LA MADRE CLEMENCIA Y EL CATÓN

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MADRE CLEMENCIA

Olvidado entre viejos libros he recuperado el Catón, querido libro, con el que aprendí a descifrar letras, sílabas y palabras. Me ha llenado de emoción volver a ver ilustraciones que permanecían en la despensa de la memoria y los píos y patrióticos textos con los que practicábamos lo aprendido adentrándonos en la lectura: “El bautizo de mi hermano”, “Plegaria del niño”, “El Ángel de la Guarda”, “La Patria”, “Vida púbica de Jesús”, “Pasión y muerte de Jesucristo”, “José Antonio Primo de Rivera”, “El Generalísimo Franco”. Salpicados entre estos textos aparece una versión de “Caperucita Roja” y “El lobo y el cordero”.

El recuerdo va más allá del querido Catón. Recupera a  una mujer que con la ayuda del libro me enseñó a leer. La madre Clemencia. Era una monja cariñosa, que adoraba a sus parvulitos y nosotros a ella. Iba contento a clase, me consideraba querido, era prolongación de la casa. Guardo también de ella una cruz.

El sábado antes del domingo de Carnaval nos aleccionó a última hora de la tarde de que no nos pusiéramos caretas, ni disfraces porque si no el Niño Jesús no nos iba a reconocer y diría “no te conozco, no”. Llegué a casa muy preocupado al tener ya todo preparado para la fiesta. Lo comenté a mi hermana y en ella tuve la solución. “¡Pasa de la Clemencia!”. No solo me puse la careta, también me disfracé de cura visitando al vecindario. Una vez en la cama me acordé del Niño Jesús, ¿le habría parecido mal mi disfraz? y en acto de desagravio recé: “Jesusito de mi vida tu eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón”.

Debí estar en el colegio de las Josefinas dos años. El primer año el aula la teníamos al entrar a la izquierda y el segundo fuimos a un piso superior al lado de las cocinas en un espacio diáfano protegido por unos biombos.

Vagos recuerdos. Las salidas a la gruta de la Virgen. Todos en fila nos encaminábamos cantando “Con flores a María” al jardín donde estaba la imagen de la Virgen en un bellísima gruta que me recordaba la historia de la Virgen de Fátima y de los pastorcillos tantas veces escuchada, después de la visita volvíamos a clase cantando “Isabel y Fernando el espíritu impera moriremos besando la sagrada bandera”. Cerraba aquel jardín un muro que separaba por la derecha con el colegio Dequit.  Por la izquierda limitaba con La Artística una fábrica de latas de conservas. Y al fondo las cochiqueras de los cerdos.

Un día la madre Clemencia se puso enferma y vino la madre Matilde una gran temporada a sustituirla. Era muy joven. Pero las cosas cambiaron o esos son mis recuerdos. Era exigente, mal encarada, altanera. Me castigó un día que debía haber hablado más de la cuenta con la lengua fuera un rato, tuve una infección de garganta y yo eché la culpa a la sustituta. Pongo  también en su debe la visita que tuvimos en clase de dos niñas llorosas que entraron empujadas por otra monja. Las niñas traían puestas una orejas de burro, fueron ridiculizadas y la Matilde nos animó a que coreásemos: ¡burras!, ¡burras!

La madre Clemencia sanó, volvió a clase calmándose la tempestad y le dio tiempo a premiarme a final de curso con una medalla a la aplicación. ¡Gracias madre Clemencia!

 

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COLEGIO DE LAS JOSEFINAS AÑOS TREINTA

 

 

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4 comentarios en “LA MADRE CLEMENCIA Y EL CATÓN”

  1. Recuerdo a la Madre Clemencia como una persona tranquila y sonriente, que en los días fríos del invierno llevaba una estufa de carbón portátil con la que calentaba los pies.

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  2. Creo que tú pones fecha sobre los años treinta, Madre Matilde, la Madre Matilde que yo recuerdo, era una mujer joven en los años 1956 o 57. Los niños tienen un radar, y el mío me indicaba que aquella monja estaba disfrutando cuando nos explicaba, con todo lujo de detalles macabros, que iba a venir el fin del mundo. Una, hoy lo sé, una auténtica y genuina hdp.

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