PADRE VILLA: “CIUDAD DE LOS MUCHACHOS” DE AGARIMO

 

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PADRE VILLA EN EL CIRCO IMPERIAL, A CORUÑA. AÑO: 1972. FUENTE: CRONICAS DE ARTEIXO

Corrían los finales de los cincuenta cuando en la iglesia de los capuchinos de A Coruña  la misa de doce y media de los domingos empezaba a tener poco a poco una asistencia cada vez mayor. El responsable un joven fraile leonés que desde el púlpito se dirige a los feligreses con palabras distintas. Su palabra comunica algo nuevo, no acostumbrado a oírse. Habla con palabras de amor, de servicio a los demás, de incipiente crítica social ante la injusticia, alejándose de los sermones tantas veces oídos sobre las normas de la moral imperante en la época y de la condenación eterna.
A aquel hombre emprendedor, alegre que repartía ilusión le queda pequeño su contacto con los feligreses desde el púlpito y decide pasar a la acción. En el año 65 el padre Villa pide permiso y se va del convento al barrio marginal del Portiño. Comparte vida con los más necesitados: los chabolistas. Trabajando en la construcción de viviendas, alcantarillado, dos escuelas, un comedor convirtiéndose en “cura obrero”. Recurre a todo para llevar su proyecto a término, hasta meterse, año 72, en la jaula de los leones de un circo que pasaba por la ciudad.
Su trabajo diario continuó, siendo el fermento de la “Ciudad de los Muchachos Agarimo” en Arteixo. Una gran obra de un gran hombre.

 

 

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PRIMEROS TIEMPOS EN EL PORTIÑO

 

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LA MADRE CLEMENCIA Y EL CATÓN

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Madre Clemencia y Matilde, Colegio de las Josefinas, A Coruña. Años: Finales de los 50.

Olvidado entre viejos libros he recuperado el Catón, querido libro, con el que aprendí a descifrar letras, sílabas y palabras. Me ha llenado de emoción volver a ver ilustraciones que permanecían en la despensa de la memoria y los píos y patrióticos textos con los que practicábamos lo aprendido adentrándonos en la lectura: “El bautizo de mi hermano”, “Plegaria del niño”, “El Ángel de la Guarda”, “La Patria”, “Vida púbica de Jesús”, “Pasión y muerte de Jesucristo”, “José Antonio Primo de Rivera”, “El Generalísimo Franco”. Salpicados entre estos textos aparece una versión de “Caperucita Roja” y “El lobo y el cordero”.

El recuerdo va más allá del querido Catón. Recupera a  una mujer que con la ayuda del libro me enseñó a leer. La madre Clemencia. Era una monja cariñosa, que adoraba a sus parvulitos y nosotros a ella. Iba contento a clase, me consideraba querido, era prolongación de la casa. Guardo también de ella una cruz.

El sábado antes del domingo de Carnaval nos aleccionó a última hora de la tarde de que no nos pusiéramos caretas, ni disfraces porque si no el Niño Jesús no nos iba a reconocer y diría “no te conozco, no”. Llegué a casa muy preocupado al tener ya todo preparado para la fiesta. Lo comenté a mi hermana y en ella tuve la solución. “¡Pasa de la Clemencia!”. No solo me puse la careta, también me disfracé de cura visitando al vecindario. Una vez en la cama me acordé del Niño Jesús, ¿le habría parecido mal mi disfraz? y en acto de desagravio recé: “Jesusito de mi vida tu eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón”.

Debí estar en el colegio de las Josefinas dos años. El primer año el aula la teníamos al entrar a la izquierda y el segundo fuimos a un piso superior al lado de las cocinas en un espacio diáfano protegido por unos biombos.

Vagos recuerdos. Las salidas a la gruta de la Virgen. Todos en fila nos encaminábamos cantando “Con flores a María” al jardín donde estaba la imagen de la Virgen en un bellísima gruta que me recordaba la historia de la Virgen de Fátima y de los pastorcillos tantas veces escuchada, después de la visita volvíamos a clase cantando “Isabel y Fernando el espíritu impera moriremos besando la sagrada bandera”. Cerraba aquel jardín un muro que separaba por la derecha con el colegio Dequit.  Por la izquierda limitaba con La Artística una fábrica de latas de conservas. Y al fondo las cochiqueras de los cerdos.

Un día la madre Clemencia se puso enferma y vino la madre Matilde una gran temporada a sustituirla. Era muy joven. Pero las cosas cambiaron o esos son mis recuerdos. Era exigente, mal encarada, altanera. Me castigó un día que debía haber hablado más de la cuenta con la lengua fuera un rato, tuve una infección de garganta y yo eché la culpa a la sustituta. Pongo  también en su debe la visita que tuvimos en clase de dos niñas llorosas que entraron empujadas por otra monja. Las niñas traían puestas una orejas de burro, fueron ridiculizadas y la Matilde nos animó a que coreásemos: ¡burras!, ¡burras!

La madre Clemencia sanó, volvió a clase calmándose la tempestad y le dio tiempo a premiarme a final de curso con una medalla a la aplicación. ¡Gracias madre Clemencia!

 

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COLEGIO DE LAS JOSEFINAS AÑOS TREINTA

 

 

EL BELÉN DE LA GRANDE OBRA DE ATOCHA

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La navidad de mi infancia, como en todas, era una alegría continua. Las reuniones de la familia, los adornos, villancicos, regalos, las salidas al cine… todo contribuía a un ambiente de fiesta.

Había un día que dedicábamos a visitar los belenes. Recuerdo con mucho cariño el de la Grande Obra de Atocha. Llegar a la Grande Obra era una divertida excursión por la ciudad. La primera parada al comienzo de San Andrés en la Cívico Militar, visitábamos otro excelente nacimiento y rebuscábamos en un apartado en el que vendían figuritas para el Belén. Siempre caía alguna oveja, lavandera o pastor que había que ir reponiendo en el belén de casa. A la salida enfilábamos Cordonería vigilando el paso del trole pues había poco espacio y curioseábamos entre las cesterías que había en aquella calle. Seguíamos por Panaderas dejando a la izquierda las Capuchinas con sus verjas protectoras y llegábamos al Campo de la Leña llena de tenderetes y chambos en los que se ofrecían diversos productos. Este era el final pues allí estaba y está la Grande Obra.

El belén me sorprendía por su tamaño y por el cuidado de todas las figuras y complementos: el desierto con su efigie y pirámides me llamaba especialmente la atención y no paré hasta lograr algo similar en el mío.

De vuelta a casa pasábamos por la Popular para reponernos con unos churros y chocolate.

La niñez se fue y yo me olvidé de los nacimientos. Hace unos años me pregunté si aún se seguiría poniendo. Me acerqué una tarde y me llevé una gran alegría al comprobar que todo seguía igual. Había retornado a mi infancia. ¡Cuántos recuerdos!. Este martes he vuelto a visitarlo.

El Belén parte de una idea del fundador de la Grande Obra de Atocha: Baltasar Pardal. Se inaugura en 1923. Alfonso XIII visita este Belén en1927.

El fin es eminentemente pedagógico intentando acercar a los niños el nacimiento de Jesucristo. Hace un cuidado recorrido por todas las etapas: la salida del pueblo de Israel atravesando el desierto, la casa de Nazaret donde vivía la Virgen, la ciudad de Jerusalén con su templo, Belén con sus casas y pastores, el Ángel anunciando el nacimiento del Salvador.

Todo ello perfectamente estructurado. Puesto en escena de forma cuidadosa, sencilla. Como complemento en el fondo unos dibujos pertenecientes a Camilo Díaz Baliño padre de Isaac Díaz Pardo.

Merece la pena visitarlo. Para los nostálgicos, una obligación.

 

 

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VISITA DE ALFONSO XIII

 

 

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ANTIGUA CAPILLA DE ATOCHA

 

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CAMPO DE LA LEÑA

 

 

CALLE HERRERÍAS

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“Notando en varias ocasiones el abandono en que muchos padres tienes a sus hijos, los cuales vagan por las calles de esta población desamparados y blasfemando con frecuencia del Santo nombre de Dios se despertó en su alma el deseo de poner remedio a este mal social, por medio de la creación de unas Escuelas en que se dé enseñanza católica y alimentos a los niños pobres” Libro de Actas de E.P.G. diciembre 1886.

De esta forma, Don Camilo Rodríguez Losada y Ozores funda la institución “Escuelas Públicas Gratuitas” que mucho ayudó en una ciudad que estaba abandonada en este aspecto: 35000 habitantes y seis centros escolares.

Se la conoció popularmente como “Escuela del Caldo”. A principios del siglo XX se pide ayuda a los Salesianos que con este motivo vienen a la ciudad para iniciar su obra.

El edificio donde se instala había pertenecido a los monjes de Sobrado, en el que tenían una procuraduría para defensa de sus múltiples intereses, como recuerdo de su presencia queda en la fachada una escultura que representa la lactación de San Bernardo.

También nos encontramos entre este edificio y el convento de las Clarisas Descalzas el callejón de San Benito donde en el siglo XVI estaba el portillo de la Herrería.

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SAN BERNARDO

La calle Herrerías es entrañable aunque el aparcamiento de coches impide disfrutar de su tranquilidad y belleza. Pasear desde la Plazuela de las Bárbaras hasta la calle del Campo de la Estrada es recorrer un trocito de la historia de la ciudad.

La calle tuvo varios nombres: Herrería, del Instituto, de Rodríguez Losada para finalizar como se la conoce hoy: calle Herrerías.

Aquí vivió la heroína de la ciudad María Pita, hubo una cárcel desde comienzos del siglo XVII a finales del XIX y la “Escuela Laica” que según cuenta Javier Alvajar en su libro “La Coruña de mi niñez” impartía clase un tal Señor López del que decían las malas lenguas que era “Catedrático de Blasfemias”.

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El colegio  Montel Touzet es una reconstrucción integral del Palacio de los marqueses de Camarasa donde había estado el primer instituto de la ciudad en 1862 antes de pasar a la plaza de Pontevedra en 1889 al nuevo edificio financiado por el matrimonio Modesta Goicuría y Eusebio da Guarda. Del antiguo edificio queda un pequeño escudo en un lateral.

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ESCUDO PALACIO MARQUESES DE CAMARASA

Fue anteriormente Escuela de Náutica y Escuela Normal. En los sesenta se convierte en colegio y recibe el nombre actual en homenaje a tres hermanos militares que murieron en el frente luchando con los golpistas.

Preside la entrada al edificio un escudo de la república que debió quedar olvidado de la limpieza de la dictadura. Qué desconsideración para los militares franquistas darles el nombre de un colegio y sufrir el baldón de aguantar un escudo contra el que lucharon.

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FOTO: FRANCISCO PILLADO