DON FORTUNATO

Don Fortunato había llegado a aquel pueblo muchos años atrás. Le gustaba salir de caza con su mula, su podenco y su vieja escopeta heredada, decía él, de un tío carlista.

Salía a la perdiz, a la liebre. La codorniz no hacía plato, no valía el cartucho que se empleaba en cobrarla. Don Fortunato vivía en una casa grande de cuatro aguas rodeada de una buena huerta, donde engordaban cebollas, tomates y correteaban media docena de gallinas. Una señora mayor le atendía. Don Fortunato era el cura del pueblo.

Gustaba de pasear leyendo un viejo libro de pastas gastadas. Se acercaba a los campos cercanos al pueblo platicando con los campesinos. En agosto iba por las eras, preocupándose por la calidad del trigo: “es gordo este año”, “está un poco húmedo”. Cogía mientras charlaba con los vecinos algún puñado de grano, lo tentaba, lo acariciaba, dejaba caer por la pequeña abertura de su puño medio cerrado una mínima cantidad en las medias fanegas, quedando siempre algo en su puño, metía la mano con suavidad en el bolsillo de la sotana y se despedía con una bendición.

Los labriegos comentaban con media sonrisa: “ya hay para engordar las gallinas”. La verdad: “sus huevos son gordos y morenos”, decía otro.

En ocasiones tenía que ir a pueblos cercanos a algún funeral que requería por la categoría del difunto más de un cura. Se desplazaba con su mula, acompañado por el podenco y la escopeta por si salía algo al paso.

Entablaba en los pueblos, antes y después de los funerales, animada cháchara. Le requerían a veces para que visitara una casa, para que viera el reloj que atrasaba, adelantaba o daba las campanadas a destiempo.

Don Fortunato tenía una habilidad con las ruedecillas y engranajes que le hacían conocido en toda la comarca. Tomaba las cosas con tranquilidad y a veces tardaba en los arreglos. Faltaba una pieza, había que hacerla y eso llevaba su tiempo. Las entregas se dilataban y más de una vez el vecino iba dejando en el olvido el viejo reloj familiar.

Como habían dejado en el olvido la imagen de la Virgen de las leches, que llevó a restaurar a la capital hacia cerca de cinco años, o aquella noche en que oyendo voces, la Emilia, entre los postigos semicerrados de su cuarto vio como unos hombres sacaban del templo un trozo del retablo de la sacristía, cargándolo en una desvencijada furgoneta. Ella, como mujer prudente se calló, no en vano era la sacristana; pero de todos modos los vecinos se enteraron.

En el camino a los pueblos para ayudar en los funerales solía encontrarse con Benito, un ciego que iba por los pueblos con su burra y el viejo acordeón con el que animaba un poco la vida de los parroquianos, ayudándole a ir ganando para su sustento. El ciego hacía el camino acompañado de algún muchacho, otras solo. La burra conocía los caminos. Cuando clérigo y ciego coincidían en el trayecto hablaban animadamente.

Don Fortunato no desaprovechaba la oportunidad para dar consejos sobre las buenas costumbres. En cierta ocasión después de mucho caminar y hablar, el cura dijo al ciego: “Benito hay rumores que tienes tratos carnales con la Engracia, y eso no está bien, tienes que moderarte” El ciego permaneció callado, no se esperaba aquello. Tosió dos,  tres veces: ”también hay rumores que usted visita mucho a doña Rosario”, escuche don Fortunato lo que le voy a decir: “la oscuridad es muy triste en soledad”

Espoleó ligeramente a su burra que cogiendo un trote ligero fue alejándose del cura

 

 

 

 

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