SIN PALABRAS 14

Dos fotografías: Ayer y hoy. El cambio de una ciudad. Para conocer, recordar y… opinar.

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RAMPA DE LA PALLOZA, A CORUÑA. AÑOS 20. FOTO: VILLAR MARTELO

 

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EN LA ACTUALIDAD. FOTO: A.R.

 

 

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LA VUELTA

 

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PLAYA DE RIAZOR. AÑOS 20.

 

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AÑO 1905?

 

Los dos personajes de las fotografías regresan sencillamente de haber aliviado los calores en la orilla con ayuda de la brisa marina. En la playa la mayoría de la gente está vestida, guardia civil y cura no desentonan, son unos más.
Hoy aunque decimos que no nos sorprende nada estoy seguro que más de una mirada de reojo se llevarían si viéramos en la playa un sacerdote de sotana y teja acompañado de un guardia civil con tricornio.

 

 

VERANO DE PALABRAS Y SENSACIONES

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A MI TÍO JESÚS

El comienzo de mi veraneo a finales de los cincuenta, en un pueblecito del norte de Burgos, lo marcaba la llegada del carromato del trillero acompañado de su mujer y dos o tres hijos. Acampaba al lado de la casa de mi abuela y muy de mañana, emprendía la tarea de reparar y empedrar los trillos que le llevaban los vecinos; golpeaba tres o cuatro veces con el escoplo y mazo las lascas cortantes para que quedaran firmes en las pequeñas hendiduras de la cara posterior. Esta faena producía un sonido que se oía por todo el pueblo. Además de reparar los trillos, acarreaba los construidos en su casa allá por tierras de Segovia, vendía aperos de labranza: horcas, bieldos, medias fanegas, celemines, cribas… Desde mi ventana observaba el trasiego formado en torno del trillero, que hablaba a los vecinos de una forma peculiar.
Por la noche, en mis sueños, del carromato se deslizaban en silencio palabras y sensaciones que subían gateando por la pared hasta llegar a mi cuarto, quedándose conmigo todo el verano.

Durante el verano, en casa, me encomendaban pequeñas faenas que hacía con agrado. Ir a buscar agua a la fuente con los botijos era una de ellas, al no haberla en las casas; allí estaban las mujeres llenando del caño sus herradas y baldes de zinc, apoyado en el brocal del pilón, el cuadro de madera, que siempre tenían a mano para no mojarse las faldas en su transporte. Los primeros días me saludaban con mucha alegría, a mí la verdad no me gustaba mucho porque me achuchaban y alguna, al besarme, pinchaba con el bigote. No se ponían de acuerdo sobre si había medrado o no y yo me sentía un poco violento.

Dos veces a la semana, cuando cocían, me acercaba al molino en busca de las hogazas a cambio de un vale cuñado por el panadero. El vino, en casa de la abuela, estaba en los pellejos en un lugar fresco y oscuro que llamaban hornera, allí acudía con una jarra al mediodía. Era el único momento que recordaba el colegio, creía haber leído que un hombre había tenido problemas con ellos. Con la recogida de los huevos, en los nidales, había que tener cuidado para no romperlos y no confundir los frescos con el güero. El agua en la pila de las gallinas y grano en los canales, completaba las divertidas ocupaciones que realizaba. Cuando volvían los ganados del monte una de las cabras de mi abuela, la blanca, siempre se entretenía lamiendo alguna pared; había que traerla a casa no fuera a ser que una vecina despistada la ordeñase.
Finalizadas las faenas de la mañana, mi abuela me daba un tentempié a base de albillo y galletas de coco, con frecuencia se acompañaba de un huevo pasado por agua.

Los primeros días tuve, debido al cambio de aguas o al abuso de las claudias, un poco de andancio, las sopas de ajo que me forzaron a tomar fue el remedio. Este revés no me impidió salir. Si me apretaba, giñaba en el monte limpiándome con una lechuga y, según decían, así olía el culo a tomillo.

Lo emocionante lo vivía con mi tío Jesús. Estar al lado de este hombre fue lo más grande que me ocurrió en la infancia. Siempre necesitaba ayuda para cualquier actividad y allí tenía que estar yo para echar una mano. Las tareas en que acompañaba a mi tío eran de lo más variadas y cada poco tiempo aparecían algunas que me sorprendían.
Al empezar la trilla, muy de mañana, había que acarrear en busca de las gavillas de trigo que había segado con el dalle días antes y estaban en la tierra. Se iba muy bien en el carro vacío, pero mejor era a la vuelta que se venía arriba encima de los haces.
Se descargaban las gavillas, extendiéndolas circularmente por la era. Para trillar utilizaban dos trillos: el del caballo, mi tío y el de los bueyes, los niños y la abuela. Se llamaban Capitán y Coronel, mi ocupación era vigilar el culo del buey, cuando el rabo empezaba a levantarse y el culo a abrirse había que gritar ¡alto!, con rapidez poner un caldero para que las boñigas cayeran en él. Mi tío iba con el caballo, también cogía los carajones con un poco de paja, sin caldero. Otra tarea era tener el botijo con agua y en lugar fresco. Según los trillos pasaban por todos los sitios, mi tía o mi tío iban dando vuelta a la parva con una horca, cuando estaba trillado se hacían unos montones en medio de la era con rastrillos y una rastra grande que llevaban los bueyes, al final había que barrer la era, lo hacían las mujeres de casa y así ya quedaba preparada para el día siguiente.
Una vez hecha la parva nos reuníamos a merendar en la misma era: tortilla, escabeche, tanganillo, nunca faltaba una latilla de calamares. Todo se llevaba en el capazo tapado con un mantel que se ponía en el suelo, sentándonos alrededor.
Al cabo de varios días de trilla, se formaba una parva grande. Era entonces cuando se beldaba con una máquina para separar el grano de la paja. La paja, en unas mantas, se llevaba al pajar y el grano, en sacos, a las trojes que había en casa.
A Capitán y Coronel de tanto acarrear, tirar del trillo, arar y roturar se les gastaban o perdían las herraduras. Había que ir al potro para que Antonio, conocido por Tormenta, les pusiera unas nuevas. Tormenta, aparte de primo lejano de mi padre, era el herrero del pueblo. Era un hombre alto y gordo, para mi inmenso, moreno como los cañamones, -así llamaban en el pueblo a la familia de mi padre-, de voz de trueno, descamisado con pecho peludo y muy aficionado al tabaco, a la comida y al vino; a mí me quería mucho y yo a él; nunca me dio miedo, aunque físico tenía para dármelo.
El potro era un artilugio de postes y vigas. Allí enganchaban al animal con cinchas, coyundas y correas de variado tamaño. La cabeza se la inmovilizaban con un yugo y las patas, primero las de la parte derecha y después la izquierda, en un larguero, de esta manera el buey no podía moverse. Tormenta empezaba a trabajar alisando la pezuña del buey con una herramienta que llamaba pujavante, era como una cuchilla con mango que empujaba con el hombro y mientras pasaba por la pezuña salían como lascas de jabón, a continuación ponía la herradura y la clavaba a la pezuña con unos clavos que tenía en un trapo con sebo para que no se oxidaran. Todo esto lo hacía dando grandes voces y charlando con el dueño de los bueyes que le ofrecía la bota para que echara unos tragos y apagara el reseco producido por el esfuerzo. Terminado el herraje o los días que no tenía trabajo, los chicos usábamos las cinchas que servían para atar a los bueyes como columpios; era nuestro parque de atracciones.

Dos veces durante el verano tuve que ayudar a mi tío al rabadán. Fue lo máximo que podía aspirar un niño de ciudad como yo. Metíamos en el zurrón: chorizo, queso de oveja, media hogaza, una bota: de la que me dejaban beber al gallete un poco y toda la jornada en el monte escuchando al pastor relatos de lobos que atacaban al rebaño, al mismo tiempo que con una navaja hacía cucharas con madera de enebro.
Mientras los mastines controlaban a ovejas, corderos y borros, yo intentaba descubrir en lejanas lomas la silueta de los temibles lobos. Esperando su llegada me entretenía sin alejarme mucho en la recogida de: gallaritas, tapaculos, avellanas, moras y hasta manzanillas para los dolores de tripa en el invierno.
Domingo, que era el nombre del pastor, me instruía sobre los vientos. Cierzo o norte, regañón o gallego, solano, ábrego, hasta ellos tenían nombre en el pueblo. Yo, que estaba acostumbrado a decir si hacía mucho viento o poco, me explicaba la diferencia, su importancia, de ellos dependía la vida del campo al traer lluvias, tormentas, nieves, calores o heladas.
Los vientos transportaban según él, los avisos de las campanas de la iglesia: ángelus, berea, concejo, fiesta, muerto, incendio, oración, misa… aunque estuvieras muy lejos llegaba su sonido: de doblar, volteos y repiques, qué alegría en la soledad del monte oír que decían: “aquí estamos y te anunciamos que…”

Se guardaban los alimentos en lugares frescos orientados al norte dentro de unos muebles llamados fresqueras que eran como unas alacenas protegidas de frente y en los costados con una malla metálica muy finita. Durante el verano, para tener carne fresca, tenían la costumbre de reunirse varios vecinos y siguiendo un orden mataban una oveja cada semana, a esto le llamaban adra.
El matar la oveja era un espectáculo. Toda la familia colaboraba: agarrando las patas, metiéndole una navaja en el cuello, sacando el pellejo, abriéndola para extraer las tripas, trocear la carne para repartirla a los vecinos. Presenciaba todo con naturalidad, nadie se asustaba ni decía: “esto no es para niños”.
Después se hacían las morcillas. Unas mujeres lavaban las tripas y otras, hacían el mondongo, que era la mezcla del arroz, manteca, cebolla y sangre, en un barreño para rellenarlas. Una vez hechas,  las hervían en unos calderos de cobre que ponían al fuego en la cocina de humo. Salían morcillas de muchos tamaños unas como pelotas: el panzo, otras como chorizos gordos y unas muy estrechitas que me gustaban mucho y llamaban tanganillo.
Cuántas  cosas ricas proporcionaban las ovejas y corderos: Con la leche, hacía mi tía unos quesos buenísimos; del suero sobrante, tras hervirlo y sacar una espumita que quedaba en la superficie, salía el requesón, que lo tomaba con miel de brezo; también sopas de suero para mi madre, que era la única a la que le gustaban. Si se celebraba algo importante se asaba un cordero en el horno de la bilbaína y unas chuletillas en la parrilla. Era una gran fiesta, estaba toda la familia reunida y al final sacaban botellas de licor y voceaban todos al mismo tiempo, era verdaderamente divertido.
Todos los días se acercaban vendedores ambulantes: telas, fruta, pescado, quincalla. La mayoría con sus carretas tiradas por mulas o machos. Muy pocos en furgonetas. Algunos se ponían en la plaza y pregonaban por las calles avisando con una trompetilla los artículos, otros encargaban a los chicos la comunicación y ahí estábamos corriendo, voceando por las calles. Los que vendían pescado eran conocidos por fresqueros y vendían sardinas, bocartes, chicharros, recuerdo una mujer llamada la Sorda que llevaba el pescado en un balde encima de la cabeza e iba por las puertas ofreciendo unas merluzas excelentes al grito continuo de maaa, maaa, maaa…
Los vendedores de cerezas, ciruelas también iban de casa en casa, pesaban la fruta con romanas. En casa siempre compraban, a veces cambiaban la fruta por miel de brezo de las colmenas y dujos que la abuela tenía en el colmenar, un terreno cerca de casa donde en ocasiones se iba a merendar y en época, a coger guindas para hacer licor.

A mediados de verano aparecían por el pueblo los gitanos. Llegaban en carromatos tirados por mulas viejas. Aquellas gentes solo podían quedarse un día acampados a las afueras del pueblo, tras haberlo solicitado al pedáneo. Los vecinos se ponían alerta: no se veía una gallina suelta, ni ropa tendida y los portales de las casas quedaban vacíos de: rastros, cestos, horcas… Se dedicaban a la venta de cestería, intercambio de burros, reparaban utensilios de metal como: cacerolas, ollas. Las mujeres iban por las casas pidiendo algo para comer, ropa o alguna perra. Yo les observaba con un poco de prevención, al haber escuchado historias de que a veces se llevaban a los niños, no estaba preparado para más experiencias, sobre todo después de que un chico que iba conmigo con un tirabeque acertó en el botijo que una gitana acababa de llenar en la fuente. Los gritos que daba la mujer al ver los añicos en que se había convertido su botijo me dieron tal pánico que no paré de correr hasta estar bien escondido en el pajar de mi casa. Aquel atardecer la cabra blanca de mi abuela pudo lamer todas las paredes del pueblo y ser ordeñada por todas las vecinas pero no salí hasta la hora de la cena.

Los días que el tío iba a verea o a tierras que estaban lejos: Rodiles, La Nava, Lagos, Campesnil; quedaba corriendo por las calles, montado en los burros, jugando a los bolos con los chicos del pueblo o por imposición de mi madre, me acompañaba mi hermana tres años mayor que yo. Una tarde fui con ella y unas amigas a buscar, a un lugar conocido por Maza, unas frutas silvestres: redonditas y rojas llamadas plumillas, la ignorancia de mi hermana hizo que comiéramos reventijos que eran venenosos, el resultado no fue un vulgar andancio sino una cagalera por todo lo alto que me dejó en cama dos días. Todo por hacer caso a mi madre e ir con mi hermana, mi tío hubiera escogido mejor.
Otros días, cuando había tamboriles nos refugiábamos en el atrio de la iglesia o en algún tejabano a jugar con las niñas a las tabas, a los chochos y fabricábamos hogazas con arena y agua; pasada la tormenta de verano, con frecuencia acompañada de pedrisco, volvíamos a correr por las calles saltando entre los regueros que dejaba la lluvia.
Los domingos eran aburridos. Baño en la tina, vestimenta para ir a misa, silencio cerca del cura, mareos: de incienso, velas, hachones y cánticos.
Lo nefasto, imperdonable, era que el cura no dejaba trabajar a mi tío los domingos; solo alguno, si era antes de misa, cuando yo estaba a remojo en la tina.
Las perras que me daban en casa para comprar en la taberna unas galletas de coco y un caramelo enrollado por un globo, compensaba un poco el tedio dominical.
Un domingo salió el globo pinchado, decidí reclamar al tabernero, un hombre bisojo y rezongón, dijo que él no estaba dentro de los globos para saber su estado. Con educación le respondí que se podía meter un poco para comprobarlo, el bisojo debió entender mal ¿qué entendería? y me echó con gritos y amenazas de desorejarme. Resentido acudí a mi tío que, después de tranquilizarme, se encaminó a la taberna, oí que hablaba de mi buena educación, que a la fuerza había oído mal. El bisojo, mirándome retorcido, no podía de otra manera, me dio dos caramelos. ¡Qué grande era mi tío!

Al anochecer la calma que había tenido el pueblo durante la tarde se veía alterada gratamente por balidos, mugidos, relinchos, rebuznos mezclado con trotes y galopes de los rebaños y manadas que regresaban al pueblo después de haber pasado la jornada pastando o paciendo en el monte.
Los primeros en llegar solían ser los caballos, entraban por alguno de los caminos que desembocaban en el pueblo, su paso era rápido en un ya había desaparecido toda la caballería camino al corral donde los vecinos iban a buscarlos con sus cabezales, la mayoría volvía a casa subido en el caballo. Seguidamente los bueyes y vacas paraban en los pilones a beber, era un espectáculo ver a más de tres docenas de bueyes como sus bocas iban absorbiendo el agua y como disminuía el nivel del pilón hasta quedar por menos de la mitad. Quedaban los dos rebaños de ovejas, el del barrio de arriba y el de abajo, entraban con sus balidos y sonidos de esquilas y esquilillas de borros y corderos dentro de una nube de polvo. En las cuadras comenzaba un ajetreo de dar comida, agua, ordeños era una media hora de constante ajetreo.
Terminado este trabajo los hombres acudían a la taberna y las mujeres a hacer la cena y a atender a los hijos pequeños.
Yo seguía corriendo con mis amigos jugando al escondite o a coger unas claudias al huerto de la Emilieja que eran las únicas que había en el pueblo. Mis hermanas se reunían en el portal de casa a hablar con sus amigas. Recuerdo que iban los chicos del pueblo a meterse con ellas, chillaban y hacían que se asustaban pero lo pasaban bien y les gustaba mucho ser centro de atención. Una noche un chico, como habían cerrado el portalón, metió la cabeza de un burro por el ventano, entrar entró pero después no podía salir. Bajó mi tía al formarse tanto alboroto, salió a la calle y se escondió entre las sombras, pegada a una casa, cuando pasaba uno de ellos para armar otra, salió mi tía gritando ¡chiguito, dónde vas! El chico del susto se cayó al suelo y levantándose acertó a decir “señora, señora que yo voy por mi camino”.
Los juegos durante la noche se hacían solo con la luz de la luna y estrellas, no había iluminación en las calles; el poseer una pequeña linterna era una gran joya, pero casi nunca la teníamos o no funcionaba. Aprendí jugando, desde mi escondite a mirar al cielo, a identificar el carro, la osa mayor, el camino de Santiago…

¡La que se armó una noche jugando una partida a la escoba con mi abuela! Desconfiaba un poco de que mi abuela siempre me ganase porque decía que quería que lo hiciera yo. Durante una partida tuve que levantarme para ir a mear, dejé las cartas en una posición y al volver estaban en otra. Solo a mi se me ocurrió decir “¿quien me ha tocado las cartas?” cuando solo estaba ella en el cuarto de estar. No le pareció nada bien: ¡“tu abuela no es una tramposa”!, chillaba. Mi madre que estaba en la cocina vino corriendo, al suponer que le había dado algo. Al final, recibí una regañina aunque intuí que a mi madre se le escapaba una ligera sonrisa. La luz falló, como sucedía a menudo, se echó mano de velas hechas en casa con la cera de los panales; usaban también en estas ocasiones un candil de carburo que daba muy buena luz, pero era de un olor repugnante. Subí a mi cuarto con una vela y entre el enfado con mi abuela y las temibles sombras proyectadas en las paredes me fue difícil dormir.
Recuperé el sueño perdido en la siesta del día siguiente, fue la única tarde que dormí en todo el verano. La siesta era más obligatoria que la misa de los domingos e igual de sagrada. Durante una hora en casa no se podía hacer el mínimo ruido y todos se retiraban a lugares frescos para luchar contra la galbana producida por el calor exterior. Era insoportable permanecer en el cuarto en penumbra, echado en cama, ¡qué pérdida de tiempo!, ¡con lo que había que hacer!

Una noche me dijo mi tío después de haber dejado al ganado atendido: vamos a celebrar la despedida que mañana te marchas. De sobra sabía que el final estaba cerca. Fuimos a la taberna, me invitó a una gaseosa mientras él jugaba a las cartas. Durante el juego gritaban mucho pero no estaban enfadados, decían expresiones raras: chica, grande, órdago, duples, amarracos… me explicaron que era un juego que se llamaba mus. ¿Sabría mi abuela jugar al mus?, mejor no preguntárselo. Al final la gaseosa la pagaron los que jugaban contra mi tío, que perdieron la partida. Saliendo de la taberna mi tío, puso su brazo sobre mi hombro y dijo: “gaseosa queda para el próximo verano, no te olvides”.
El burro cargado de maletas nos llevaba a la casota del coche de línea. Mientras nos acercaba, de las alforjas del burro iban deslizándose aquellas palabras y sensaciones dejadas por el carromato del trillero, se quedaban prendidas en las zarzas, en los espinos, en los rastrojos, en el polvo del camino. Aquel recorrido de dos kilómetros, con la soledad de la separación y el frío de la madrugada de comienzos de septiembre, es una de las sensaciones más tristes; que hoy, después de muchos años todavía recuerdo cuando recorro aquel camino.
Tras interminables horas de tren, por la ventanilla comenzaron a entrar, provenientes de la llovizna, otras palabras que anunciaban el fin del verano: estudio, horarios, exámenes, obligación, matemáticas, casa…
Cuando aburrido del largo viaje empecé a incordiar, mi padre dijo: “estate quieto o te doy un soplamocos”. Que alegría, había quedado una palabra para darme fuerzas hasta que el próximo verano volviera a aparecer enfrente de casa de mi abuela el carromato del viejo trillero.