LLUVIA DE HÉROES

circo americano web de rafael castillejo cedido por xavier masats teixido                                            web de Rafael Castillejo cedido por Xavier Massats

La ciudad despertaba del lluvioso invierno con el colorido de los carteles pegados en las vallas de los solares, en las esquinas de edificios abandonados. Los vivos y alegres colores anunciaban la llegada de los circos, los altavoces de los coches, los programas de mano todo indicaba que el verano estaba allí. Pronto llegaría la vacación, el fin de la rutina y el aburrimiento. Eso percibía aquel niño que se emocionaba mientras iba y volvía cargado con su cartera del colegio. ¡La alegría ya estaba!

Pinito del Oro en Price, los Tonetti del Atlas, el Monumental de los osos blancos, el Puente sobre el río Kwai del circo Americano, estaban de nuevo en la ciudad, volvían con la alegría de lo nuevo, con el color y sonido de una felicidad que ya tocaba con su mirada. Sucesivamente iban montando sus carpas en las explanadas baldías, lugares que con el tiempo se convertirían en plazas con fuentes, estatuas y el correspondiente aparcamiento subterráneo. El olor a los animales, las gentes que estaba en los carromatos, los enanos, las matrículas extrañas de los camiones, idiomas no oídos, todo avivaba la imaginación y el deseo. Sabía que dos circos le iban a caer, que su padre le acompañaría, si había suerte hasta podría ir con algún amigo.

Su cabeza este año empezaba a encaminarse a otros intereses, había algo más emocionante, estaba en la vieja plaza de toros por dónde todos los días pasaba para ir al colegio. ¡La lucha libre! Otros carteles que la anunciaban iban poniéndose al lado, debajo, encima de los de los circos así lo decían: ¡Tupac Amarú el de los dedos eléctricos!, Sotelo, Morlans, Polman… una sucesión de nombres, fotos, todo con el rojo y azul característico.

Una noche logró que su padre lo llevara a ver el espectáculo un poco en contra de la madre, que creía que no era adecuado. Todo iba según el programa: golpes, saltos, llaves, tirabuzones, dobles Nelson, luchadores tirándose sillas… Hasta que en un momento de tensión, un espectador enfervorizado gritó: ¡muérdele un huevo! El niño giró la cabeza para ver a su padre, pensando: “se acabó, no vuelvo”. Encontró su mirada sonriente y cogiéndolo por el brazo le dijo: “no será para tanto”.

Al llegar a casa oyó que comentaba a su madre “si eso ha sido guerra que nunca haya paz”. No fue la última vez que fueron a una velada, el padre hasta se levantaba del asiento dando algún grito de emoción, a la madre no lograron convencerla.

Los héroes de la lucha repartían fotografías dedicadas entre los aficionados. Un compañero del niño, Alvite, tenía una numerosa colección siendo la envidia de la clase.

Cierta bochornosa tarde de primeros de junio mientras don Marcelino “cabezón profesor de Formación” hombre desagradable y retorcido, aunque refinado en la apariencia, se dedicaba a instruirlos en el Fuero de los Españoles y en el Imperio hacia Dios, percibió que Alvite se distraía en la contemplación de los héroes. Se dirigió sigilosamente, recreándose en la lentitud de la aproximación, la clase muda, él ausente, ajeno de lo que iba a ocurrir era el pobre Alvite. Cuando estuvo a su lado con suma delicadeza extendió una mano pidiéndole las fotos, las cogió y ante la mirada aterrada de toda la clase, una a una fue desmenuzándolas en múltiples pedazos, los lanzó al aire y mientras los trozos llenaban el suelo señalándolo con el índice dijo: “coja esa porquería, mire como ha dejado todo”.

 

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