el puerto de la Eme. Buen comienzo para las sensaciones a disfrutar tomando como base este bonito pueblo del Valle de Sedano.

Las rutas son variadas en extensión y dificultad, las hay para todos. La ruta de los Cañones del Ebro que nos lleva a Valdelateja pasando por Cortiguera colonizado por los hippies después de su abandono allá por los ochenta. El Pozo Azul, descenso en balsa de rafting, Orbaneja. Todo ello rodeado de gran belleza en un relieve calizo: hoces, cañones y desfiladeros que los ríos Ebro y Rudrón han esculpido a lo largo de los años. Los recorridos siempre acompañados de buitres y alimoches.

Después de una caminata disfrutar de los detalles de las callejuelas de Pesquera con sus portales y ventanas será un relajo al cuerpo y al espíritu. Dejo estas fotos como un pequeño ejemplo.

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FUI YO

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Las divertidas y emocionantes aventuras que se correrían durante el verano había que currárselas los primeros días de agosto. La obtención de un buen tirabeque era lo que uno tenía que agenciarse con prontitud para entrar en la pandilla. La manera de conseguirlo era hacerlo, no se vendían en las jugueterías. Así que desde el primer día se ponía uno a la faena.

Encontrar la rama adecuada de un árbol para fabricar la horquilla era el primer paso. Requería buena vista, la elección no era fácil, no toda rama servía. Calcular la separación, el grosor,  todo tenía que guardar una proporción y equilibrio para que el resultado fuera adecuado a la función. Una buena horquilla era importante para conseguir puntería.

Elegida la rama había que cortarla con la navaja. Hacer las hendiduras donde se alojarían las gomas, llevaba su tiempo. Las gomas se obtenían haciendo tiras una cámara de bicicleta mil veces parcheada que así daba un último servicio. La badana donde se alojaría la piedra de la lengua de una vieja bota. Era un trabajo de búsqueda, de cálculo, de elección, la tarea requería concentración, dedicación minuciosa.

La pandilla recorría el pueblo buscando un punto donde proyectar las piedras siempre pequeñas: una lata tirada en la calle, una teja vieja caída de un tejado, las campanas de la iglesia, la ventana de una casa deshabitada que se ponía por el medio, algún gato despistado y a veces íbamos a los pájaros. Éramos muy malvados.

Armábamos con frecuencia torres formadas por botes, botijos viejos rajados a los que atinábamos alejándonos cada vez más. Dedicábamos parte de las tardes, era divertido.

Cerca de la casa de mi abuela había un viejo patio con una ventana protegida por una tela metálica, muy tupida, a la que era difícil atravesar por los diminutos agujeritos y las piedras pequeñas que pasaban, llegaban sin fuerza para conseguir  la misión pretendida. La ventana me llamaba siempre que pasaba a su lado, me atraía provocadoramente con su seguridad desafiante. Un día encontré un clavo gordo adecuado para mis intenciones, lo guardé y de regreso a casa, en soledad, intenté atravesar la malla. ¡A la primera!

Te acercaste a nosotros, me clavaste la mirada diciendo muy serio: “El cristal del patio lo habéis roto con los tirabeques, os voy a arrancar las orejas”. “No, nosotros solo tiramos a los botes y a algún pájaro”. “¡Buenos pájaros sois, a correr, no os quiero ver!

¿Por qué al hablar me mirabas a mí? ¿Qué intuías en mi cara, en mi mirada avergonzada? Yo era bueno, era un niño de ciudad educado, incapaz de hacer aquello.

¡Qué bien nos llevamos después! En tu bar bebíamos sidra, comíamos cacahuetes, jugábamos a las cartas, al futbolín, nos arreglabas los pinchazos de las ruedas de las bicicletas. Siempre atento, tuve confianza contigo, pero nunca te lo dije. Ya no le daba importancia. No recordaba el escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando te acercaste aquel día al grupo.

Hoy viendo esta ventana con su cristal roto pienso en la de pequeñas historias que hay pegadas a las piedras, a las puertas lamidas por la nieve, a las viejas ventanas desvencijadas por el viento, a los caminos con sus surcos hechos de lluvia. Nos hablan continuamente, trayéndonos en murmullo los recuerdos.

 

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