VAL DE SAN LORENZO: SUS PUERTAS Y VENTANAS

VAL DE SAN LORENZO (LEÓN). El domingo pasado hago un alto en el camino, de regreso a casa, en Val de San Lorenzo. Recorro las callejuelas de este pueblo de la Maragatería conocido por la artesanía de las mantas de lana. En el centro del pueblo podemos ver la ermita de San Antonio del siglo XVIII en la que destaca una bonita torre con reloj.

Durante el paseo me abordan estas singulares puertas y ventanas para seguir completando mi colección. Ahí quedan. Deseo que gusten a los ofrecidos que lean esto.

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ERMITA DE SAN PEDRO DE TEJADA

PUENTEARENAS (BURGOS). Una forma interesante de llegar a San Pedro de Tejada es hacer una caminata desde el páramo, ermita de la Hoz, bajando por la Calzada Romana o Ruta del Pescado. Degustar, si estamos en época, unas cerezas o ciruelas en el Almiñé, ver la iglesia de San Nicolás de Bari y continuar hacia Puentearenas, darnos un baño en el Ebro y acabar en la ermita.

Este agosto hice el recorrido. Al llegar a la ermita fui recibido por una verja que protege el lugar impidiendo acercarse. Un cartel da información de cómo hacer la visita pero antes de terminar su lectura se apareció una mujer ofreciéndose a acompañarnos previo pago de dos euros. Pagué, éramos cinco, no recibimos justificante y comenzamos la visita con advertencias de no sacar fotos en el interior y la prohibición de acceder a la torre. Desde la puerta, en contraluz estático, da una explicación a manera de faena de aliño. Preguntada por los propietarios, es privada, no se recibe respuesta. Punto final.

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Esta ermita románica se comienza a construir a finales del siglo XII. Con anterioridad había habido un cenobio en el siglo IX. Destaca el color rojizo de la piedra. La esbeltez, la puerta pequeña, su torre de base cuadrada y los variados relieves de la decoración.

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En la parte izquierda de la portada imágenes de los apóstoles y el detalle de la última cena en que San Juan apoya la cabeza en Jesucristo, mientras éste ofrece comida a Judas.

 

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En la portada a la derecha se puede ver la imagen de un león con un hombre. Los mal pensados ven falsamente, de lejos, otra cosa. Los canecillos con decoraciones con temática de animales fabulosos y eróticos completan un bello conjunto.

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Torre cuadrada con dos partes, la primera con arcos ciegos. La segunda donde están las campanas dos ventanas con bellas columnas que las dividen. Una torrecilla cilíndrica da acceso a la torre teniendo la entrada en el interior del templo.

En el interior, como dije, la guardesa-guía no me permitió hacer fotos. Lo siento.

 

SAN ANDRÉS DE ESCANDUSO

 

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Escanduso (Burgos). Saliendo de Villarcayo (Burgos) en dirección a Puentedey recorridos unos cinco kilómetros nos encontramos a la salida de una curva a la izquierda una pequeña iglesia que da un toque de atención haciéndonos detener la marcha.

Es una  iglesia de apariencia románica. Singular por su tamaño, por su diminuto campanario, por sus desproporcionados contrafuertes, por su entada lateral, por su ausencia de decoración. Tiene algo que te atrae, que hace fijarse en su humildad plantada en plena cuneta.

Indagando un poco me entero que hace unos años estaba en ruinas y que el trabajo de unos vecinos hizo que no desapareciera convirtiéndose en ese guiño simpático que hace al viajero. Enhorabuena a todos ellos por su trabajo, por ese pequeño homenaje a lo sencillo y a la unión de un pueblo para luchar por conservar lo suyo.

No encontré a nadie que me pudiera facilitar una visita a su interior. Queda para otra ocasión.

 

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Antes de la restauración. Foto: Baruk y Pallaferro

LA VIRGEN DE LA HOZ

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EL ALMIÑÉ (BURGOS). Desde muy de mañana en casa  todo era movimiento, todo tenía que estar a punto para llegar a misa de doce, el camino era largo hasta la ermita allá en el páramo. Se celebraba el Día de la Hoz.

La romería a la que acudían de los pueblos de los alrededores, cita deseada que se celebraba el dos de julio, servía de devoción a la Virgen y a la vez, de encuentro de las gentes de la comarca, que año tras año se repetía con ilusión.

Las tortillas, besugo en salsa, chorizo, jamón, lomo y queso de oveja para la comida después de la misa, se metía en los capazos cubriéndolo todo con el mantel de cuadros que se pondría en el suelo para que la familia se sentara a su alrededor.

Los capazos iban en las alforjas del burro, distribuyendo el peso para que no se ladease la carga, sin olvidarse de las hogazas, la bota y el botijo que iban arriba.

Yo estaba preocupado, tanto movimiento me emocionaba y avivaba mi intranquilidad por si mi tío se habría olvidado de aparejar el burro. Me acerqué a su casa a recordarlo, fui  a la cuadra donde se encontraba, olvidando que llevaba unas sandalias blancas compradas por mi madre para la ocasión. Las sandalias de un blanco inmaculado cambiaron de color y a mi madre cuando las vio no le gustó nada la transformación.

Una vez colocadas las viandas, las preguntas nerviosas de los mayores sobre si se había metido esto o aquello se oían por la casa. Salimos por los senderos que nos alejaban del pueblo todos juntos: mi abuela en el burro, padres, tíos, hermanas y los primos caminando que éramos jóvenes. Durante el recorrido íbamos juntándonos con otros vecinos y agrupados formábamos un numeroso y alegre grupo.

Se subía primero por un camino que discurría por campos de cereales, con sus lindes arboladas de roblizos y llegado a lo alto, comenzaba el descenso al páramo. Desde muy temprano se empezaba a divisar la ermita, con unas edificaciones adosadas que servían para guardar las ovejas, sola en la inmensidad de tierras amarillentas, secas, con ausencia de vegetación.

 La llegada a la ermita era divertida,  lo que más me gustaba eran los saludos de los burros. El ambiente era un inmenso y ensordecedor rebuzno, parecía que se conocían de otros años y se saludaban con alegría por el reencuentro, algunos se olían el culo, otros los carajones del suelo elevando su hocico al aire y venteando ostensiblemente.

En la campa junto a la ermita cuatro o cinco inmensas nogalas y un par de moreras daban la única sombra de todo el páramo, lo verde que había en aquella inmensidad. Se habían instalado unos chigres para las bebidas, alguna barraca de tiro al blanco y tenderetes para la venta de aperos de labranza y otros productos, no faltaba un acotado para las actuaciones de los bailes regionales.

Cerquita había una fuente a la que se accedía por un pasillo largo, empedrado, que iba descendiendo hasta llegar al agua, que estaba muy fresquita. Seguro que el agua del botijo a mi abuela le parecería que estaba caliente y me encargarían que fuera a renovarla.

La campana de la espadaña empezó a tocar y nos dirigimos a la ermita que ya estaba llena, mi abuela que siempre caminaba despacio aligeró el paso para llegar de primera, refunfuñaba un poco diciendo “siempre tenemos que ser los últimos”, no sé cómo lo logró pero se sentó en el primer banco.

El olor a incienso, las charlas del cura allá en el púlpito sobre la inmensa bondad de la Virgen: que nos quería, nos protegía como a hijos amantísimos, me aburrían bastante. En el medio del sermón descubrí unas pinturas detrás del altar, estaban deterioradas, me sirvieron para fijar la atención en ellas e imaginar monstruos, batallas, estar atento y aparentar que era un niño educado, respetuoso y que sabía estar en los sitios. Otro acontecimiento me llamó la atención pues al cura se le prendieron las puntillas del alba en una punta que debía tener el púlpito y ver como el pobre hombre luchaba siendo incapaz de soltarse, mientras alababa la bondad de la Virgen, me producía diversión. Con tanto tirón la puntilla iba poco a poco rasgándose hasta que finalmente logró zafarse de la presa.

Al salir había cohetes. Corrí mucho en busca de alguna caña, aunque no logré coger ninguna, había otros chicos más habilidosos y con más experiencia. Empezó a sonar la música de Pedro y Santiago, los músicos del Almiñé aparecieron con su dulzaina y su tambor. Cerca otro hombre conocido como Jandro, el pozano, voceaba ofreciendo rifas para un sorteo de garrapiñadas y galletas; le ayudaba en esta venta su hermano Juan. Una vez terminada la venta de las rifas montaron un juego que llamaban El Bote. Era divertido, donde los hombres apostaban a un número y si salía ese en el dado que tiraba Jandro, ganaban dinero. Me pasé un rato entretenido hasta que Jandro vio que se acercaba la Guardia Civil y dio por terminado el juego.

La gente animada bailaba. Para calmar el reseco, los mayores tomaron un vermut, yo una Citrania de limón, yéndonos a continuación a comer.

Mis tías y mi madre extendieron el mantel y distribuyeron todo muy ordenadito. La comida fue animada con voces un poco altas pues el personal estaba contentillo.

Pero el campanil nos recordó que había que volver a la ermita a rezar el rosario. Yo no estaba por la labor pero mi abuela me decía que era el día de la Virgen y que había que ir.

Qué bien hice obedecer a mi abuela, no había otra. En pleno rosario se oyó un tremendo ruido. ¡Qué trueno! Empezó a caer agua, agua y agua. Relámpagos, truenos cada vez más fuertes. El agua empezó a entrar en la ermita. En poco tiempo se inundó y tuvimos que subirnos en los bancos. Al final el rosario resultó divertido, quien me iba a decir a mí que iba a estar encima de los bancos en una iglesia, ¡hasta a mi abuela la ayudé a subirse a uno!

Tanto trueno y relámpago un poco de miedo me daba. Recordaba que poco antes de entrar había visto adosada en la parte trasera de la ermita una lápida con el nombre de un hombre muerto, según me contaron, por un rayo.

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Cuento todo esto porque el primer sábado de julio, ahora se celebra así, se acerca. El año pasado volví después de muchos años y algo había cambiado.

Quedaba la ermita con su espadaña, su entrada lateral y sus viejas pinturas. También las edificaciones pegadas a la ermita para resguardo de las ovejas, la vieja fuente que dicen ahora que es romana y tiene dos mil años, la lápida en recuerdo de Gregorio Alonso muerto en 1879. También los chigres ambulantes, los tenderetes con las garrapiñadas, otros músicos con el tamboril y  dulzaina y otros bailarines con sus danzas regionales.

No vi burros, ni gente comiendo en el suelo, ni tormenta. Faltaba mi abuela apurando para llegar de primera, el cura no se subió al púlpito, ni yo a comprobar si aún estaba la punta anticlerical. No estaba Pedro con su dulzaina; ni los Pozanos, con sus rifas y su bote.

Lo más recordado, lo más querido había desparecido. ¡Lo qué cambia la vida! Menos mal que permanecían mis bancos.

 

 

 

CALLE HERRERÍAS

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“Notando en varias ocasiones el abandono en que muchos padres tienes a sus hijos, los cuales vagan por las calles de esta población desamparados y blasfemando con frecuencia del Santo nombre de Dios se despertó en su alma el deseo de poner remedio a este mal social, por medio de la creación de unas Escuelas en que se dé enseñanza católica y alimentos a los niños pobres” Libro de Actas de E.P.G. diciembre 1886.

De esta forma, Don Camilo Rodríguez Losada y Ozores funda la institución “Escuelas Públicas Gratuitas” que mucho ayudó en una ciudad que estaba abandonada en este aspecto: 35000 habitantes y seis centros escolares.

Se la conoció popularmente como “Escuela del Caldo”. A principios del siglo XX se pide ayuda a los Salesianos que con este motivo vienen a la ciudad para iniciar su obra.

El edificio donde se instala había pertenecido a los monjes de Sobrado, en el que tenían una procuraduría para defensa de sus múltiples intereses, como recuerdo de su presencia queda en la fachada una escultura que representa la lactación de San Bernardo.

También nos encontramos entre este edificio y el convento de las Clarisas Descalzas el callejón de San Benito donde en el siglo XVI estaba el portillo de la Herrería.

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SAN BERNARDO

La calle Herrerías es entrañable aunque el aparcamiento de coches impide disfrutar de su tranquilidad y belleza. Pasear desde la Plazuela de las Bárbaras hasta la calle del Campo de la Estrada es recorrer un trocito de la historia de la ciudad.

La calle tuvo varios nombres: Herrería, del Instituto, de Rodríguez Losada para finalizar como se la conoce hoy: calle Herrerías.

Aquí vivió la heroína de la ciudad María Pita, hubo una cárcel desde comienzos del siglo XVII a finales del XIX y la “Escuela Laica” que según cuenta Javier Alvajar en su libro “La Coruña de mi niñez” impartía clase un tal Señor López del que decían las malas lenguas que era “Catedrático de Blasfemias”.

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El colegio  Montel Touzet es una reconstrucción integral del Palacio de los marqueses de Camarasa donde había estado el primer instituto de la ciudad en 1862 antes de pasar a la plaza de Pontevedra en 1889 al nuevo edificio financiado por el matrimonio Modesta Goicuría y Eusebio da Guarda. Del antiguo edificio queda un pequeño escudo en un lateral.

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ESCUDO PALACIO MARQUESES DE CAMARASA

Fue anteriormente Escuela de Náutica y Escuela Normal. En los sesenta se convierte en colegio y recibe el nombre actual en homenaje a tres hermanos militares que murieron en el frente luchando con los golpistas.

Preside la entrada al edificio un escudo de la república que debió quedar olvidado de la limpieza de la dictadura. Qué desconsideración para los militares franquistas darles el nombre de un colegio y sufrir el baldón de aguantar un escudo contra el que lucharon.

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FOTO: FRANCISCO PILLADO

 

 

CASTELAO: OS FUNDAMENTOS DO SEU ESTILO (1905-1920)

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A TENTACIÓN DE COLOMBINA, 1917

El pasado miércoles con un grupo de buenos amigos fui a Pontevedra para ver la exposición sobre Castelao que está estos días en el Sexto Edificio del Museo de Pontevedra.

La exposición me descubrió un Castelao para mi desconocido: el de los grandes formatos. Disfruté con unos cuadros de los que no tenía ni idea de su existencia.

Castelao abandona su primer estilo, según se explica en la exposición, cuando ingresa nas Irmandades da Fala.

“A tentación de Colombina” es por su temática el que más alejado está de la obra posterior. Castelao da un cambio a su idea de las finalidades de las obras artísticas. Se hace combativo, lucha desde su arte a favor de los desamparados: ciegos, gentes del campo e ironiza: caciques, curas. Una gran obra.

El paseo por las calles y plazas de Pontevedra, cañas y comida en la plaza del Teucro fue el complemento de un buen día.

 

 

 

UNA VISITA A CAPITANÍA

 

La Plaza de Azcárraga, antes Plaza de la Harina, con su Fuente de los Deseos y los plátanos centenarios es para mi uno de los lugares más tranquilos y bellos de la ciudad. Desde la fuente se puede observar este  edificio en la plaza de la Constitución.

Hace ya tiempo había oído que se podía visitar aunque nunca me decidí a hacerlo hasta esta semana en que formando parte del taller organizado por el Fórum Metropolitano “Un paseo pola cidade” que llevan Patricia Angulo y Fernando Campos he cruzado una de sus puertas accediendo al lugar olvidado. El teniente coronel Costas fue el encargado de acompañar al grupo del que formaba parte dando una explicación muy interesante.

Se construye en 1748 por Real Orden  de Fernando VI, sustituyendo a otro ya deteriorado levantado en el XVI, para dar cabida a la Capitanía General y a la Audiencia ya que hasta el siglo XIX el capitán general también impartía justicia.

Un reloj con campanario, que le da un toque religioso, preside el edificio,  y dos puertas dan acceso al interior  para las dos funciones que tenía.

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Se empieza la visita en el patio cubierto donde destaca la explicación de la  evolución heráldica del escudo de España desde los Reyes Católicos hasta nuestros días. A continuación se baja al aljibe que hoy en día está abovedado.

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Se sigue por el Pasillo de los espejos y se termina en el Salón del trono. Hay una  obra pictórica barroca sobre los meses del año dejada en depósito por el Museo del Prado, lámparas de la Granja y espejos antiguos.

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La visita no contempla los jardines, espero que algún día se abran al público, sería un buen complemento.

Comento como dato curioso que a estas dependencias llegó en 1953 Mohamed Ben Miziaam como Capitán General. Según lo indagado era un siniestro personaje. La anécdota que una de sus hijas se casó en las dependencias de capitanía por el rito moro.

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CARCEL REAL Y PUENTE CON LA AUDIENCIA.           FOTO: CORUÑA ANTIGUA

 Al lado de la Audiencia se levantaba la Cárcel Real, donde hoy está el hotel Finisterre, construida en 1760 los dos edificios estaban comunicados por un puente así los penados no tenían que perder el tiempo en  paseos,  de ahí que algunos quieren recordar al puente de los suspiros de Venecia.